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Un barco con siete tripulantes encalla en las aguas congeladas del Ártico. Cuatro hombres y tres mujeres de mediana edad atascados en la banquisa helada, en el medio de la nada. En escena, la proa ferruginosa sobresale entre placas blancas quebradas por el golpe. El suelo, todo blanco. Los siete personajes van y vienen entre el buque y el hielo. Al principio, shockeados por la inexistencia de ayuda externa. Luego, desesperados por la escasez de víveres y aterrados por el inexorable peligro de muerte (desnutrición, extremidades congeladas, gangrena) y la creciente amenaza externa de las manadas de lobos que acechan el casco por las noches.
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Antes que nada, una aclaración especialmente pertinente para el público que conoció a Sergio Blanco en los últimos años, ya como director de sus propios espectáculos: escribió Barbarie 10 años atrás, cuando aún no dirigía sus textos. De hecho, en esa época el autor uruguayo radicado en París desde hace más de 25 años aún dividía su tiempo entre la actividad comercial-empresarial, como gestor de recursos humanos, y la dramaturgia. Solo había montado un Ricardo III en el Castillo del Parque Rodó (puesta que le valió el Florencio a la Revelación en 1991), pero recién comenzó a dirigir sus creaciones en 2012, con Tebas Land, la obra que inició su serie de autoficción y que lo consagró a escala global, con adaptaciones en Europa, Asía, Oceanía y las américas. Barbarie pertenece a la etapa anterior de Blanco, la de sus obras montadas por la Comedia Nacional, como Calibre 45 y Kiev, y otras nunca estrenadas como Opus Sextum y Dyptico. Blanco tenía claro que nunca la dirigiría y desde su publicación, llevarla al escenario fue el sueño —largamente postergado— de Gustavo Saffores, actor de cabecera de Blanco durante la última década. El dramaturgo había visto al actor en acción en Una lluvia irlandesa y Chaika, dos montajes de Mariana Percovich de la segunda mitad de los 2000, y lo convocó para una lectura dramatizada del texto en Montevideo, en 2010. Blanco quedó tan convencido con el carácter interpretativo de Saffores que le dio el papel de S., el escritor de Tebas Land que visita al asesino parricida en la cárcel para vampirizar su historia y apropiarse de ella.
Saffores nunca había dirigido y ha tenido a Barbarie entre ceja y ceja durante la última década. Desde que la leyó tuvo claro que la quería dirigir, pero se trata de una obra muy exigente, con una temática atípica por su violencia y la deshumanización extrema de los personajes, devenidos en bestias que meramente luchan por la supervivencia. El desafío era doble: debutar en el complejo oficio de la dirección escénica y hacerlo con un texto harto complicado. “No le tenía miedo. Fui bastante inconsciente de todo eso”, dijo Saffores esta semana en una mesa de bar, entrevistado por Búsqueda. El actor contó que Blanco le cedió de inmediato los derechos para que la dirigiera pero no participó del proyecto. Ni siquiera hablan de Barbarie. “Él confió plenamente en mí pero después no participó para nada del proceso. Durante todos estos años nos hemos visto mil veces, hemos pasado mucho tiempo juntos en los ensayos y las giras de las obras que hemos hecho juntos ( Tebas Land, El bramido de Düsseldorf y Cuando pases sobre mi tumba), pero casi nunca hablamos de Barbarie. Cuando alguna vez le pregunté algo me respondió que no tenía idea. Es su manera de darte la total libertad. Obvio que tenía idea, pero de ese modo no te condiciona en lo más mínimo con su propia interpretación de la obra. Tiene como principio que las obras que no dirige las entrega y se desprende. Dejan de ser suyas. Por eso fue muy cómodo trabajar con él en esta obra (ríe) ”.
Luego de ensayar durante gran parte de 2019, Barbarie se iba a estrenar en abril de este año, pero la pandemia congeló el proyecto justo cuando se estaba por comenzar a construir la escenografía. “A fin de año la obra estaba a punto. Era difícil porque son siete personajes casi todo el tiempo en escena, es un trabajo muy colectivo, y teníamos que llegar al punto justo. Paramos en el verano y cuando retomamos estábamos en la recta final de la producción, pero por suerte pudimos parar todo justo antes de mandar a hacer los decorados, que son gigantes”, contó. Finalmente, cuando en julio comenzó a activarse el regreso de los espectáculos, protocolos mediante, comenzaron los trabajos de carpintería y herrería para construir ese gran casco ensartado entre los bloques de hielo, según el diseño de Laura Leifert y Paula Martell.
Barbarie se estrenó el miércoles 16 en el Auditorio Nelly Goitiño del Sodre, un escenario con las dimensiones óptimas como para albergar una historia que transcurre en la inmensidad helada del norte, y que requiere de un espacio generoso para enmarcar como se debe el alto despliegue físico que exige esta puesta en escena, con grandes desplazamientos, corridas, combates con armas blancas y armamento marino como una arponera para cazar grandes cetáceos. El diseño del decorado permite que las grande placas blancas oficien de pantalla para las múltiples proyecciones audiovisuales que se incorporan a la narración, diseñadas de un modo muy funcional y orgánico por Miguel Grompone. Así recibimos imágenes poderosas como ese lobo fragmentado (foto) que rodea y devora a los personajes con su gigantesca presencia. También resulta impecable la ambientación sonora de Fernando Castro, que nos permite sentir el frío en la piel a causa de esa ventisca gélida incesante.
Partiendo de la base de que esto no tiene nada que ver con las recientes historias protagonizadas por personajes que refieren directamente a la figura de Sergio Blanco, la expectativa era muy alta. Esta es una obra clásica, dramatúrgicamente hablando. Hay un texto, personajes, una narración lineal en todas sus variables y la cuarta pared es un muro infranqueable. En esta historia trágica y terrorífica, aquello de que “el hombre es el lobo del hombre” se vuelve (literalmente) carne, cuando aflora el instinto animal y varios personajes se convierten en presas de otros que hacen lo que sea por no morir de hambre. Conforme pasan las innumerables escenas, los principios morales y los signos de socialización y convivencia humana van desapareciendo. Como lo indica el título, la civilización cede terreno a la barbarie a paso firme. Y claramente existe una intención poética de exponer esta trama como una metáfora universal del tiempo presente y la realidad social. No importa si estamos en 2020, 2010, 1980 o 1400. El ser humano moderno contiene dentro suyo la semilla genética del hombre de las cavernas y en las circunstancias de peligro apropiadas esta germinará y la planta crecerá fuerte, arrasando todo vestigio de humanidad. Queda clarísimo. Y sin dudas que allí radica un factor de gran interés.
En Barbarie no hay héroes ni villanos. No se trata de sobrevivir. Todos atacan, todos huyen, todos sufren frío, hambre y dolores insoportables. Todos forman parte de este experimento accidental e involuntario de regresión a la condición humana primigenia. Por lo tanto, nadie está libre de complotar, mentir, traicionar, maltratar, matar y convertirse en caníbal. A diferencia de otros episodios similares como la tragedia de los Andes, aquí no hay posibilidad de trabajo en equipo en pos de la salvación ni tampoco la naturaleza, la providencia o las circunstancias trágicas proveen el alimento mientras se gana tiempo para que ocurra el milagro. No hay planificación ni resiliencia ni milagro posible. Solo queda escapar hacia adelante: matar para comer y, si se puede, sobrevivir.
Esta producción resulta, en lo previo, muy atractiva por los nombres que reúne el elenco: Dahiana Méndez, Fernando Amaral, Claudia Trecu, Santiago Sanguinetti, Soledad Frugone, Pablo Robles y Sebastián Serantes son intérpretes muy experimentados (todos entre los 30 y los 40, con entre 10 y 20 años de trayectoria en las tablas locales), con la madurez y el temple suficiente como para encarar un desafío actoral de considerables dimensiones como este.
Pero estamos ante una obra tremendamente difícil porque no hay personajes: resultan todos de una sola pieza, la pieza de sobrevivir a cualquier costo. Y más aún difícil resulta su resolución escénica. Blanco deja solo un bote salvavidas al director: el texto incluye una serie de escenas puramente audiovisuales, donde vemos a los siete personajes en su vida ciudadana, sentados en el banco de un museo, apreciando una obra de arte que no vemos. Allí afloran sutilmente algunos rasgos de sus personalidades que pueden explicar algo de lo que sucede sobre el hielo. Es el único pliegue interpretativo en este periplo, y esos cuadros breves funcionan como un respiro en esta atormentada escenificación: el espectador recibe un poco de oxígeno, con música barroca de fondo para, en seguida, volver a la batalla.
El resultado hubiese sido el mejor posible si el elenco rindiera en forma óptima y con total cohesión. Sin embargo, hay que señalar que el nivel del desempeño actoral resulta bastante desparejo. Algunos intérpretes resultan muy convincentes, otros muy poco. Incluso en algún caso están, llamativamente muy lejos, casi en las antípodas, de su zona de máximo rendimiento. Además, el tono de las interpretaciones está demasiado alto, demasiado gritado, a lo largo de los 80 minutos de la obra. Sería deseable un mejor balance de las energías, especialmente las de los tramos iniciales, para realzar las escenas de gran tensión y violencia que se acumulan desde la mitad hasta el final. Son resortes de la dirección que resultan determinantes. También resulta bastante redundante la proyección de imágenes del Guernica durante la escena más cruenta de la obra. Es más que evidente que se trata del pico de barbarie, valga la redundancia, y la masacre retratada por Picasso resulta algo así como echarle tinta roja a un charco de sangre.
Barbarie está en cartel por dos fines de semana más, desde hoy jueves al sábado 26 y del jueves 1° al domingo 4, con entradas en Tickantel a $ 500. Estas observaciones configuran el talón de Aquiles de una puesta muy arriesgada y ambiciosa, una experiencia que sin dudas será de gran provecho para Saffores en su camino como director.