Con una reforma constitucional en el medio —la de 1996, que instaló la obligatoriedad de elecciones internas, la segunda vuelta presidencial y la separación de las nacionales respecto de las departamentales—, la competencia electoral se ha centrado en una disputa entre el Frente Amplio por un lado y blancos y colorados por otro. A la vez surgió el Partido Independiente, que busca ser el voto clave cuando en el Parlamento no haya mayorías legislativas como en los últimos dos gobiernos.
De padres a hijos.
¿Qué pasó con el electorado en estos 40 años? ¿Hay cambios profundos en comparación con lo que sucedía a principios de los convulsionados años 70? Esas son algunas de las consultas que debieron responder Bottinelli y Zuasnábar, ambos sociólogos y expertos en opinión pública en Factum y Equipos, respectivamente.
Para ambos, en estas cuatro décadas se ha modificado de manera lenta la relación entre el votante y los partidos.
Según Bottinelli, la “relación sigue siendo fuerte pero distinta”. “La participación directa de votantes en los partidos viene en una franca caída en el último tiempo”, aunque a la vez, el “sentido de pertenencia prácticamente se mantiene incambiado, es decir, cerca de siete de diez uruguayos sienten pertenencia partidaria”.
Zuasnábar coincide con que la relación sigue siendo “fuerte”. “En perspectiva comparada —consideró— Uruguay es uno de los países del mundo en los que mayor proporción de ciudadanos se siente identificada con un partido. Sin embargo, también es cierto que las identidades no parecen tan fuertes como antes, están un poco (y solo un poco) más débiles. Por un lado, las nuevas generaciones parecen tener miradas algo más lejanas y desconfiadas de los partidos políticos que las anteriores. Por otro lado, el electorado de los partidos fundacionales se mueve con mayor comodidad entre uno y otro partido, sobre todo en el plano departamental, y esto hace que las identidades originarias ya no impliquen una fidelidad tan importante”.
En ese marco, ambos analizaron la situación de la izquierda, teniendo en cuenta que diversos estudios han señalado que a lo largo de los años el Frente Amplio se nutrió de los votantes jóvenes que apoyaban a ese partido, en especial por influencia de sus padres.
“Aún es válida la idea de que los hogares de padres frentistas tienen mayor capacidad que los blancos y colorados de ‘reproducir’ a la siguiente generación la identidad propia. Pero el efecto es bastante menor de lo que era hace algunos años y la cosa está más equilibrada”, opina Zuasnábar.
Bottinelli dice que la “socialización política primaria” fue “muy fuerte en la izquierda” y que ha sido uno de los “pilares fundamentales” para que el Frente Amplio “aumentara su caudal electoral en términos generales y fundamentalmente en las nuevas generaciones”, pero subraya: “Hoy en día el crecimiento de la izquierda está estancado y ese estancamiento se da también en los jóvenes; hay que estudiar más a fondo el tema, pero puede ser que esa transmisión de padres a hijos en la izquierda no sea tan fuerte como lo fue antes”.
Zuasnábar coincide en que el Frente Amplio “ya no crece más entre los jóvenes. Sigue siendo mayoría, pero no crece más e incluso podría llegar a decrecer un poco”.
Además señala que “la otra punta del proceso de recambio (el electorado que muere), ya no es patrimonio exclusivo de blancos y colorados. Una generación de frentistas ya ha llegado, por razones de edad, a la ‘Estación Carnelli’. La combinación de ambas cosas genera que el ‘efecto demográfico’ sea más débil que en el pasado. Los factores políticos que estaban por detrás del efecto demográfico (como el hecho de que el Frente Amplio fuera oposición y desde ahí canalizara el descontento) también han mutado. Desde que el Frente Amplio es gobierno, ya no es tan claro a dónde va a parar el descontento”.
En tanto, los jóvenes siguen mostrando interés en la política, pero “ha cambiado” la forma de expresar ese interés”, comenta Bottinelli, quien observa que entre los más jóvenes hay un “proceso de deterioro” de su interés hacia la política. Zuasnábar indica que en términos generales los jóvenes tienen en la actualidad “similares niveles de información y participación política que los adultos” y que “comulgan con los valores democráticos tan fuertemente” como sus mayores. “El tema tiene que ver con un cambio en las formas de expresión de su interés: una cierta aversión a los formatos institucionales (que incluso afecta a los partidos políticos), y una mayor orientación hacia otras formas más horizontales de participación”.
Precisamente, las nuevas generaciones “parecen estar desconfiando de las estructuras institucionales como canalizadores de la participación política”, sostiene el director de Equipos. “Están demandando espacios de participación más horizontales, donde puedan involucrarse directamente en la toma de decisiones, y de resultados más inmediatos. La revolución tecnológica está por detrás de la emergencia de nuevos espacios que se ajusten mejor a los formatos. Los partidos deben adaptarse a los nuevos tiempos, e intentan hacerlo: el punto es que nadie tiene mucha idea de cómo hacerlo. No queda otra que confiar en el sentido común, trabajar por ensayo y error, y mirar de reojo algún ejemplo exitoso de por ahí, aunque no siempre son extrapolables. Pero está claro que los cambios culturales y tecnológicos que están por detrás de las nuevas formas de participación son irreversibles”, afirma Zuasnábar.
Por su parte, Bottinelli entiende que las nuevas formas de comunicación hacen que “la relación entre partido y votantes, y fundamentalmente entre líderes y votantes, sea mucho más directa de lo que era antes, lo cual exige a los líderes mucha más capacidad para manejar esa relación”.
En 1996, la reforma constitucional trajo un cambio fundamental en las elecciones con la necesidad de elegir un candidato único por partido y la posibilidad de que exista una segunda vuelta en caso de que un partido no obtenga la mayoría absoluta. Según varios estudios, con estos cambios se acercó aún más a los votantes de los partidos históricos o “tradicionales”. “Sin dudas, los vasos comunicantes entre blancos y colorados son muy claros y se aprecian claramente en las encuestas. Por ejemplo: en la recta final de las elecciones nacionales de 2009 hubo un claro trasvasamiento de votantes desde el Partido Nacional hacia el Partido Colorado y también en este período interelectoral se aprecian movimientos dentro de los partidos tradicionales. Este trasvasamiento creo que se ha terminado de formar con la reforma constitucional y específicamente en las elecciones nacionales de 1999, ese termina siendo un punto de inflexión donde blancos y colorados votan juntos a un candidato”, opina Bottinelli.
Zuasnábar puntualiza que los votantes blancos y colorados “han sido parecidos entre sí a lo largo de casi toda la historia. El surgimiento del Frente Amplio consolida dos espacios ‘ideológicos’ nítidamente definidos, y el Partido Colorado y el Nacional conviven muy claramente dentro de uno de estos espacios. Por tanto, se sienten mucho más cómodos en saltar el ‘murito’ que los separa entre sí, que en saltar la ‘pared’ que los separa del Frente Amplio. Hay excepciones a esto. Pero la norma general, en las segundas vueltas de 1999 y 2009, y en las elecciones departamentales, es que blancos y colorados se comportan ‘como si’ fueran un bloque electoral. Desde el punto de vista de las identidades partidarias la resistencia mutua entre blancos y colorados existe, pero es menor que la resistencia que ambos tienen respecto al Frente Amplio”.
Indefinidos.
En las distintas encuestas aparece regularmente un sector del electorado que no se define por un partido. Entre cada elección, ese número se encuentra promedialmente en el entorno de 10%. Ese electorado ha cambiado también, asegura Zuasnábar. “Se ha complejizado. Ya no responde al estereotipo más tradicional de un electorado ‘despolitizado’ y ‘desinteresado’. Por supuesto que los hay de estos, pero comienza a crecer otro perfil de independientes con características muy distintas: interesado e informado sobre política, con mayores niveles educativos, pero que evalúa que ninguno de los partidos actuales llega a satisfacer plenamente sus necesidades. Sería algo así como un ‘futbolero’ que no es hincha de ningún equipo de fútbol, un bicho algo raro pero que empieza a registrarse —sin ser mayoría— en el plano político”, explica.
Parte de ese electorado indeciso, entiende Bottinelli, tiene “cierta pertenencia ideológica” y “más o menos se alinea a los partidos o candidatos que mejor representen el país o las ideas que comparten”. “En este sentido ese electorado independiente no lo es tanto, hay parte del electorado independiente que se mueve a la izquierda y parte que se mueve a la derecha, por tanto la ‘flotación’ del electorado independiente es bastante reducida”, añade.
Bottinelli y Zuasnábar, por otro lado, concluyen que se mantiene en el electorado el peso de la autoidentificación ideológica. “El eje izquierda-derecha tiene tanto peso como siempre, por más que los significados de lo que es izquierda y derecha han mutado fuertemente. En Uruguay ya no existe una izquierda ni una derecha como las de los 70. En ese marco, las etiquetas ya casi no son agresivas para nadie. El electorado tradicional al que le avergonzaba autoidentificarse ‘de derecha’ es cada vez menos. Fundamentalmente, las nuevas generaciones se autodefinen ‘de derecha’ sin ningún complejo”.
De hecho, Bottinelli dice que la “autoidentificación ideológica refleja las posturas de las personas sobre una gran cantidad de valores y forma de ver la vida compartidos, por tanto la autoidentificación ideológica es parte sustantiva que define el voto. El ser del ‘centro hacia la derecha’, o ser del ‘centro hacia la izquierda’ no responde a una identificación per se, sino que uno se ubica en ese espectro porque sus ideas se alinean hacia un lado y esas ideas se encuentran en ciertos partidos o sectores dentro de los partidos”.
Política
2012-11-08T00:00:00
2012-11-08T00:00:00