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    Es la vida… o nada más

    “12 horas 2 minutos”

    Las historias de vida, cuando están contadas con verdad y sentimiento, siempre resultan emocionantes. Pero el caso de 12 horas 2 minutos es un poco distinto, porque no solamente cuenta historias de vida sino que enfoca el tema desde dos ángulos muy especiales. Primeramente, se trata de un filme documental, así que no está contando una historia imaginada sino algo que verdaderamente ocurrió o que está ocurriendo en ese mismo momento ante los ojos del espectador. Y en segundo término porque la historia de vida que narra es exactamente eso: una vida (o en este caso más de una) que depende totalmente de otra. Más claramente, alguien que no puede sobrevivir sin que la generosidad de un donante termine con la angustia de un corazón a punto de detenerse, de un hígado que ya no funciona, de un riñón inútil que somete al paciente a obligadas diálisis. Vivir, sí, pero ¿hasta cuándo y cómo?

    Mostrar esta temática en un filme destinado a la exhibición pública, no meramente académica, presentaba sus riesgos. El mayor de todos era invocar la compasión hacia seres disminuidos físicamente, con el peligro de bordear la sensiblería por sobre la intención de convocar a la solidaridad o despertar conciencias acerca del problema. Y dentro de todo ello, algo mucho más temible: el hecho de que para que esta gente reciba el órgano vital necesario para desarrollar una actividad normal, es preciso que haya un donante, alguien que voluntariamente acceda a trasplantar sus órganos a otro semejante. En una palabra, tiene que haber alguien que muera para que otra persona pueda vivir. Menudo y delicado tema para ser enfocado con rigor científico, objetividad clínica y comprensión humanística.

    Luis Ara Hermida es un hombre joven que tuvo que sufrir en carne propia la muerte de su madre luego de un trasplante de corazón que resultó insuficiente. Descendiente de una familia vinculada al cine por tres generaciones —su abuelo Horacio Hermida fue gerente de Columbia Pictures durante muchos años y luego de Dispel, que trabaja con material de Warner—, Ara había quedado motivado por aquella tragedia. Y cuando se encontró con Federico Lemos (“El último Carnaval”, 2011), le propuso hacer esta película en conjunto, aprovechando que Lemos podía manejar con solvencia el lenguaje cinematográfico mientras él aportaría la idea y se encargaría de obtener la información.

    El resultado es 12 horas 2 minutos, título que responde al período de tiempo en que un paciente se entera de que hay un donante y se prepara para que se le realice la operación de trasplante de corazón por un equipo especializado. Pero no se trata solamente de mostrar esa circunstancia. Antes hay que conocer a Juan Machado, un hombre de Tacuarembó que tenía 36 años cuando su corazón se deterioró al punto de funcionar al 8% de su capacidad, lo que le dejaba apenas tres meses de vida. Estaba en el primer lugar de aspirantes a trasplantes en cuanto apareciera un donante compatible. Junto a su historia real y por cierto conmovedora, se muestran otras que al principio no parecen tener conexión entre sí pero que luego cerrarán coherentemente el círculo.

    Una de ellas se refiere a Sergio, quien gracias a un trasplante de hígado es hoy un ciclista capaz de competir en el mundial de su categoría en Gotemburgo. Otro caso es el de Luis, quien tras años de diálisis recibió un riñón y hoy trabaja sin problemas en su bote como pescador artesanal. Y también Fermín, un hombre de campo de 70 años que maneja su tractor y realiza sus tareas luego de un trasplante de corazón que le efectuaron hace cuatro años. Esos casos de gente tan sencilla como entrañable sirven para reafirmar que el drama de Juan puede tener un final feliz si se produce algo que se aguarda como un milagro. Aunque las esperas no siempre tienen buen resultado: el informe del Fondo Nacional de Trasplantes dice que el 50% de los aspirantes muere antes de recibir el órgano de un donante.

    La película está muy bien armada y alterna las imágenes de esos cuatro personajes, unos felices y el otro en la tensa espera. Pero hay otros dos casos que aparecen allí sin vinculación aparente, como la del encargado de mantenimiento de la sala principal del Sodre y la del otro padre que se encarga solícitamente de su pequeña hija. A su debido tiempo se sabrá qué rol cumplen en la trama, pero ambos son personajes reales que resultan convicentes y por momentos conmovedores. Todos ellos han contribuido en la realización de un filme concientizador y necesario, pues hoy se sabe que el año que viene entrará en vigencia una ley que dispone la donación espontánea de órganos, salvo decisión en contrario, algo que evitará seguramente las angustiosas esperas de gente que lucha por su vida. Si este filme ha contribuido a ello, bien por él. Tiene méritos suficientes como para ser visto con la debida atención y ciertamente agudizará la sensibilidad de mucha gente, porque es un trabajo tan valioso como estupendamente realizado.