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    Escalones hacia el futuro

    Columnista de Búsqueda

    A veces los libros nos hablan de cosas que no existen y a veces de cosas que sí. Algunos hablan de cosas que existen pero no logramos ver. Ese es el caso de Líneas quebradas. Escaleras de Uruguay, libro que acaban de publicar el fotógrafo Leo Barizzoni y la periodista Carolina Villamonte. ¿Por qué habla de cosas que existen pero no vemos o no percibimos? Porque el libro va sobre escaleras, esos espacios que por definición son de tránsito entre un punto y otro. O, más precisamente, entre un nivel y otro. Pocas veces prestamos atención a la escalera que nos lleva desde el nivel 1 al nivel 2. Salvo, claro, que sean únicas y bellas como las que se reseñan en este trabajo.

    Lo primero que llama la atención es el recorte que propone el libro. Es como si uno se desayunara de que esas escaleras maravillosas están allí, ocultas a pleno sol, y que nadie se había dignado a ponerles un ojo. Es de agradecer que en este caso el ojo sea el de Barizzoni, excelente fotógrafo periodístico quien llegado cierto punto se dio cuenta de que, por razones laborales, tenía un buen puñado de fotos de escaleras. Barizzoni también se dio cuenta de que no abundaban los libros con esas fotografías y que, si lograba encontrar quien fuera capaz de narrar la historia y las particularidades de esas escaleras, ese libro podía ser una realidad.

    Barizzoni contactó a su colega Villamonte, con quien había trabajado numerosos artículos para la revista galería y a quien consideró ideal para la tarea. Y, efectivamente, así fue: en los interesantes textos que acompañan las fotos, la periodista muestra su capacidad de encontrar y exponer un conjunto de datos relevantes sin caer en aburridos academicismos. Al contrario, la información técnica se articula de manera dinámica con el anecdotario que cada una de las obras tiene detrás y logra una suerte de fresco informativo que termina de darles a las fotografías un contexto que justifica de manera sobrada la selección.

    También llama la atención la riqueza y variedad de material que el libro expone. Y eso lo deja a uno pensando sobre qué tan profunda es nuestra incapacidad colectiva para construir patrimonio. Me explico: el que varias de estas escaleras se encuentren en edificios protegidos no dice gran cosa sobre nuestra capacidad de apropiarnos como colectivo de ese patrimonio. Sí, los edificios están allí y no pueden ser alterados, pero esa es solo la parte “defensiva” de la concepción de patrimonio. Esto es: apenas atinamos (y no siempre) a evitar su destrucción, pero estamos lejos de sentirlos como parte de una trama, esa que comienza en el pasado y llega hasta el presente, hasta quienes hoy somos, en buena medida precisamente gracias a ese pasado.

    Patrimonio no es simplemente cuidar unas construcciones viejas porque son valiosas desde algún punto de vista técnico. Sí, pero no solo. En la medida en que esas casas viejas cuenten nuestra historia común, nuestros pasos colectivos a lo largo del tiempo, dejarán de ser solo casas viejas y pasarán a ser lo que realmente son: parte viva de nuestro presente. Y parte fundamental de las pistas que nos llevarán hacia el futuro.

    Es llamativo entonces que a nadie de quienes están en los ámbitos destinados a preservar el patrimonio o a promover el turismo (en lo nacional o municipal) se le haya ocurrido una “ruta de las escaleras maravillosas” o algo parecido. Especialmente en un país en donde el turismo playero dura un par de meses en el mejor de los casos. Ese “turismo cultural” al que tanto jugo le viene sacando Barcelona desde hace ya muchas décadas, sin por eso dejar de ser un destino de verano para muchos turistas de todo el mundo.

    Obviamente, Montevideo no es Barcelona. Pero, a la luz de este libro, no es menos obvio que hay material más que suficiente y relevante para imaginar esas tramas culturales que combinan lo patrimonial y lo turístico sin complejos, con una visión colectiva del futuro.

    La selección de escaleras no podía ser más elocuente en ese sentido. Allí aparecen ejemplos esplendorosos de la riqueza de otros tiempos, como las luminosas y amplias escaleras del Club Uruguay o del Argentino Hotel. Pero también ejemplos radicales de funcionalismo en su versión más mínima y, al mismo tiempo, expresiva, como la escalera del Instituto de Computación de la Facultad de Ingeniería. O las muy blancas del Antel Arena. También ejemplos de extrañeza y abandono, como la del Mirador del Sauce de Portezuelo. Y si hablamos de abandono en su versión más exasperante y absurda, allí están las majestuosas escaleras de la Estación Central de AFE, dejadas a su suerte como el resto del edificio, por todas las autoridades desde hace décadas.

    Entre las interesantes reflexiones sociológicas que aparecen en los textos, está el carácter monumental que muchas veces tienen las escaleras. En los edificios lujosos que frecuentaba la alta burguesía uruguaya de hace un siglo, la escalera no era solo un lugar de paso, sino el espacio en donde uno veía a otros desde lo alto o se era visto, con la correspondiente carga de estatus social expresada por un marco majestuoso.

    El carácter de conexión entre planos y niveles, característica funcional esencial de la escalera, puede actuar también sobre distintos ejes. Por ejemplo, en la del Panteón Bancario del Cementerio del Norte, con su pasaje entre dos niveles, esa funcionalidad parece estar conectando el plano de la vida y el de la muerte.

    La cuidada edición de Líneas quebradas se completa con un bello prólogo del fotógrafo y maestro de fotógrafos Panta Astiazarán, así como con una completa descripción de las partes de la escalera y sus significados en terrenos de la arquitectura y de la sociología, en un muy rico texto de Villamonte, profuso en información y conceptos rescatados de muy diversas y contrastadas fuentes.

    Funciona muy bien (y esto seguramente es mérito de Mardulce Editora) que cada uno de esos textos introductorios sean librillos de menor tamaño que se integran dentro del libro mayor, como una suerte de breviarios que introducen al lector en la materia y lo preparan para las formidables geometrías que proponen las fotos de Barizzoni. Por cierto, el libro es resultado directo de la existencia de los Fondos Concursables del MEC, una forma de darle viabilidad a productos que si dependieran exclusivamente de las dinámicas del mercado pasarían tan desapercibidos como las escaleras que reúne el libro.

    Ojalá en algún momento logremos como sociedad imaginar el patrimonio como una visión de futuro y no como el simple cuidado de cosas viejas y sin conexión. Cuando llegue ese momento quizá logremos imaginar un puñado de libros como este y tengamos uno sobre patios interiores del Uruguay, otro sobre claustros de la Banda Oriental y uno sobre fachadas del art decó montevideano, acompañados de sus respectivos recorridos turísticos y culturales. Quizá entonces logremos percibir de forma más contundente que el pasado está en nosotros siempre y que, nos lo parezca o no, siempre estamos parados sobre los hombros de los gigantes que nos precedieron. Mientras eso no ocurra, serán libros como Líneas quebradas los que sirvan para recordarnos quiénes somos, de qué lugares bellos venimos y, sobre todo, qué escaleras queremos subir colectivamente en el futuro.

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