N° 1824 - 16 al 22 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá—Fue el primer tango que hice. Un día, una imagen callejera me calvó tan hondo que llegué a casa y me puse a componer. Estaban unos chicos en la calle remontando un barrilete y no me dejaban pasar. Recuerdo que los tuve que apartar y me di vuelta a mirarlos porque ellos estaban absortos en lo suyo: pibes de ojos lindos, con ojos de esperanza. Y allí me dije, ¡qué linda idea, qué linda imagen!
No es la primera vez que en esta columna escribo de ella y de su primer tango, Sueño de barrilete; ella, Eladia Blázquez, la mejor letrista mujer que ha dado el tango —por encima, incluso, de la gran poeta María Luisa Carnelli— y que, con justicia, integra también el Parnaso de nuestra música ciudadana junto a Homero Manzi, José María Contursi, Enrique Santos Discépolo, Enrique Cadícamo, Cátulo Castillo y Homero Expósito.
Hija de un matrimonio de humildes inmigrantes españoles, nacida el 24 de febrero de 1931 en Avellaneda, al sur de Buenos Aires, barrio obrero, Eladia fue compositora, cantante, pianista y guitarrista. A los ocho años le permitieron presentarse en Radio Argentina, en la cual interpretó temas de Imperio Argentina. Luego se enamoró del bolero y más tarde del folclore e hizo letras, entre otros artistas, para Ramona Galarza y Los Fronterizos. Aquel primer tango data de 1957, aunque vio la luz diez años más tarde, cuando lo grabó Miguel Saravia y luego, con un esplendoroso éxito, Susana Rinaldi.
No es todo en la vida de Sueño de barrilete:
—Cuando traté de colocar el tema para que alguien lo grabara, nadie lo quiso hacer. (…) Y lo guardé. Es curioso: hice la primera parte y el refrán y después lo dejé dormir. Un día, justo un año más tarde, estaba revolviendo cosas viejas y lo encontré. Entonces me puse a componer la segunda parte. Lo leí y dije: Sí, está bien… pero cuántas cosas se pueden decir.
Y las dijo, ¡vaya si las dijo!, en un puñado de tangos que hicieron que se la llamara “la Discépolo con faldas” y que Astor Piazzolla aceptara que le escribiera una letra a Adiós Nonino, lo que hasta ese momento le había negado a otros con desagrado. Una lista incompleta de las obras de esta mujer emblemática, que dibujó como pocos a su país y su pueblo y que en varios sentidos fue una adelantada, incluye: El corazón al Sur, Mi ciudad y mi gente, A un semejante, Honrar la vida, Bien nosotros, Que vengan los bomberos, Si te viera Garay, Viejo Tortoni, Contame una historia, Con las alas del alma, Si Buenos Aires no fuera así, Somos como somos, Sin piel, Prohibido prohibir, Si somos gente, La pasión del escolaso, A Cátulo Castillo, Qué buena fe, El coso que tira la manga y Convencernos, un tango que hizo junto a Chico Novarro cuando aún la dictadura argentina no había sido derrotada y que, penosamente, condujo a interpretaciones mal intencionadas que sobrellevó con un talante de sobria dignidad.
Hay que dejarlo claro: ciertos puristas del tango tradicional, más que clásico, nunca la aceptaron, argumentando un supuesto nivel desparejo de su poesía y que sus innovaciones sonaban exageradas, y quitando valor a ese insistente, conmovedor y profundamente descriptivo amor que la autora derramó siempre sobre su ciudad y los menos privilegiados. Pero dicen que el gran público no se equivoca, y menos cuando hace juicios que resisten, tercos, el paso del tiempo, y la ubicó donde se merecía. Obtuvo múltiples premios: en 1992 fue declarada Ciudadana Ilustre de Buenos Aires y se sacó el gusto de publicar dos libros que se vendieron por decenas de miles: Mi ciudad y mi gente (título de su tango homónimo) y Buenos Aires cotidiana. Los principales intérpretes de sus tangos fueron, entre otros, Chico Novarro, Néstor Fabián, Susana Rinaldi, Guillermo Fernández, Lidia Borda, Raúl Lavié y Rubén Juárez; aquí, entre nosotros, se recuerdan unas finas interpretaciones del malogrado Gustavo Nocetti y de las jóvenes Malena Muyala y Alejandra Maerro.
Ella, generosa con los demás, grabó su primer disco propio recién en 1970, cuando el tango vivía, tal vez, la peor de sus crisis.
Eladia Blázquez enfermó de cáncer terminal y murió en una clínica de Buenos Aires el 31 de agosto de 2005, rodeada del reconocimiento y el afecto populares.
En vida recibió diversos y bellos elogios. Ella prefería —lo declaró públicamente— una frase de su querido Julián Centeya: —Es tan nuestra que parece de otros. Con su mensaje tierno de sangre y piel se delata mujer y tiempo de Buenos Aires, que se inventa, lo crea y lo funda.