La voz en off de Roberto Suárez invade el recinto. Una máquina humana se ensambla en el centro del estadio. Una gran pantalla cilíndrica proyecta imágenes como una totémica coctelera de íconos de los últimos 500 años. Un gigante blanco entra desmembrado desde las esquinas y se arma al compás del Bolero de Ravel. Juan Campodónico y Komuzi Trío hacen la banda sonora en vivo desde los laterales. María Noel Riccetto deslumbra con una coreografía contemporánea con pinceladas clásicas. La cantante lírica Eiko Senda canta un aria de Puccini dentro de un enorme vestido, con su cabeza a cuatro metros de altura. Pedro Dalton entra en una moto chopper y arrasa el escenario con su vozarrón como un militarizado Tom Waits al mando de un batallón de barrenderos. Gutenberg, de la compañía Coral, primera pieza escénica nacional en el Antel Arena, llenó el estadio (9.000 personas), pero no logró repetir la cohesión narrativa y estética de El Delirio —también de Andrés Varela y Sebastián Bednarik— en el Centenario. A nivel conceptual, Gutenberg resultó demasiado abstracta y fría, muy débil en lo emotivo. Con buenos momentos, como la versión electrónica de Machu Picchu, de Paul Mauriat, aquella cortina de El País. Pero con pasajes muy trillados, como el astronauta alunizando con Así habló Zaratustra, de Richard Strauss (la de 2001). O con números fallidos como el remate del Antel Arena, en las antípodas de la buena comedia. Gutenberg fue un laburo enorme (más de 100 personas), pero resultó bastante pretenciosa y despareja, lejos de lo que prometió.



