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    Ese café inmortal

    Escribió Baldomero Fernández Moreno en un recordado poema: —¡Cuántas veces,/ oh padre, habrás venido/ de tus graves negocios fatigado,/ a fumar un habano perfumado/ y a jugar al tresillo consabido!

    Sin embargo, y es curioso, al café más antiguo e importante para la cultura de las dos capitales del Río de la Plata —sede de peñas literarias, visitado por artistas y personajes— se le escribió un solo tango, letra de Héctor Negro y música de Eladia Blázquez: —Se me hace que el palco llovizna recuerdos,/ que allá en la avenida se asoman, tal vez,/ bohemios de antaño y que están volviendo/ aquellos baluartes del viejo café.

    Es Viejo Tortoni, un tema poco transitado por los cantantes y del que hay hermosas grabaciones de Susana Rinaldi y de Rubén Juárez.

    El Café Tortoni abrió sus puertas en Buenos Aires en 1858, fundado por el francés Jean Touan: su nombre emulaba al Tortoni de París y al principio estuvo en Esmeralda y Rivadavia, a metros del Hotel Francés y del Hospital de Mujeres; en ese sitio quedó hasta mediados de la década de 1890, cuando pasó a manos del vasco Celestino Curutchet y se mudó a Rivadavia al 800. Fue por poco tiempo, ya que antes de terminar el siglo XIX pasó a la avenida de Mayo y Rivadavia, cerca de la Casa Rosada y del Congreso de la Nación.

    El Tortoni ofrecía entonces mesas brillantes, sillas con apoyabrazos, mesas de billar y de juegos y hasta una barbería. Incluso estaban los diarios del día a disposición de los clientes, como una incitación más a un tipo de sociabilidad culta, muy diferente a la de los cafés de barrio o del arrabal, donde por entonces, musicalmente, el tango iniciaba su reinado.

    A principios de la década de 1920 el dueño del Tortoni, con más de noventa años encima, promovió, junto a un grupo de jóvenes artistas, una peña, cuyo principal sostén fue el pintor Benito Quinquela Martín, junto a figuras de la poesía y la música popular como Héctor Pedro Blomberg, Juan de Dios Filiberto y luego el joven Enrique Santos Discépolo, cuyas resonancias, aunque suene a exceso sentimental, aún perfuman su ambiente. Allí recitaba Alfonsina Storni; allí Roberto Arlt leyó su primer cuento; allí estrenó Filiberto su orquesta inicial; allí fueron visitantes Juana de Ibarbourou, Arturo Rubinstein, José Ortega y Gasset, Jorge Luis Borges, Ernesto Sábato, Petit de Murat, Luigi Pirandello —a quien Gardel dedicó un tango, luego de que el italiano dictara en el subsuelo del lugar, llamado “la bodega”, una conferencia—, Federico García Lorca y el mismísimo Albert Einstein; allí nacieron, en años más cercanos y con el empuje de Abelardo Castillo, Isidoro Blastein, Ricardo Piglia y Liliana Hacker, tres revistas emblemáticas, El grillo de papel, El escarabajo de oro y El ornitorrinco; allí Gardel tuvo su mesa personal, sobre el costado derecho del café, junto a la ventana que da a Rivadavia.

    Fallecido Curutchet, en 1926 el café cambió de manos, pero tanto la peña como el resto de las actividades se mantuvieron. Más tarde, con la llegada de su actual dueño, Roberto Fanego, el Tortoni agregó a la peña otros rincones, notoriamente vinculados al pasado, que revitalizaron su incentivo cultural y lo amigaron, más estrechamente, con el tango; por ello la actuación frecuente de la Rinaldi, Guillermo Fernández y —hasta su muerte— Ruben Juárez, Eladia Blázquez y el Polaco Goyeneche.

    Hoy, en el histórico establecimiento sobrevive la peña y se han agregado la Asociación de Amigos del Café Tortoni y el Círculo de Poetas Lunfardos, cuyo presidente honorario es don José Gobello. La Bodega —el subsuelo— es el escenario para figuras del tango y del jazz y desde ahí —durante varios años— Alejandro Dolina transmitió su programa radial La venganza será terrible; conmovido por la tragedia de Cromagnon, Dolina decidió trasladar esta actividad al cercano Hotel Bauen. Se han agregado, además, la biblioteca César Tiempo en el antiguo espacio de la barbería, una sala de charlas al fondo con el nombre de Alfonsina Storni y se exhibe, a tamaño natural, la escultura que une las figuras de Gardel, Borges y la propia poetisa de trágico final.

    Horacio Ferrer lanzó a este café inmortal, cual hojas de jazmines al viento, estos versos: —Por lo que Tortoni es, ¡y será!/ y fue/ melancólicamente,/ le tiendo un invisible puente/ —romántico y porteño/ y bien demente— a la gente linda/ de la mesa de al lado/ y les voleo mi corazón/ piantao/ y me bebo otra canción,/ otro sueño,/ otro café.