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    Escritor por naturaleza

    La conversación se enmarca entre dos libros. Uno fue publicado en julio de 2021 y el otro en octubre de este año. Son dos libros, uno de cuentos, otro de fábulas, que comparten autor y también la presencia de animales en sus portadas. El de cuentos tiene un gran lobo reposando y cobijando a una cazadora arrepentida, mientras que el de fábulas exhibe un conejo dandi andando en monopatín sobre sus dos patas. Ambos fueron escritos por Martín Otheguy (1978), hombre de intereses múltiples.

    El afán por la imaginación, una devoción al humor y un interés contagioso por la naturaleza conviven en el trabajo del periodista, guionista y director de la publicación infantil Gigantes, publicada por la diaria.

    Desde 2015 en adelante Otheguy fue puliendo, además, el oficio de la escritura de ficción. En retrospectiva, y con múltiples libros ya bajo su brazo, la llegada y exploración de Otheguy en el terreno de la literatura puede catalogarse como un suceso inevitable. Entre sus terrenos ya conquistados se encuentran la literatura infantil y juvenil, la fantástica, la humorística y la divulgación científica.

    “Reconocerme como escritor me cuesta todavía”, confiesa el autor en conversación con Búsqueda. “Me resulta una palabra muy grande. Me costó bastante al comienzo. Hay algo en el pathos del escritor, donde tiene que haber cierta pulsión, tendencia o angustia que te lleva a volcar las cosas en un texto. No siempre me pasa. Sí reconozco que me gusta estar escribiendo siempre”.

    Admite, también, que lo prolífico que ha sido en la última década ya es más que motivo suficiente para asumir, de una vez por todas, el mote.

    Como resultado de ese ritmo, en el último año Otheguy publicó el libro de cuentos El invierno es un lobo que viene del norte (Fin de Siglo), segundo premio en la categoría Literatura infantil y juvenil de los Premios Nacionales de Literatura. Más recientemente Fabuloso: fábulas modernas para adultos confundidos, obra publicada por la editorial Tajante.

    Según explica el autor, El invierno… fue concebido para encontrar un atractivo más abarcativo a la obra infantil. En su combinación de realidad y fantasía y con un aire evocativo, tiene a los jóvenes como sus lectores ideales. Es, de acuerdo a la definición del escritor, la clase de libro que hubiese leído, y disfrutado, como adolescente.

    “Lo que intenté hacer fue encontrar esa sensación, ese estado de ánimo particular que tenía yo cuando leía libros de adolescente”, explica. “Como todas las emociones a flor de piel de ese momento, se va perdiendo un poco. Intenté recapturar esa clase de sentimiento que me producían los libros a mí. A veces siento ecos de eso pero me cuesta volver a sentirme así. Es algo que añoro”.

    En el proceso de edición, algunos cuentos fueron removidos de la propuesta original y con los eliminados el libro terminó de despojarse de un tono más infantil para así madurar hacia una lectura orientada a un perfil adolescente e incluso adulto.

    Otheguy no tiene tapujos a la hora de reconocer, por ejemplo, que intentó concebir un cuento de terror a lo Roald Dahl, autor de, entre otros, Matilda. “Evidentemente no me salió”, bromea.

    Aceptando entregarse a escribir bajo un mayor “vuelo poético”, Otheguy inaugura su conjunto de cuentos con el que le da título al libro y la llegada a un mundo fantástico.

    “Si aquella tierra tuvo alguna vez un nombre, se perdió con el tiempo, que tiene por costumbre borrar con su mano blanca lo que va dejando atrás. Para evitarlo, se cantan canciones, se escriben libros o se cuentan cuentos, pero como la memoria es frágil y tramposa, las historias suelen convertirse en leyendas mal recordadas”, escribió.

    Los recuerdos forman parte de la columna vertebral del libro, son como puntapiés narrativos de historias ancladas en las experiencias cotidianas del autor y trasladadas a la ficción de la mano de una pregunta que ha llevado a narradores por incontables destinos: “¿Qué pasaría si…?”.

    Un ejemplo de ello es el relato La foto perdida de mi abuelo. En él, el protagonista regresa a una tienda de fotografías viejas en una feria que visitaba con su abuelo y se topa con una fotografía del anciano que desconocía por completo. Otheguy no encontró una imagen de su antepasado en la vía pública, pero una foto de origen desconocido hallada por las calles de Montevideo fue motivo suficiente para dejar correr la imaginación.

    Otro caso similar es el de un hombre que el autor ha visto, religiosamente año a año, caminar por las playas de un balneario de la costa uruguaya. Nunca acompañado, nunca quieto, siempre marchando. En el transeúnte playero, que se hace presente tanto en julio como en enero, Otheguy ve una interrogante. Es, como otros de los textos en el libro, un misterio que le interesa explorar.

    Otheguy encuentra en la escritura de ficción y en su trabajo como periodista la dualidad inevitable que toda hoja en blanco presenta ante quien se atreva a llenarla. Es un proceso que encuentra placentero y también sufrido y al que define como una fase “depresiva-maníaca” que atraviesa al momento de escribir. “Sentirse un campeón y remar en dulce de leche. Voy alternando entre esas dos sensaciones”.

    Aún en este punto de su carrera no se aferra a un método o ritual de escritura predeterminado. Cuando suceden “los arranques”, se entrega a ellos. La supresión de Internet ayuda en la concentración, así como el silenciado de todo servicio de mensajería. Para escribir ficción debe recurrir un poco al aislamiento.

    No tiene una tipografía predilecta y no es fanático de escribir diálogos. Afirma incluso padecerlos y sentir envidia por aquellos a quienes le salen de manera más instintiva. Sí disfruta de crear ambientaciones bajo una voz narrativa que entiende es “de cronista”.

    “Cuando encuentro esa voz narrativa para lo que quiero escribir, en especial en ficción, me resulta más fácil incluso si todavía no tengo una idea del argumento. Más que describir un entorno, me interesa ver qué sensaciones o emociones me genera un paisaje o una forma determinada y me lleva a algo más evocativo, más parecido a lo que yo leía de joven”.

    Animales.

    De uno de esos arranques de escritura surgió Fabuloso. El libro apareció durante la pandemia y fue escrito a lo largo de dos meses. No se trató de su primera incursión en el mundo de las fábulas. Otheguy carga hoy con un historial teórico sobre este género de relatos popularmente protagonizados por animales y con enseñanzas en forma de moraleja. Su conocimiento fue alimentado en parte gracias a la lectura y el análisis de las fábulas de Esopo, el escritor griego al que se le atribuyen cientos de esos textos.

    El interés por los animales de Otheguy lo ha demostrado en su labor periodística y en su labor de divulgación científica. Pero entre otros rasgos que lo llevaron a la escritura de Fabuloso se encuentran, según explica, una intención en modernizar el género, así como las reglas bajo las que se restringe la propia escritura y que abarcan desde la extensión de los textos, una prosa que abogue por la sencillez hasta la presencia infaltable, al final de cada texto, de una moraleja.

    Fabuloso resulta una obra entrañablemente anacrónica por momentos y ácidamente contemporánea por otros. La extensión de los textos resulta ideal para el consumo voraz que hoy se hace por todo lo que sea breve, mientras que varias de las animaladas aquí imaginadas pueden reunirse en un espejo en el cual no solo reflejarse, sino también reírse a carcajadas. “Me interesaba no perder el sentido de crueldad y humor de las fábulas. Me divirtió escribirlo incluso sin saber si alguien lo publicaría”.

    La publicación llegó de la mano de la editorial independiente Tajante, liderada por Mateo Arizcorreta y Diego Ruiz. Su catálogo, que tiene el fútbol y el humor como dos vertientes exploradas en libros cuyas propuestas no se repiten entre sí, suma a Fabuloso como un coqueto ejemplar de bolsillo pronto para repartir sus enseñanzas para la vida en quien se tope con su macanuda tapa de color rosado.

    Sin adelantar las historias que las provocaron, estas son algunas moralejas concebidas dentro de la obra: “Ya sea en la selva o en pleno cemento, mejor una casa que un apartamento”; “Ya lo dijo un accionista, no faltan melenas sino financista”; “En el futuro, le dijo un palito a una rama, todos tendrán quince minutos de flama”.

    Vale aclarar que la construcción de estas lecciones en rima fue una obligación autoimpuesta por el autor. Sí se ve, a lo largo de las moralejas y en los textos que las preceden, un talento para llevar las situaciones del mundo adulto, fácilmente reconocibles, a textos mordaces repletos de humor e ironía y un encanto por el género que las envuelve.

    El contacto entre el autor y el mundo animal se ha visto de forma permanente en el trabajo periodístico que Otheguy realiza en la diaria y que le ha servido para inspirarse para los personajes de Fabuloso, que llevan solo su nombre de animal.

    En esa línea, el escritor adelantó que se encuentra trabajando en una segunda parte de Mañana es tarde, libro publicado por Ediciones B en 2017 sobre la fauna amenazada en Uruguay. Entre otras cosas, ese trabajo lo llevó recientemente al norte de Uruguay en búsqueda de un puma. Saldrá por Penguin Random House a mediados de 2023. En el horizonte también hay un libro de fantasía inspirado en los cuentos de hadas.

    “Hice algo que no es muy original y que me daba curiosidad al dar vuelta varios de los estereotipos en esos relatos fantásticos”, revela. La obra tratará sobre un conde tiránico que dejó de soñar. Se le ocurrió, confiesa, tras ver un discurso de Donald Trump y asombrarse por su esfuerzo en jamás reconocer un error en su oratoria, incluso inventando nuevas palabras dentro del inglés. “Es un buen atributo para un villano de un libro”, señala. “Tiene tanto poder que cuando se equivoca en las palabras hay que tomarlas como la nueva realidad”.

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