• Cotizaciones
    miércoles 11 de marzo de 2026

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, tu plan tendrá un precio promocional:
    $ Al año*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    En Búsqueda y Galería nos estamos renovando. Para mejorar tu experiencia te pedimos que actualices tus datos. Una vez que completes los datos, por los próximos tres meses tu plan tendrá un precio promocional:
    $ por 3 meses*
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá
    * A partir del cuarto mes por al mes. Podés cancelar el plan en el momento que lo desees
    stopper description + stopper description

    Tu aporte contribuye a la Búsqueda de la verdad

    Suscribite ahora y obtené acceso ilimitado a los contenidos de Búsqueda y Galería.

    Suscribite a Búsqueda
    DESDE

    UYU

    299

    /mes*

    * Podés cancelar el plan en el momento que lo desees

    ¡Hola !

    El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
    En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] o contactarte por WhatsApp acá

    Fauna en extinción

    El sábado, cuando caía la tarde, salí a andar en bicicleta por la Rambla. La ciudad se hallaba silenciosa y fantasmal. Muy pocos autos, muy pocos caminantes. Había una neblina sugestiva, casi sentimental. Había cesado el viento, no hacía frío.

    ¡Una tarde ideal para bajar de peso!

    Pero jugaban Holanda y Brasil. Los ciudadanos estaban pertrechados en sus búnkers de bienestar, frente al televisor. En casas o bares, los individuos se esfumaban en grupos. De los que abundan en las publicidades de cerveza. Unidos. Codo a codo, nervio a nervio: se jugaba el tercer puesto de UN MUNDIAL.

    Muy satisfecha, con la sensación de que toda la Rambla sería para mí, comencé a pedalear. Pero… ¡oh, sorpresa! Cada tanto, me cruzaba con otros. Algunos en bici, otros corriendo, o hasta en patineta. No faltaban parejas besándose con las piernas entrecruzadas sobre el granito.

    ¿Quiénes serían?

    ¿Qué clase de uruguayos eran estos que podían sonreír, conversar, sentir el aire marino en el rostro, dejar correr adrenalina por el cuerpo que se mueve, mirar el horizonte con barcos luminosos… mientras que otros uruguayos, miles, seguían los avatares más o menos deprimentes de dos cuadros de fútbol?

    Apenas me daba tiempo de divisarlos. Y cuando me topaba con dos calmos caminantes conversando, intentaba grabar en mi memoria su rostro y deducir por qué estaban allí.

    Barajé hipótesis. Las primeras, demasiado obvias: a) “No vale la pena ver cómo golean nuevamente a Brasil”. b) “Después de lo que le hicieron a Suárez no volví a mirar un partido”. Luego, fui imaginando otras: c) “Me tiene harto el fútbol”. d) “Prefiero charlar con mi mejor amigo”. e) “Quiero estar con mi hija”. f) “Trabajo mucho y necesito relajarme, descansar. g) “¿Hay Mundial? ¿Qué Mundial?”.

    Pronto comprendí que aquellos que estaban allí, en la Rambla, desprendidos de la multitud, no le debían explicaciones a nadie. Mientras las mayorías se repliegan en un sentir monolítico y hasta los poetas y filósofos nacionales reflexionan sobre el sutil encanto de la orientalidad, donde el fútbol constituye una marca identitaria sublime, hay seres que prescinden del sobrevaluado cuerpo colectivo.

    De pronto veo a un papá que está enseñando a su hijo de ocho años —cada uno en su bici— a usar la ciclovía.

    Y, más tarde, otro papá barbudo pasa con su nena acurrucada en el manillar, cuerpo a cuerpo.

    Casi en Trouville, me encuentro con una amiga que me presenta a su hija: ¡son idénticas!

    Y también veo grupos de chicos, cada tanto, eligiendo la soledad de la Rambla para escuchar la voz del otro, sin auriculares puestos, sin el destello perpetuo de la pantalla del celular.

    Estoy a punto de recitarle a cada uno el poema de Líber Falco: “Fuera locura/ pero hoy lo haría/ Atar un moño azul en cada árbol/ Ir con mi corazón de calle a calle/ Decirle a todos que les quiero mucho/ Subir a los pretiles, / gritarles que les quiero”.

    Fugaz, mi bici pisa una enorme pintada en el suelo de la Rambla: “Brasil 2014: no tendrá copa”.

    Por suerte, yo tampoco.

    // Leer el objeto desde localStorage