N° 2025 - 20 al 26 de Junio de 2019
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acá“Muchos miran al empresario como al lobo que hay que abatir. Otros lo miran como la vaca a la que hay que ordeñar. Pero muy pocos lo miran como al caballo que tira del carro”. Sir Winston Churchill.
Los que tiran del carro; los que arriesgan su propio dinero para llevar sus ideas adelante; los que crean riqueza genuina; los que innovan; los que pagan impuestos para que el Estado funcione; los que crean empleos y oportunidades para aquellos que no saben crearse las propias… ellos, los empresarios, hace pocos días presentaron sus propuestas para el próximo período de gobierno.
¿Y por qué hay que escucharlos? Por todo lo anterior y además, porque el empresario está un paso adelante del político, del burócrata o del sindicalista. No porque sean más inteligentes o astutos. Es simplemente porque ellos captan las señales del mercado mucho antes que el resto. Porque están allí, en el ojo de la tormenta. Siempre.
Sin embargo, pocos los escuchan. Humildemente creo que esto obedece a dos principales razones. Primero, porque comunican mal. Los dirigentes empresariales pueden ser excelentes empresarios, comprometidos gremialistas, mejores personas y ciudadanos ejemplares, pero se comunican muy mal con Juan Pueblo. El segundo elemento es la mala imagen que se tiene del empresario en general. Por eso, todo lo que provenga de ellos será mirado con desconfianza. Mientras Juan Pueblo no comprenda y sienta empatía por la actividad empresarial, ningún político va a defender sus propuestas.
Hace muy pocos días, la Confederación de Cámaras Empresariales presentó en público una serie de Propuestas para implementar en el próximo período de gobierno1, precedidas de un serio análisis realizado por Sebastián Pérez, asesor económico de la Cámara de Industrias del Uruguay.
Allí reclaman cosas tan obvias que asusta el solo hecho de que tengan que plantearlas, como ser: terminar con los monopolios estatales; reducir el tamaño del Estado; poner personas idóneas para gestionarlo y evaluar su desempeño; flexibilizar las regulaciones laborales (para fomentar la contratación de empleados y no para “explotarlos”); eliminar regulaciones burocráticas (que hacen perder tiempo sin agregar valor alguno); ponerle tope al gasto público; reducir impuestos; firmar acuerdos comerciales con el mundo (para que nuestros productos ingresen con menos trabas); invertir en infraestructura; y facilitar la creación de empresas como manera de generar más inversión y más empleo.
Lamentablemente, la sociedad está muy lejos de entender la conveniencia de estos cambios. Por lo tanto, no basta con preparar documentos técnicos y difundirlos en conferencias de prensa. Para cambiar el pensamiento dominante hay que llegar de una manera mucho más “llana” a las masas. Cada empresario debería hablar “mano a mano” con su gente y explicarle cada reclamo. Hay que poner carteles en las empresas con los grandes temas a debatir, difundir las buenas prácticas globales, explicar cómo funciona el negocio y las tendencias que lo amenazan. Habrá que usar dibujos, textos breves y ejemplos claros.
Y por sobre todas las cosas hay que difundir las historias reales que hay detrás de todo emprendimiento. Hay que escuchar los testimonios de los emprendedores que lo hicieron posible. Juan Pueblo tiene que entender lo difícil que es emprender, las esperanzas y desesperanzas que hay detrás de cada proyecto, las angustias propias y familiares ante cada préstamo tomado o ante cada pagaré firmado.
En definitiva, hay que mostrar el lado humano y productivo de esa persona que todos los días levanta la cortina para producir, cultivar, fabricar o servir. No es un lobo al que hay que abatir. Ni una vaca a la que hay que ordeñar. Es un caballo que tira del carro. Y hay que escucharlos.