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    El universo y el macrouniverso

    Sr. Director:

    Basta elevar nuestros ojos al cielo en una noche sin nubes para quedarnos extasiados ante el espectáculo de las innumerables estrellas, la luna, los planetas visibles, moviéndose pausada pero perceptiblemente en la bóveda celeste.

    Si usamos un telescopio descubrimos más maravillas y verificamos que los cuerpos celestes son mucho más numerosos de lo que a primera vista parece y de formas y naturaleza muy diferentes, ubicados a distancias casi inconcebibles de nuestro pequeño planeta Tierra.

    Los descubrimientos modernos de la astronomía nos permiten saber que toda esa masa de estrellas relativamente cercanas, nuestra galaxia y todas las otras visibles o detectables por diversos medios parecen estar en expansión, alejándose de un centro común, a una velocidad que todavía, después de miles de millones de años, es creciente.

    Algunas de las preguntas que nos planteamos son de dónde surgieron todos estos cuerpos celestes, nuestro planeta incluido. El universo visible ha existido siempre o tuvo algún principio. La expansión actual durará para siempre o cesará en algún momento. Es lo que vemos o podemos detectar alrededor nuestro todo lo que existe o puede haber algo más allá, siempre dentro de lo perceptible y comprobable.

    No voy a distraer al lector con una descripción del universo conocido, pues eso está muy bien resuelto en los numerosos tratados de astronomía escritos por expertos.

    Lo que sí haré es compartir mi visión personal de algunos aspectos del universo, su origen, evolución y características generales tal como lo concibo, lo que puede distanciarse de lo que dicen muchos de quienes investigan el tema, pero que es la interpretación que me resulta más convincente.

    En el momento actual todo apunta a que nuestro universo visible surgió de algo llamado el big-bang, hace unos 14.000 millones de años.

    La naturaleza de ese fenómeno es poco clara, según muchos fue como un acto de creación espontánea del que nació todo el enorme universo actual. Nada nos pueden decir sobre qué había antes de ese big-bang, pues con él habrían nacido el tiempo, el espacio, el mundo material y la energía.

    Tal concepción, por más que la difundan científicos, suena más como creencia religiosa, pues solo faltaría poner a algo llamado Dios allí para entrar en el reino de lo irracional y de lo metafísico.

    Además, se contradice con uno de los principios fundamentales de la ciencia, que nada se crea ni se destruye, todo se transforma, principio que surge de siglos de investigación científica en que nadie ha podido observar ninguna creación o destrucción espontánea de nada en ninguna parte del universo.

    Sin ese principio, la ciencia sería un caos donde ningún cálculo sería confiable, pues siempre podríamos estar ante creaciones y destrucciones que alterarían caprichosamente la realidad.

    Por lo tanto, me uno a la posición de quienes piensan que el llamado big-bang pudo ser el principio de nuestra realidad actual, pero como un fenómeno producto de determinadas condiciones que condujeron a tal resultado.

    ¿Qué seguridad tenemos de que nuestro universo visible, de unos 14.000 millones de años luz de radio, viéndolo como una esfera, es todo lo que hay?

    Solo bastaría que uno de nuestros modernos telescopios descubriera un cuerpo celeste en los confines de nuestro universo moviéndose en dirección diferente de la expansión vigente, como viniendo de otra parte del espacio, para expandir nuestra percepción de lo que realmente es el universo.

    Además debemos tener en cuenta que si concebimos a nuestro universo perceptible actual como el único existente y también que al ritmo de expansión actual de velocidad todavía creciente su volumen, dentro de 50 o 100.000 millones de años o mucho más, será tan enormemente grande y de densidad muy baja de las galaxias en él, entonces la probabilidad de que en algún momento la atracción gravitatoria pudiera hacer que una nueva confluencia condujera a un nuevo big-bang que recreara otro universo renovado sería muy baja.

    En otras palabras, al cesar o disminuir notablemente la velocidad de expansión, los astros de nuestro universo estarían tan distantes unos de otros que una implosión renovadora se complicaría.

    Pero si el universo real fuera ese macrouniverso infinitamente extenso en todas direcciones cuya existencia intuyo, integrado por una multiplicidad de universos locales en variados estadios de evolución, entonces las galaxias de nuestro universo actual gradualmente se incorporarían a esos procesos contribuyendo a la formación de nuevos conglomerados hacia nuevos big-bangs locales.

    ¿Cuál parece ser el destino de nuestro universo actual? Si la expansión continúa por muchos miles de millones de años más, las estrellas y otros cuerpos celestes calientes irán perdiendo su combustible y terminarán como cuerpos fríos, incapaces de soportar vida, inertes, trasladándose en el espacio, lo que puede denominarse la muerte térmica del universo.

    A mi ver, el universo es infinito en el tiempo y en el espacio. Lo que llamamos el universo no sería otra cosa que una parte infinitesimal del macrouniverso total.

    Comprendo que, si nuestro enorme universo resulta difícil de concebir en su inmensidad, el macrouniverso resultaría básicamente inconcebible para la mente humana, lo que no afectaría su existencia, que no estaría invalidada por nuestras limitaciones.

    Como el espacio vacío en el universo no es tal, pues hay en él además de innumerables formas de cuerpos celestes, partículas, polvo estelar y otras formas de materia sobre las que hoy en día se especula, es posible pensar que la expansión actual de nuestro universo llegue paulatinamente a enlentecerse hasta el punto que la atracción gravitatoria lleve a los cuerpos de nuestro universo actual mucho después de su muerte térmica a otras regiones del macrouniverso y hacia nuevas convergencias.

    Pienso que no debería sorprendernos, aunque a muchos astrónomos eso parezca asombrarlos, que la velocidad de expansión de nuestro universo sea todavía creciente, pues, aunque 14.000 millones de años nos parezca mucho, en términos astronómicos es un universo joven y esa velocidad luego de cientos de millones de años puede muy bien disminuir en su interacción con la materia contenida en el espacio intergaláctico.

    El big-bang puede muy bien ser un fenómeno común en ese macrouniverso mediante el cual los restos fríos y muertos de expansiones anteriores, por así decirlo, recargan sus baterías al converger en otro punto común y generar temperaturas tan elevadas que originen un nuevo big-bang, y así sucesivamente.

    La famosa ecuación de Einstein (E=mc²) nos indica que la materia puede concebirse como energía empaquetada, que en determinadas condiciones (el encuentro con antimateria es una de las posibilidades) puede transformarse nuevamente en energía.

    De modo que la forma última de todo lo que existe sería la energía, siendo la materia una de las formas en que la energía puede presentarse.

    A muy elevadas temperaturas la materia como la conocemos no puede existir y se reduce a una gran masa de partículas, un tipo de plasma, de las que pueden surgir los átomos de hidrógeno, la materia prima para el nacimiento de nuevas estrellas y de un nuevo universo local en expansión.

    Muy probablemente esto es lo que sucede en cada big-bang, en que la convergencia de materia fría, muerta, de universos locales anteriores, conduce a una nueva eclosión de materia y energía renovadas expandiéndose en el espacio.

    Concebir el universo de tal forma conduce a una interpretación provisional racional del mundo que nos rodea que futuros descubrimientos científicos pueden confirmar, modificar o contradecir, pero que, dentro de lo positivo, elimina todo lo irracional y sobrenatural que, al pretender dar respuestas definitivas e inmodificables a tales problemas, en el fondo no explican nada y nos condenan a estar en continuo conflicto con la ciencia que avanza y constantemente aporta nueva evidencia.

    Es comprensible que, ante la ignorancia anterior sobre la naturaleza del universo, la metafísica aportara explicaciones sobrenaturales que daban respuestas aparentemente razonables para aplacar la curiosidad natural de los seres humanos acerca del mundo que nos rodea, su origen, desarrollo y posible futuro, además de nuestro lugar en él, pero el impresionante avance de la ciencia en los últimos siglos debería llevarnos a sustituir esas respuestas obsoletas con una concepción más realista y acorde con nuestro conocimiento actual.

    Juan José Castillos