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Si algo está claro en las distintas series polacas que viene estrenando Netflix es la idea de que una vez terminado el régimen socialista en ese país todo lo que se refiere a la gestión del poder no parece haber cambiado demasiado. Si bien la segunda temporada de El pantano, ambientada en 1997, no habla directamente de eso, tal es el clima en el que ocurren los misterios que ocupan a los policías y periodistas de esta muy buena serie. La prepotencia de los de arriba y su escasa preocupación por el destino de los de abajo se mantiene intacta aunque hayan cambiado los mandos y los métodos.
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La premisa de la temporada original era interesante: un veterano líder socialista polaco y una prostituta aparecen muertos en el bosque de Gronty, cerca del pantano que da nombre a la serie. Ambientada en 1982, esa primera temporada se concentraba en mostrar los problemas que encontraban dos periodistas al investigar el crimen. Esos periodistas eran arquetípicos: uno joven lleno de ilusiones sobre su carrera profesional, el otro veterano y con ganas de escapar a Occidente. El poder del Estado, representado por una policía opaca y arbitraria que no tenía el menor empacho en plantar pruebas o en violentar a los interrogados, era omnipotente en el pequeño pueblo donde se desarrollaba la acción. Ese poder también era representado por los miembros del poder político, que hacían lo posible por desviar la atención del crimen hasta lograr inculpar a un criminal reincidente que no tenía mucho que ver con el asunto.
Con esos ingredientes, el director y guionista Jan Holoubeck armaba una tensa y oscura serie policial de corte político, en la que la generación del joven periodista empezaba a cuestionar muchas de las certezas ideológicas de la generación de sus padres. Certezas que se mantenían con base en la violencia a veces descarnada, a veces sutil, siempre presente, de ese Estado liderado por el Partido Comunista. Y si bien buena parte de los personajes aparecen en la segunda temporada, algunas cosas parecen haber cambiado en la Polonia de 1997, año en que se desarrolla la acción. El bloque socialista cayó hace años y el pueblo vive ahora bajo la corrupción y la especulación del capitalismo recién instalado en el país.
Así las cosas, se produce una inundación que arrasa con el bosque y con el pueblo. Las aguas sacan a la luz los cuerpos de quienes estaban enterrados en un viejo cementerio de la II Guerra Mundial y también el de un niño que aparentemente se ahogó en la inundación. El caso habría sido archivado con la misma celeridad con que se intentó silenciar el caso de la primera temporada, de no ser por la presencia de Anna Jass, interpretada por la enigmática Magdalena Rózczka. Jass es una policía de Varsovia, destinada al pequeño pueblo en castigo por un error que cometió en la capital. Su insistencia y su olfato de investigadora logran pasar por encima de la burocrática pachorra de su compañero local, Adam Mika, interpretado de manera excelente por Lukasz Simlat, quien se roba la serie con su policía tartamudo y ambiguo. Ambos logran demostrar que el niño fue asesinado y que existe una trama de intereses detrás de su muerte.
La serie muestra además otras dos investigaciones, en apariencia desconectadas. La primera de ellas sobre la masacre de civiles alemanes ejecutada por el ejército ruso tras “liberar” el pueblo al final de la II Guerra. Esa investigación es también una cuestión personal para el veterano periodista Witold Wanycz (Andrzej Seweryn), quien, espoleado por la aparición de los viejos cuerpos arrastrados por la inundación, decide contar esa historia que lo acosa desde su juventud. Al mismo tiempo, el joven protagonista de la primera temporada, Piotr Zarzycki (Dawid Ogrodnik), ha regresado al pueblo para labrarse una carrera como secretario de redacción de su viejo diario. Obligado por la necesidad de mantener contento a su principal anunciante, un prepotente millonario local, Zarzycki investiga el secuestro y posterior desaparición del hijo de este, ocurrida meses atrás y abandonada por la policía local.
Tal como ocurría en el universo de la primera temporada, nada es lo que parece y casi todos los personajes cargan con su dosis de ambivalencia. Si bien quienes están al mando son otros, las relaciones de poder, casi siempre verticales, permanecen intactas, amenazantes para el ciudadano de a pie. Como dice a la pasada uno de los personajes de la serie, el único cambio perceptible es que los “viejos cretinos” que mandaban fueron sustituidos por los “nuevos cretinos” que mandan, nada más. A diferencia de lo que ocurría en la primera temporada, en esta los policías investigan y descubren cosas. En ese sentido, en El pantano de 1997 hay una exposición más fina de los métodos policiales, sean estos según las reglas o no. Lo único que no termina de cerrar en el equipo policial es el lesbianismo de Jass. No agrega ni saca nada a la trama ni a los resultados, por lo que resulta irrelevante. Tanto como la sexualidad del resto de los protagonistas, que apenas aparece consignada como una nota al pie de página en la historia. A veces parece que en estas series de Netflix alguien se dedicara a marcar opciones en una planilla estándar para asegurarse de que ciertas cosas estén, sí o sí, aunque no aporten ni saquen nada al asunto. Pedagogía para adultos, digamos.
Mas allá de esto, la serie es sólida y muy bien actuada. Lejos de los estereotipos que muchas veces marcan las producciones policiales estadounidenses, el modelo de El pantano 1997 parece ser el del policial noir escandinavo, en donde todo personaje tiene al menos dos niveles de complejidad y siempre cuenta con una agenda propia, más allá de su conexión con la trama central. El “pueblo” (técnicamente una ciudad, como recuerda Zarzycki) es tan agobiante en su pequeñez como lo era en 1982 en la primera temporada. Poco parece haber cambiado allí, dice el realizador Holoubeck, a pesar de que en ese lapso que va entre una y otra se produjo la caída del socialismo feroz y regresó el capitalismo de amigotes, que con sus tramas de violencia, especulación y corrupción resulta casi igual de feroz. Porque el pantano no es ese donde hunden sus raíces los árboles en el bosque, sino la sociedad cerrada, atemorizada y oscura donde viven, navegan y, finalmente, naufragan los protagonistas.