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    Esférico

    De lejos, se ve una pelota. Está en el aire, suspendida en un tiempo casi mítico. Es una pelota de fútbol, evidentemente. Es de una estética pulcra a pesar de sus referencias tan obvias, blanca, a poca altura del piso. A la izquierda, un chico con los brazos delante del cuerpo, pronto para recibir el impacto. Detrás, un arco de palos finos, improvisado, sin red. El chico es morocho, no tiene guantes de golero, ni siquiera tiene indumentaria apropiada para jugar. La pelota está en el aire, a punto de desaparecer en un viaje de aceleración imposible de prever. El cuadro se completa con un cerco de arbustos mal cortados, como el piso de la cancha, un poste alto, una larga hilera de hilos de electricidad y una casa de paredes malformadas, techo de tejas en las que faltan más de las que aparecen.

    La foto es en blanco y negro, el cielo nublado, una palmera delata el viento, en dirección contraria a la que supuestamente lleva la pelota. Una pierna también quedó en el aire, en aparente inercia luego del zapatazo. Una foto, apenas, pero también una mirada diferente al mundo del fútbol. Es una entre casi ochenta fotos de Leonardo Barizzoni (Montevideo, 1971), en una muestra recién inaugurada en la Fotogalería a Cielo Abierto del Parque Rodó. Son todas en blanco y negro, todas en torno al fútbol, a una pelota, a cientos, a miles que el autor retrató en viajes, en diferentes momentos de su vida y de su tarea permanente como periodista, como fotógrafo. Hay fotos de París, de Nueva York, de Buenos Aires, de Salta. Y varias de Uruguay, entre Montevideo, Carmelo y Las Flores. Quien conoce a Barizzoni sabe que hay allí un trayecto vital muy personal, imágenes de un lugar de veraneo, de una ciudad que lo enlaza a sus raíces, un pueblo del interior que lo acerca a su padre, al popular y recordado Cacho Barizzoni, comentarista de larga trayectoria y de notable humor. Podría ser un viaje interminable a través de una afición, de una elección puramente primaria, básica, de intensas emociones personales, desde su amor por el fútbol y su buen pie para jugar muy bien y llegar lejos, hasta donde quiso por propia decisión.

    Pero hay más, por suerte. Una salida a otros extraños y sugerentes mundos, donde la pelota es un simple pretexto para exponer con excelente calidad un trayecto mucho más misterioso que el evidente, más profundo, más inquietante. Es una muestra sobre la soledad, la pobreza, la ciudad vacía, la vanidad, la comunicación, el desatino mediático en que vivimos, ciertos gestos irracionales, cierta fuerza vital que transforma cada vez más el fútbol en una manera de estar en el mundo. Hay pequeños indicios de estas y otras visiones en la exposición, que es absolutamente simple y bella, tal vez porque logra como pocas veces detener el tiempo de juego en un momento imposible, en una fracción de vida casi impensable, salvo cuando uno logra verla a través de los ojos de un artista.

    Detener el juego, una de las luchas permanentes del ser humano, desde antes y después de la fotografía. Pero detenerlo en un punto novedoso, en el instante donde todo puede suceder, incluso lo impensado. Como en el fútbol. El autor deja la sospecha en el aire. Todo puede cambiar, incluso la trayectoria de esa pelota a medio camino entre dos niños, en medio de un viento fuerte que les exige pelear, darle duro, cubrirse con las manos delante del pecho, a pie firme, en un contexto desfavorable.

    Hay fotos de lugares reconocibles y gente jugando en espacios insólitos. Hay fotos de niños y razas diferentes. Pero sobre todo, hay fotos de pelotas suspendidas, de arcos desnudos, de esqueletos de arcos en medio de la nada o con un río de fondo, sin balón ni jugadores. Es parte de la cosa, a punto de empezar todo de nuevo, desde el inicio de ese tiempo detenido. Una muestra sobre el amor al fútbol, oportunamente, más allá del fútbol.

    “Fútbol”, de Leo Barizzoni. En Fotogalería del Parque Rodó. Hasta el 26 de marzo.