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Resulta que hay un título que aparece en esos listados del tipo “Las mejores 15 películas del año de las que nadie habló” o “Grandes películas que merecen verse”, etc. Una producción casi desconocida, filmada cámara en mano y con iluminación natural, protagonizada por una buena cantidad de actores no profesionales o desconocidos, y que marca el debut en el cine estadounidense de una directora británica de prestigio, Andrea Arnold, la misma de Fish Tank. Resulta que la película se llama American Honey, ganó el Premio del Jurado en el último Festival de Cannes, y está en Netflix. Así que uno va, como los osos a la miel, con gran entusiasmo. En un par de horas, la decepción puede ser también muy grande.
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La película comienza con Star (Sasha Lane), una joven de unos 20 años, haciendo el surtido de comida para la heladera de la casa que comparte con un impresentable sujeto, el padre de los dos niños que acompañan a la muchacha en la tarea. El surtido lo hace con lo que consigue rescatar de un contenedor de basura. Y entre lo que logra rescatar hay un pollo hinchado dentro de su envase.
La cámara sigue a Star y a los niños y luego solo a Star, que escapará de esa realidad y acabará siendo captada por un grupo de jóvenes de más o menos su misma edad y condición social que, liderados por una veinteañera de temer, recorren el Medio Oeste estadounidense en una minivan vendiendo suscripciones para revistas de toda clase. Se trata de publicaciones sobre barcos, automóviles, pesca, mecánica, erotismo, actividades al aire libre, lo que sea. El método de venta puerta a puerta se basa en el engaño. Se acercan a un potencial cliente y le dicen que trabajan para la Iglesia Bautista Metodista Unida, la Casa de la Alianza para niños sin hogar o para alguna universidad, entre otros bolazos. Así comienza el viaje de Star, con paradas en moteles apolillados, estaciones de servicio y casas abandonadas, todo amenizado con música, marihuana, tabaco, alcohol y algo de sexo. A lo largo de más de dos horas. Y durante la cuales, en un entorno que mezcla abulia y desesperación, desenfreno y desamparo, entra y sale de una especie de historia de amor con Jake (Shia LaBeouf, de los pocos actores profesionales), uno de los líderes del grupo.
American Honey conmueve a veces, otras aburre, cansa; otras más, redunda, se vuelve reiterativa, cacofónica, anulando su energía, como si la abulia y la falta de norte de sus protagonistas de algún modo se filtrara en el tejido esencial de la película. Dentro de la pandilla hay criaturas peculiares. Está Pagan, obsesionada con Darth Vader (“¿Sabes cómo se ve Darth Vader debajo de la máscara? Es un esqueleto. Al igual que el resto de nosotros”) y que, como ocurre con otros integrantes de la troupe, es abandonada por Arnold, dejándola como una creación ingeniosa pero sin alma. Hay aciertos y algunas escenas muy buenas y emocionantes. Entre los aciertos, la fotografía es francamente una delicia, capturando los rayos de luz, los momentos de calma, los estallidos de furia: todo contenido y apretujado dentro de una pantalla en formato 4:3, usado no hace demasiado tiempo por Xavier Dolan en Lawrence Anyway o Gus van Sant en Elefante. Arnold ya recurrió a esta configuración en obras previas, tanto en la aclamada Fish Tank como en Cumbres borrascosas. La intención es clara: crear mayor sensación de intimidad, generar un inclemente contraste entre los extendidos paisajes frente a la realidad recortada de los jóvenes de la van y, muy especialmente, remarcar el aislamiento y el carácter encapsulado de estos personajes. La cuidada dirección de arte destila realismo, con esos personajes con aspecto de no haberse bañado en varios días. El casting es notable. Lane es una auténtica revelación, como LaBeouf, estrella mainstream que parece extraído de la misma cantera de no-actores presentes en el elenco, y la magnética Riley Keough, nieta de Elvis Presley, otra profesional camuflada. Hay también un uso exquisito de la música como estimulante, con un soundtrack de Bruce Springsteen, The Raveonettes y Mazzy Star. El primer encuentro entre Jake y Star, en un supermercado, mientras suena We Found Love, de Rihanna, es fresco, atrevido y adrenalínico, aunque se estira más de lo necesario y pierde lo que American Honey vende como una de sus mayores fortalezas: el realismo crudo y verdadero. En contra de esa voluntad realista se apilan más detalles, solo detalles, sí, que podrían dejarse pasar si no fuera porque son demasiados.
Y son demasiados porque el gran problema de American Honey es que no es una película que dure mucho, sino una de esas que demoran demasiado. Lo que hace que esta narración se vuelva somnolienta y se pase de vacilante, mientras se mueve en círculos, provocando la penosa y frustrante sensación de que no va ni llegará a ninguna parte y adquiere el tono y la contundencia de una triste borrachera de barbitúricos y alcohol, es su duración: dos horas y cuarenta y cinco minutos. De nuevo: dos horas y cuarenta y cinco minutos. Durante ese espacio temporal, lo que se presentaba como un atractivo, pierde fuerza y vigor. La atmósfera de inquietante vulnerabilidad que evoca el presentimiento de que las cosas van a terminar mal empieza a desvanecerse a fuerza de esquemas y sucesos que se repiten. Y esto ocurre porque del mismo modo que esta extraña especie de familia de marginales, que tiene algo tribal y sectario, está hecha de retazos, American Honey también está hecha de retazos. Se arma con momentos que en varias ocasiones funcionan perfectamente de manera aislada, como el número de baile en el súper, el encuentro dentro de una camioneta ante una fuente de fuego en los campos de petróleo, pero que, por acumulación, restan mucho. Mucho más que lo que suman.