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En 1977, el fotógrafo Jerry Gay, que trabajaba para The Seattle Times y había sido galardonado un par de años atrás con el Pulitzer de Fotografía cubriendo el trabajo de unos bomberos, entró en la Garfield County Jail de Glenwood Springs, en Colorado, para hacer unas tomas a un sujeto que se encontraba detenido por un presunto asesinato. El sujeto en cuestión era joven, amable y buen mozo, de ojos celestes, lucía una barbita de unos días y estaba leyendo libros de Derecho. El fotógrafo estuvo un buen rato y le hizo varias tomas de aquí y de allá. Incluso se tiró al piso y captó una, que es la que ilustra esta nota, donde destacan las cadenas que lleva el detenido, que unos meses atrás se había escapado de la biblioteca de Aspen arrojándose desde un segundo piso. Al terminar su trabajo, el fotógrafo saludó al detenido con un “Bye, Ted”, sin saber —nadie lo sabía— que se trataba de uno de los más famosos asesinos seriales de la historia de los Estados Unidos: Ted Bundy.
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Unos días después de esta sesión de fotos, Ted Bundy volvió a escaparse, esta vez por un pequeño conducto de aire en el techo de su celda de la Garfield County Jail. Una burla sencilla pero eficaz: debajo de la frazada que lo cobijaba solo había una montaña de libros. Y cada vez que Ted estaba suelto, hacía destrozos: entre 1974 y 1978 se calcula que en varios Estados diferentes (Washington, Idaho, Utah, Colorado, Florida) violó y asesinó a más de 30 mujeres, casi todas muy atractivas y con un rasgo similar: pelo azabache y largo. Ted las abordaba con su fusca color cremita. Llevaba un falso yeso en el brazo y les pedía ayuda para cargar algo. Una vez en el auto, las mujeres eran boleta. Finalmente, fue atrapado en 1978 en Florida por una infracción menor —exceso de velocidad, pasar un semáforo en rojo, es increíble que una falta en el tránsito pueda acorralar a un asesino insaciable—, y a partir de allí comenzó su juicio, que lo condenó por tres asesinatos probados a morir en la silla eléctrica en 1989, a los 42 años. Afuera de la prisión, un campamento de fanáticos con camisetas que decían “Arde, Ted, arde” o consignas similares, festejaba la ejecución. Es el costado pop de los asesinos seriales: por un lado ejercen fascinación, y por otro, los que claman por su muerte, son capaces de acampar toda la noche, ponerse remeras alusivas a la silla eléctrica (o la cámara de gas o la inyección letal) y festejar cuando los funcionarios del presidio comunican el deceso del reo.
Lo extraordinario de Bundy es que casi no cumplía con los clásicos estándares del asesino serial: había sido educado en un ambiente normal (más allá de que nunca conoció a su verdadero padre), no sufrió ningún abuso de niño, estaba lejos de ser introvertido, se relacionaba con la gente y era muy inteligente y seductor. Podría haber sido un astuto político o abogado, pero fue un serial killer. Ese lado oculto y siniestro es el que hay que adivinar detrás de su rostro amable, un rostro que fue visto en vivo y en directo por los estadounidenses, porque el juicio de Bundy fue televisado para todo el país, como el de O. J. Simpson. Bundy insistió en no contar con un abogado y defenderse a sí mismo. Tanto se quería. Y tanto lo querían unas cuantas mujeres, que poblaron la sala de la Corte, donde Ted aparecía por una puerta con una sonrisa y una carpeta de papeles bajo el brazo.
Este personaje siniestro y apasionante está presente en el documental dividido en cuatro capítulos Conversaciones con asesinos: Las cintas de Ted Bundy, de Joe Berlinger, recientemente estrenado por Netflix. Berlinger, junto a Bruce Sinofsky, fue nominado al mejor documental largo de los Premios Oscar 2011 por Paradise Lost 3: Purgatory, sobre un sonado caso de asesinato a tres niños en Arkansas, presuntamente por tres adolescentes vinculados a rituales satánicos.
Bundy permaneció once años en el corredor de la muerte, a la espera de que la descarga eléctrica terminara con su existencia. Los periodistas Stephen Michand y Hugh Aynesworth lo entrevistaron durante 15 meses en la prisión, y con ese material, más una buena cantidad de imágenes de archivo y del juicio, Berlinger construye el perfil de la bestia, que siempre se consideró inocente hasta el final de sus días, cuando confesó las brutalidades cometidas. “Muchas veces me siento como un vampiro”, dijo Ted. El mismo Berlinger también es el director de Extremely Wicked, Shockingly Evil and Vile, esta vez una ficción donde Zac Efron hace de Bundy, Lilly Collins de su novia, Jim Parson del fiscal y John Malkovich del juez. La película fue elogiada en el último festival de Sundance y Netflix ya ha comprado los derechos para su exhibición. Pero la plataforma de series y películas también se mostró preocupada por cierta glorificación de este asesino serial, y en particular por los elogios de una parte del público femenino, fascinado con Ted Bundy. En su cuenta de Twitter, Netflix se vio en la necesidad de aclarar que hay muchos hombres agradables que no son asesinos seriales.
El documental de Berlinger deja hablar al propio Bundy y, en particular, a la gran cantidad de material que esta figura ha engendrado. Vemos el efecto de la seducción: ese carilindo no puede haber sido capaz de cometer semejantes atrocidades, reventar cráneos, tener sexo con cadáveres. Incluso, el juez por momentos se rinde a la gracia de Bundy en la Corte y aclara que lo “extrañará”. En contraposición está el testimonio de una mujer que luchó contra el demonio y tuvo la suerte de zafar de sus garras. Bundy, como todo asesino serial, era un lobo solitario, actuaba solo (en el fusca tenía un pasamontañas, cable, esposas, un picahielo y un par de guantes). Y no podía parar. Como él mismo lo declara al ponerse en tercera persona, a pedido de los periodistas que lo están entrevistando, “el asesinato deja a un individuo así de hambriento e insatisfecho, y con el pensamiento irracional de que la próxima vez que lo haga, se sentirá satisfecho. O en la próxima… o en la próxima… o en la próxima…