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    Fantasía a pedal

    En la fila, junto al Lago del Parque Rodó, hay tantos adultos como niños. Del otro lado de la reja, en el muelle, 25 embarcaciones a pedal esperan a los tripulantes. Van a navegar y van a ver Kodama, el espectáculo nocturno a cielo abierto que se estrenó en noviembre y que desde mediados de enero agota todas las funciones. Uno a uno, los espectadores suben a las lanchitas, en las que entra un máximo de cuatro personas. Dos pedalean y dos, por lo general niños, disfrutan del paseo. Mientras se completa la platea flotante, un payaso da las indicaciones sobre la seguridad a bordo y cómo circular para que el pelotón avance en forma armoniosa. Luego de unos minutos, Cosimo, nuestro guía, se hace presente con su radiante bicicleta acuática y, megáfono en mano, comienza a contar la historia mientras abre el camino desparramando una estela de agua y espuma detrás.

    Durante los siguientes 55 minutos vemos un espectáculo de teatro nocturno con las islas del lago como escenario. Los espectadores ubicados en los asientos delanteros pedalean el equivalente a unos diez quilómetros en bicicleta. Teatro con beneficio cardiovascular. La propuesta es muy sencilla: no es más que un desfile acuático que abarca todo el lago, en el que una galería de seres espectrales protagoniza escenas breves que son articuladas con transiciones muy fluidas, orgánicas. Uno tras otro, se dejan ver entre la penumbra Inua, la niña que vuela, Bilitti, la niña que juega con pelotitas, Abar el dragón y Aoki, el niño gigante. Un muñeco en cada isla. Todos de entre dos y cinco metros de altura. Todos vestidos con telas coloridas e iluminados desde varios ángulos. Cada uno con una pequeña historia que lo presenta. Cada uno con un equipo de seis manipuladores de mamelucos negros que van y vienen entre las islas, remando discretamente en pequeños botes, lejos de la mirada del público. Cada isla es un pequeño campamento donde además de los muñecos gigantes están los telones, las luces con sus soportes y un espacio de utilería, alejado de los focos.

    La mirada se dirige hacia los engendros que habitan los islotes pero también el espectáculo está en el agua, en la gracia del pedaleo colectivo, en el modo de ahorrar energía para no sufrir la pedaleada, en los embotellamientos que inevitablemente suceden en los pasajes más angostos del lago, en evitar empantanarse entre los camalotes, en tomar una foto de una garza o una lechuza que se dejan ver en una rama, en las avivadas de quienes pasan lanchitas por izquierda o derecha para avanzar y ganar un lugar más cerca del guía. La experiencia presencial es radicalmente distinta a la de cualquier otra función y el espacio público se resignifica como espacio escénico de un modo inédito. Todo esto lo vuelve una opción altamente recomendable para el público infantil, pero también para los adultos, proveedores con sus piernas del disfrute de sus pequeños.

    Por más que el nombre del espectáculo abra el misterio sobre qué tendrá que ver un espectáculo de muñecos en el lago de un parque público con la viuda de Borges, Martín López Romanelli, director de la Compañía Romanelli y autor de Kodama, despeja la duda de inmediato. El artista oriundo de Canelones, que hace más de 20 años hace punta en el teatro negro en Uruguay, con elencos que recorrieron la región y el mundo como Bosquimanos Koryak y Pampinak Teatro, contó a Búsqueda que el nombre proviene de su adoración por el cine del japonés Hayao Miyazaki. En Mi vecino Totoro, uno de sus maravillosos filmes, hay unos pequeños seres fantasmales llamados kodamas, nombre que lo inspiró para esta puesta en escena.

    Pocas semanas después del inicio de la pandemia, con una buena parte de la población confinada voluntariamente en sus hogares, la troupe de López Romanelli se lanzó a las calles en forma discreta, sin hacer difusión, con el proyecto Teatro en la ventana, que consistió en pequeñas y efímeras puestas en escena frente a grandes bloques de apartamentos primero y en los patios de las cooperativas de vivienda después. El motor fueron las ganas de darle algo de arte presencial a la población, ante el cierre total de las salas. Querían “acompañar a los niños y a los abuelos, que eran los que peor la estaban pasando”, y darles a los pequeños una opción distinta a las pantallas, “aunque fuera por un ratito”.

    Lo recuerda como una experiencia humana muy enriquecedora y liberadora: “Para nosotros fue como un operativo comando: cargar el camión, caer de sorpresa, hacer un numerito de siete minutos para cuidar que la gente no llegara ni a salir de sus apartamentos, despertar algunas sonrisas y seguir viaje”. Agrega que la experiencia fue “conmovedora” y les permitió volver a sus raíces, al teatro de calle. “Todos venimos de ahí. Cuando sos chico, en Uruguay se te complica mucho llegar a los números para estar en una sala, entonces mi juventud fue actuar en Plaza Cagancha, en las ferias, los veranos en las calles de Punta del Este y después a Punta del Diablo”.

    López Romanelli cree que, ya previo a la pandemia, el teatro de calle venía muy deprimido, tanto por la alta exigencia de permisos oficiales como por la, a su entender, escasa valoración del género por parte del público uruguayo. “En otros países donde he estado la gente valora y apoya lo que se hace en la calle. Acá te dan una moneda de cinco pesos como si fuera una cosa bárbara (ríe)”.

    Antes de la llegada del coronavirus, la compañía venía trabajando en la idea de hacer un ciclo al aire libre, en un circuito de parques montevideanos, basado en una serie de muñecos gigantes, habitantes de los parques, que enviarían cartas de un parque al otro y el correo serían los niños del público. Durante el invierno, con esa idea en mente, comenzó a recorrer el lago y a visualizar una posible puesta en escena. Un detalle decisivo fue que Mundo Pedal, la firma concesionaria del alquiler de lanchitas, ya tenía el protocolo sanitario aprobado, por lo que, con el renglón burocrático resuelto y el apoyo de la empresa para explorar el espacio y comenzar a ensayar, se tiraron al agua. “Lo de los gigantes de los parques ya lo vamos a hacer”, aclara.

    Luego de pasar los últimos 20 años dentro de los teatros, López Romanelli y sus titiriteros en las sombras están fascinados con trabajar al aire libre, con todos los cuidados sanitarios para el público y los artistas. En las islas del lago se han maravillado con las especies de aves que allí viven y la gran variedad de peces que nadan en sus aguas verdosas. Trabajar largas jornadas en botes tiene sus riesgos. “Me caí de trompa al agua y el lago ya se tragó tres celulares”. El elenco ha sido testigo de escenas inesperadas, como ver a una pata perder a sus patitos en las garras de un aguilucho o un par de búhos que, implacables, hicieron valer su supremacía biológica.

    El público ha respondido muy bien, agotando todas las funciones previstas, los viernes y sábados hasta fin de febrero, por lo que ahora agregaron los jueves y extendieron la temporada hasta mediados de marzo (entradas en Tickantel). Después verán si el tiempo acompaña y completar el mes. El año pasado llegaron a hacer dos funciones diarias, pero ahora han decidido hacer una sola por día para cuidar el entorno natural. “No queremos atomizar el lago, llenarlo de ruido y gente, es muy tentador pasarse de rosca y no queremos echar a los bichos”.

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