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La voz. Desde que allá por junio de 2006 apareció Música para niños tristes, el primer disco de Buceo Invisible, estuvo claro: esa voz profunda, con la misma intensidad del Darno pero más grave, y ese fraseo sereno eran diferentes. Ya no solo en el rock nacional, entonces acaparado por la distorsión afilada del punk y el hard rock y por la festividad forzosa del reggae y el ska. La voz de Diego Presa (Montevideo, 1975) era una excelente noticia para la música uruguaya, a secas.
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En 2012 iniciaba su camino como cantautor, continuado con sendos trabajos en los años pares (2014 y 2016), en paralelo a la banda, que publica con pulso firme. Ahora, su cuarto opus en solitario consolida una vocación más introspectiva y experimental, bien propia de los proyectos solistas. Y es, hasta ahora, su mejor página.
“El cuarto es el íntimo espacio de origen, el límite y la extensión de lo que se sueña”, dice Presa sobre esta obra de nombre redundante. Y comienza cantando a la sordina, en Flor futura, como un niño asustado, agazapado debajo de la cama, esperando que todos se vayan para cantar su verdad a las cuatro paredes: Vos vendrás.
El vínculo entre estas 12 canciones y el año en que pasamos más tiempo guardados de toda nuestra vida es total: y si no ¿de dónde sale ese vals al piano llamado Adolescencia que parece escrito para un hijo que está pronto para salir al mundo?
Cuarto alterna movimientos luminosos como Hoy la casa se abrió y Ropa tendida al Sol, con pasajes introspectivos como la milonga Litoral o la balada folk Ya es tiempo, y retratos de personajes entrañables como Francisca. También hay lugar para relatos inquietantes como El maratonista, un rock frenético hecho de sintetizadores y guitarras en el que aflora el potente sentido estético del productor Fabrizio Rossi, quien desde su banda Mux ha dado notables muestras de su talento y viene configurando una sonoridad novedosa en la música uruguaya, a medio camino entre su generación (la del presente) y lo mejor de los 80.
Estamos ante un disco que tiene mucho de aquel viejo concepto de “obra conceptual”, toda una antigualla en tiempos de plataformas digitales. Una suite para escuchar de un tirón, como una sinfonía del confinamiento. Y dejarse ir.