N° 1866 - 12 al 18 de Mayo de 2016
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáFue un intelectual, poeta, autor teatral y periodista; uno de los primeros “líricos de libro” que, junto a Manuel Ferradás Campos, se acercó al tango.
En 1913 publicó su primer libro de versos, La canción lejana, al que siguieron A la deriva, Gaviotas perdidas, Bajo la Cruz del Sur y Las islas de la inquietud. Sus novelas vinieron luego: Los peregrinos de la espuma y, sugiriendo, tal vez sin saberlo entonces, el título que daría a su vals más famoso: La pulpera de Santa Lucía.
La calidad de su escritura fue elogiada por Raúl González Tuñón, compañero de generación, a quien entusiasmaron los poemas portuarios de este hombre, que además fue un notable periodista del diario La Nación y la revista argentina Caras y Caretas.
Héctor Pedro Blomberg —Buenos Aires, 18 de marzo de 1889-3 de abril de 1955— tuvo un padre, a su vez hijo de un marino noruego, amante de los barcos, y su madre fue Ercilia López, escritora paraguaya y sobrina del mariscal Francisco Solano López, relación que pudo haber dado impulso al interés del autor por la historia, sobre todo en torno a la polémica etapa de Rosas, que expuso con un sentido humanista inédito hasta entonces.
Alto, flaco y silencioso como se le recuerda, Blomberg amó también los viajes, y una anécdota muy conocida define esta faceta de su personalidad: corriendo 1911, caminaba por el puerto y avistó un barco noruego; impulsivo, fue a su casa, preparó apurado una valija y se embarcó.
Volvió dos años después, cargado de experiencias conmovedoras.
Quizás ese amor hereditario por los barcos, el mar y los viajes, haya influido en el trabajo de Blomberg, llevándolo a abrevar en la vida portuaria con ese estilo melancólico y descriptivo que enamoró a Tuñón. Paralelamente, eso se advirtió en sus obras teatrales, entre las que brillan Barcos amarrados, La mulata del Restaurador, La sangre de las guitarras y Los jazmines del ochenta, esta estrenada en el Teatro al Aire por la compañía encabezada por Pascual Pelliccota y Eva Duarte (Evita). Luego lo trasladó a sus relatos radiales, que se iniciaron en Splendid y de los que se recuerdan especialmente El romance radial y Bajo la Santa Federación, que escribió junto a Carlos Viale Paz y fue llevado al cine en 1935 por Daniel Tinayre. Finalmente, dio vida a todas sus canciones.
Blomberg aterrizó en el mundo que parecía menos afín a su formación, de un modo casual. Amigo de Ignacio Corsini, cantor de moda en ese tiempo, este lo vinculó a su guitarrista preferido, Enrique Maciel: la empatía fue inmediata, el poeta mostró sus poemas al músico y el músico creó partituras que valorizaron el vuelo lírico y hasta lo potenciaron, ante la sorpresa y luego alegría de Blomberg. De esta unión nacieron La pulpera de Santa Lucía —obra paradigmática, cuyo contenido no tiene que ver con la ciudad del departamento uruguayo de Canelones, sino con la tradicional parroquia de Buenos Aires que porta ese nombre—, La mazorquera de Montserrat y La que murió en París, tango del que hay una valiosa versión de Alberto Castillo y que fue inspirado en una triste peripecia real: durante un viaje a Europa como corresponsal del diario La Razón, Blomberg fue acompañado por una joven secretaria, Alicia Elsa French; estando en Francia enfermó repentinamente y murió, lo que afectó mucho al poeta.
Hay otras anécdotas sorprendentes en la vida de este especialísimo creador: Gardel jamás le grabó un tango y no por desinterés, sino por el respeto que le tenía a Corsini, a quien definía como “el cantor de Blomberg”.
En 1920 ganó el primer premio del Concurso Municipal de Poesía con A la deriva, quedando en segundo lugar nada menos que Alfonsina Storni; al enterarse, momentos antes de la proclamación, Blomberg dijo:
—No, las damas primero.
El jurado aceptó la sugerencia tan caballeresca y el premio fue para Alfonsina.
Y el inspirado intelectual, como todos, también tuvo su noche “negra”: invitándolo a celebrar el éxito de La pulpera de Santa Lucía, Corsini, junto a dos amigos, lo convocó a un bar cercano al hogar del poeta; bebieron demasiado —sobre todo Blomberg, hombre no habituado al alcohol— y cuando salieron rumbo a su casa, abrazados entre sí para no caerse, llegaron al lugar y tocaron el timbre; al balcón superior salió la dueña de casa y, observando con desagrado aquel amasijo humano, gritó:
—¿Qué quieren ustedes a esta hora?
Del grupo, aún unido por el abrazo, se oyó una voz temerosa:
—Señora…, ¿nos diría cuál de nosotros es Blomberg, para que pueda entrar?