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El viernes 7, Norah Jones, cuyo padre, el mítico citarista indio Ravi Shankar, falleció el martes 11 por la noche a los 92 años de edad en San Diego, California, se presentó por primera vez en Uruguay. Y lo hizo con un recital que se puede evaluar desde dos ópticas bien distintas.
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Si ponemos a Jones bajo la etiqueta de “cantantes de jazz”, aunque no cumpla con ella en términos estrictos, y la comparamos con varias de sus pares estadounidenses, nos enfrentaremos a una decepción. Primero, porque no es una purista sino una cantautora que mezcla con encanto y calidad, pero sin dejar nunca de ser accesible, el pop con el jazz, el rock, el folk y el country. Y, segundo, porque el mundo y, por supuesto, Estados Unidos en particular, ha dado no solo tradicionalmente sino también en los últimos tiempos una buena cantidad de vocalistas de jazz excepcionales.
Por otro lado, es importante anotar que en torno a la imagen de Jones existen dos tendencias que pueden resultar molestas, una local y otra internacional. La local es el esnobismo que genera su figura. Esnobismo que es fruto de lo culto que se siente el espectador al participar del concierto de una artista cuyos últimos temas, sin embargo, suele desconocer. Y la internacional es la refundación que Jones ha hecho desde que decidió trabajar con el aclamado productor Danger Mouse no solo para tener un sonido más negro y más moderno sino también más “cool”, tan “cool” como la foto sexy que ilustra “Little Broken Hearts”, su último trabajo, a mi juicio, el mejor desde “Come Away with Me”, la ópera prima con la que ganó cinco premios Grammy y gracias a la cual vendió más de 25 millones de discos.
Sin embargo, todas estas son apreciaciones intelectuales que pierden fuerza cuando uno se encuentra con una artista cálida. Pero, ¿es Norah Jones una artista cálida? Sí y no. Y finalmente, ¿es tan genial como dicen sus fanáticos o tan aburrida como dicen sus detractores? La realidad no suele ser tan sencilla.
Dentro de la riquísima música popular norteamericana, Jones es una buena artista. Pero John Mayer también vende millones, convoca a jóvenes a sus conciertos y ofrece canciones de calidad. Entonces, lo que sucede es que si uno la compara con la mayor parte de la música de moda, particularmente con la que llega al Uruguay a través de sus pésimas disquerías y de sus, salvo excepciones, machacadas ondas de radio, Jones es una mujer coherente y sumamente talentosa. Pero si uno se cree que está en presencia de una Beatle de la posmodernidad o de una artista que ha venido a salvar al universo de la decadencia, simplemente no está actualizado o no ha buceado lo suficiente por la contemporaneidad canadiense, británica, brasileña y estadounidense, por nombrar cuatro ejemplos de sociedades donde sigue floreciendo música masiva realizada con profesionalismo, buen gusto y capacidad técnica.
Pero que venga Norah Jones a Montevideo no solo es una caricia para los oídos sino también un hecho histórico. Un hecho que hubiera sido imposible sin el esfuerzo del productor Danilo Astori (hijo).
Si evaluáramos el show del viernes, que duró una hora y media y tuvo como telonero a Jesse Harris, por lo que arrojó en sí mismo, es decir con independencia de cualquier consideración previa, deberíamos afirmar que a pesar de que el recital tuvo algunos momentos monótonos y hasta aburridos y jamás fue espectacular, sirvió para comprobar que Jones es una cantante notable capaz de concebir un espectáculo íntegro como una artista cabal, algo sin dudas extraordinario.
Acompañada por su nueva banda, pasando con naturalidad del piano al teclado y del teclado a las guitarras y envuelta por una preciosa puesta en escena en la que la iluminación, plástica y elegante, se lució, escoltada, como estaba, por un sonido excelente, Jones alcanzó su mejor momento en la sencillez de “Cold, Cold Heart”, de Hank Williams, uno de los cantautores más importantes en la historia del country, en la fineza del standard de jazz “The Nearness of You”, interpretado solo con el piano, en el atrapante groove de “Happy Pills”, un tema que forma parte de su último álbum, en la belleza de “It Must Have Been the Roses”, del maravilloso y extinto grupo The Grateful Dead, y en la calidez de sus celebrados “Don’t Know Why” y “Come Away with Me”, con la que cerró la noche mientras parte del público quedó fascinada y otra parte se sintió algo disconforme porque no salió a ofrecer otro bis.