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    En la maleta del erudito

    “Viajes y otros viajes”, el último libro de Antonio Tabucchi

    Posiblemente fue el historiador Heródoto quien inauguró la categoría “libro de viaje” con “Los nueve libros de la historia”, donde narró todo lo que vio, escuchó y aprendió en sus incansables travesías por aquel mundo de los años 400 antes de Cristo. Desde entonces, el viaje ha sido no solo fuente de placer o conocimiento, sino también materia novelable. Lo fue para escritores como Joseph Conrad, quien relató su experiencia tenebrosa por el Congo de fines del siglo XIX en “El corazón de las tinieblas”, o para Jack Kerouac, quien a través de “En el camino” y de su mítica ruta 66, contó sus vivencias de “generación beat”, más relacionadas con el hecho de trasladarse, de “estar en la carretera”, que con el lugar al que llegaba.

    Una visión diferente dejó poco antes de morir (el 25 de marzo de este año) el escritor Antonio Tabucchi en su libro Viajes y otros viajes. Con su gran capacidad de observación y de conocimiento de la historia, del arte, de la literatura y hasta de la mitología, el italiano recorrió varios continentes y escribió una serie de breves crónicas en las que importa más lo cultural que lo anecdótico, la erudición que la emoción.  

    De niño, el autor había vivido en la campiña toscana y allí soñaba con los viajes que leía en los libros de Stevenson y de Conrad. Pero fue la película “La dolce vita”, de Federico Fellini, lo que dio origen a su afán viajero: “El retrato de Italia que Fellini proporcionaba en aquella película feroz no correspondía a lo que Italia quería que un escolar creyera”, cuenta en una entrevista publicada al comienzo de Viajes y otros viajes.

    Lo cierto es que Tabucchi cargó con sus maletas por Italia, España, Estados Unidos, Canadá, México, Brasil, India, Grecia y Egipto, entre otros destinos. Por supuesto que también viajó por Portugal y siempre retornó a Lisboa, la ciudad que adoptó como propia y donde recibió sepultura en el mismo cementerio en el que fue enterrado su admirado poeta Fernando Pessoa.

    Si bien había escrito novelas relacionadas con la travesía (“Réquiem”, “No­cturno hindú”), Tabucchi se consideraba como un viajero que nunca había hecho los viajes para escribir sobre ellos. “Sería como si uno quisiera enamorarse para poder escribir un libro sobre el amor“, explicó en la entrevista. Con esta idea armó un volumen lleno de recuerdos dispersos que no siguen una línea temporal y que son más bien estampas de determinados lugares, como si los hubiera escrito a partir de fotografías.

    El primer problema de esas “fotografías” es que les falta la fuerza de las vivencias. Tabucchi va a Madrid e informa sobre el intenso calor del verano, pero poco dice de la vida madrileña, de lo que escuchó en sus calles, de cómo es su gente. Sin embargo elige hablar de Goya y de su obra en el Museo del Prado o de su pintura en la ermita que perteneció a Carlos IV. Los detalles son precisos, pero quien lee el breve relato se queda con ganas de saber más sobre lo que no está en los libros de arte, sobre lo que un testigo privilegiado como Tabucchi podría haber dicho, por ejemplo, de la fonda ubicada en la esquina de la ermita que ofrece una “sidra de excelente calidad que el cantinero sirve directamente del barril”.

    Obviamente, la obra está llena de bellas imágenes y reflexiones. Hay un diálogo que el escritor recuerda haber mantenido con su tío, quien lo llevaba a recorrer museos en Florencia, que habla de una infancia llena de cariño y sabiduría. “Tío, ¿qué hay que hacer para ver a los ángeles?”, le preguntaba Tabucchi cuando era niño, y su tío le respondía: “Para ver a los ángeles hay que saber sujetar el pincel”. El italiano conservaba en el momento de escribir el libro su primer atlas, que quería legarles a sus nietos: “Al objeto de que no crean, como yo creía entonces, que el mundo será siempre el que ellos conocen. (...) Las únicas ‘fronteras’ que no cambiarán nunca son las del cuerpo humano y lo que este siente cuando son violadas”.

    Además, el escritor registró lugares curiosos, como la isla de Elephanta, en la costa de Bombay, donde los portugueses encontraron en 1912 un enorme elefante de basalto. Allí sobreviven las cuevas sacras “más celebradas y probablemente más hermosas de la India hinduista”. Tabucchi se refiere a las esculturas y al terrible mito que las rodea, pero lo realmente curioso es lo que le dice el guía sobre los portugueses, a quienes define como un “pueblo intolerante y fanático”, a causa de los daños que ocasionaron a esas obras. El narrador termina su capítulo con la siguiente reflexión: “Intolerantes y fanáticos lo fueron sin duda, pero probablemente concibieron por primera vez el cosmos como una idea terrible y absurda y se dieron cuenta de lo estúpidos, limitados y optimistas que eran”.

    Viajes y otros viajes brinda tributo a los muchos libros de viajeros que el autor ha leído. Entre ellos están los que crearon ciudades fantásticas, como Italo Calvino con su “Ciudades invisibles”, o recrearon otras reales pero que se transforman al ser escenarios literarios, como la Dublín de Joyce o la Lisboa de Pessoa.

    Aparte hay menciones a libros de Jorge Luis Borges, de Julio Cortázar, de Hermann Hesse, de Claude Lévi-Strauss, y la lista es extensa, porque las citas y referencias abundan e incluyen a los viejos cronistas: “En otros tiempos, cuando el lector culto y curioso partía de viaje hacia países desconocidos y lejanos, metía en su maleta (los baúles de ciertos viajeros son de por sí materia de literatura) no guías turísticas (que no existían), sino libros de viajeros que antes que ellos habían visitado aquellos países. Esos libros (...) enseñaban otras cosas: cómo se vivía, cómo se pensaba, cómo se hablaba, cómo se escribía y qué categorías mentales estaban vigentes en aquellos lugares ajenos”, explica como homenaje a los sabios viajeros.

    Tal vez lo que tenían aquellos libros es, justamente, lo que le falta al de Tabucchi: más vida y menos erudición.

    “Viajes y otros viajes”, de Antonio Tabucchi. Anagrama 2012, $ 390, 267 páginas.