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    Elegir vicepresidente

    Sr. Director:

    El asunto sobre si la persona que completa la fórmula presidencial debe ser un varón o una mujer ha abierto un debate que es interesante analizar desde el punto de vista discursivo. Las razones que los candidatos puedan ofrecer para su decisión los posiciona de mejor o peor manera frente a la ciudadanía. Quisiera estudiar brevemente cómo se plantea el juego, observando la lógica del problema.

    La forma del asunto

    En la arena política (así como en otros ámbitos de la vida social), solemos interpretar los motivos de las decisiones que toman otras personas. En ese proceso, es natural que se abran las discusiones porque no todos vemos lo mismo. Ahora bien, más allá de las diferencias entre los intérpretes, esto no es neutral para la persona que ha tomado la decisión, pues algunas interpretaciones lo dejarán mejor o peor posicionado. Pongamos un ejemplo cotidiano. Suponga que usted ha tomado la decisión de comprar el último modelo de celular de la marca X. Alguien, con buenas razones, podría interpretar que usted ha actuado siguiendo la moda que siguen muchos de cambiar constantemente el teléfono. Otro, con otras razones válidas, podría interpretar que usted ha decidido luego de evaluar diferentes alternativas, porque efectivamente se trata de un celular con excelentes características. De este modo, la interpretación sobre su decisión lo puede dejar a usted posicionado de peor o mejor manera ante los otros: o bien como un fanático consumista, o bien como un comprador inteligente.

    Lo mismo sucede con la elección del género del vicepresidente. La interpretación de la ciudadanía podría dejar a cada candidato mejor o peor posicionado. Para comprender esto, veamos cuáles son los niveles de interpretación en este asunto, partiendo de las reglas mínimas que deben compartir los candidatos para que la polémica tenga sentido. En virtud de ello, dado que el género es fundamental en esta decisión, todos los candidatos deben partir de la base de que, al menos, es relevante el asunto del acceso equitativo de las mujeres a puestos de poder y, además, de que el establecimiento de una fórmula paritaria es una alternativa posible (entre otras) que podría contribuir a ello.

    Si se admite que este es un piso mínimo compartido, podemos establecer tres niveles de interpretación sobre la decisión del género del (o de la) vicepresidente. Los niveles más cercanos a la equidad posicionarán al candidato en un mejor lugar que aquellos que lo alejen de ello. Estos niveles son los siguientes:

    Nivel 1: La “decisión machista”. Es la interpretación que puede resumirse en la siguiente frase: “Se ha elegido a la persona X para vicepresidente porque es varón”. Se trata del peor nivel. Ninguno de los candidatos desea ser tildado de machista por múltiples motivos, ya sea por convicciones personales o por el costo político que eso acarrearía. Por lo tanto, dar señales de que la elección esconde cuestiones de discriminación, conduce a la peor interpretación posible

    Nivel 2: La “decisión paritaria”. Es la interpretación que puede resumirse en la siguiente frase: “Se ha elegido a la persona X para vicepresidenta porque es mujer.” Tal como está planteado el juego discursivo, quedar posicionado en este nivel de decisión es preferible al anterior, pues implica haber tomado conciencia de la desigualdad de género, lo cual forma parte del piso mínimo compartido que es parte fundamental del asunto. La decisión no impide que haya razones adicionales para la decisión, pero reafirma el hecho de que la persona elegida debe, necesariamente, cumplir con el requisito de ser mujer.

    Nivel de interpretación 3: La “decisión equitativa”. Es la interpretación que puede resumirse en la siguiente frase: “Se ha elegido a la persona X para vicepresidente porque es la mejor, sin importar si es varón o mujer”. Quien puede posicionarse aquí de manera creíble, alcanza el lugar más deseable porque su decisión se puede interpretar como habiendo superado los prejuicios de género y poniendo su foco de decisión en las capacidades.

    Si se admite estos tres niveles, se entiende el problema de la decisión. Si el candidato elige a una mujer, la decisión podrá ser interpretada como de nivel 2 o 3 (paritaria o equitativa). Si elige a un varón, como de nivel 1 o 3 (machista o equitativa). Los ciudadanos vemos decisiones, y luego posicionamos al candidato en algún nivel con nuestras interpretaciones. En ese campo de lecturas, cada candidato desea quedar lo mejor posicionado posible. Allí comienza el juego.

    Lacalle, Martínez y Talvi. Tres posiciones diferentes ante el asunto

    Con un sorprendente anuncio la noche de las elecciones, Luis Lacalle Pou escogió a Beatriz Argimón como compañera de fórmula. Quedaba así cancelada la posibilidad de interpretación de “decisión machista” (nivel 1). Entre los niveles restantes, el candidato podía apostar por cualquiera de ellos, pero dio claras señales de guiar la interpretación hacia la “decisión equitativa” (nivel 3), quedando posicionado en el mejor lugar posible. Dos razones fundamentan lo anterior. La primera es su propio discurso durante el anuncio. Refiriéndose a Argimón, dijo: “Se trata de una gran mujer que cumple con los requisitos exigidos para ser una buena candidata a vicepresidente, tales como: capacidad negociadora, conocimiento jurídico, conocimiento del Parlamento y buen humor. Aquí tenemos a una futura gran vicepresidente de la República”1. Su discurso se centró en las capacidades de Argimón y el hecho de que fuese mujer resultaba secundario. Por otra parte, la segunda razón (que refuerza sus palabras) es que la decisión de nombrar a Argimón resulta creíble tras una interna problemática para el Partido Nacional, con la presencia disruptiva de Juan Sartori, y con la necesidad de Argimón como figura articuladora de cara a un eventual gobierno sin mayorías parlamentarias.

    Para el caso de Daniel Martínez, su opción también fue por una mujer, aunque en condiciones completamente diferentes. El nombre de Graciela Villar surgió luego de una compleja serie de reuniones y deliberaciones. El Frente Amplio había tomado la decisión de que tanto la integración de las listas como la fórmula debían ser paritarias. En ese sentido, daba claves inconfundibles de interpretación hacia el nivel 2 (“decisión paritaria”). Sin embargo, Lacalle acababa de elegir a una mujer, ubicándose en el nivel de “decisión equitativa” (nivel 3). Levantaba la exigencia para Martínez. Para este último, ubicarse en la mera justificación paritaria resultaba ahora, comparativamente, inferior. Sin embargo, era su oportunidad para mostrar que el Frente Amplio también podía tomar una decisión equitativa, para comunicarnos a los ciudadanos que si no había optado por Carolina Cosse, eso se debía a la existencia de otra mujer aún más capaz. Pero eso no sucedió. En su lugar, comenzó la danza de nombres. José Mujica había llamado a todo esto, de forma no muy feliz, “ese asunto de la mujer”. Por otra parte, Rafael Michelini, entrevistado por Orlando Petinatti, confirmaba que la igualdad de género obligaba al Frente Amplio a poner a una mujer como vicepresidenta aunque no fuese la más capacitada2. Además, circularon nombres y se llegó a leer incluso que “Martínez en más de una reunión planteó la posibilidad de que su acompañante sea una mujer otusider (y), como ejemplo, dio los nombres de la conductora televisiva Blanca Rodríguez y Natalia Oreiro”3. Si bien no eran nombres dentro de la lista más probable, estas noticias oficiaban de argumentos potentes para ubicar la interpretación en un nivel 2 de modo insultante incluso para las propias mujeres y activistas feministas a favor de la paridad. Lo que se estaba diciendo es que no había una mujer capaz y que la elección debía ser por obligación. Que se debía interpretar las acciones como una “decisión paritaria” (nivel 2) porque no era posible una “decisión equitativa” (nivel 3). Esto dejó a Martínez en una posición poco favorecedora.

    En el partido colorado, Ernesto Talvi ha sido el último en optar y ha escogido a Robert Silva. El problema que enfrenta Talvi en lo discursivo es diferente al de Lacalle y Martínez. Dado que eligió a un varón, la interpretación puede leerse como una “decisión machista” (nivel 1) o una “decisión equitativa” (nivel 3). Su estrategia, por lo tanto, ha de ser la de dejar en claro que lo ha elegido porque es el mejor y no que ha surgido de una reunión de hombres eligiendo a otro como ellos. En tal sentido, Talvi parece haber preparado el terreno. Entrevistado en Desayunos Informales, antes de dar a conocer su decisión, manifestó que manejaba cinco nombres, tres de mujeres y dos de hombres4. Por otra parte, Carolina Ache, feminista y la mujer más votada del movimiento Ciudadanos, contribuyó a reforzar esa interpretación diciendo que “La fórmula colorada no tiene por qué ser paritaria”5 y que “si la más capacitada es una mujer, está perfecto”6. En tal sentido, los argumentos que pueda dar Talvi para confirmar la interpretación hacia el nivel 3 son decisivos porque, de otro modo, su alternativa sería caer en el nivel 1. La apuesta por un varón, en tiempos donde el género es un tema relevante y polémico, puede ser la más peligrosa o, por el contrario, la que más podría beneficiarlo al diferenciarlo de sus contrincantes.

    Cr. Mag. Horacio Bernardo

    Profesor de Argumentación, FIC, Udelar