Hace pocas semanas se produjo en la sociedad montevideana “mediática” una serie de hechos. El tenor de tales hechos fue menor, minúsculo, desestimable, si se los mira desde determinada perspectiva. Los hechos grandes, importantes y prometedores para una sociedad no son los hechos minúsculos desde el punto de vista de las relaciones humanas empobrecidas.
En un almuerzo de la Asociación de Dirigentes de Marketing (ADM) el disertante fue un ministro de Estado. Un ministro de Estado que, además de ministro de Defensa Nacional, es una persona y un personaje que reúne una serie de características reales y simbólicas que lo distinguen particularmente. La biografía del ministro de Defensa Nacional es muy conocida, en parte, por muchos, y habrá mucho de su biografía que debe de escaparse a los más inquisitivos biógrafos. Su larga trayectoria en el escenario público es tan frondosa en hechos conocidos y desconocidos que sería una osadía absurda decir que se conoce a la persona y al personaje exhaustivamente.
Una faceta de la multifacética personalidad del ministro de Defensa Nacional quedó de manifiesto en el almuerzo de ADM. Como es sabido, el tema que lo llevó a disertar en ese calificado ámbito quedó totalmente opacado y desconocido por lo que no era el motivo de su presencia en aquel almuerzo. El ministro de Defensa Nacional recibió una pregunta extemporánea sobre pedido de perdones.
Al respecto de los perdones, ya los actores políticos y los medios de comunicación se ocuparon de confundir conceptualmente de manera imperdonable los términos y los valores en torno al acto que se llevó a cabo en el recinto de la Asamblea General, donde se dio cumplimiento a una resolución de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) de la OEA. La letra y el espíritu de la sentencia de la CIDH eran claros, y a dicha sentencia se le dio puntilloso y estricto cumplimiento. Y era claro y evidente que la sentencia no estipulaba que se pidiera perdón de clase alguna en nombre de personas jurídicas como “el Estado” ni de personas físicas, ya fueran ciudadanos civiles o funcionarios militares.
La paradójica confluencia en la persona del presidente de la República de sus tres cualidades (una, ciudadano que se levantó con un movimiento armado hace décadas; dos, víctima de los excesos crueles de las prácticas de la reclusión en los años de la dictadura; y, tres, vocero voluntario de la declaración que estipuló la CIDH) ayudó a revolver el río lo más posible, para ganancia de pescadores de pensamiento poco esclarecido o por interesados agentes de alguna posición política o ideológica. El resultado es que se reclamaba la declaración de las culpas de “ambas partes” en pugna, si es que las hubo alguna vez, cuando la sociedad toda se vio herida de muerte y de muertes por agentes desbordados en su pensamiento y en su accionar, agentes que sin la autorización de las mayorías asaltaron el país como escenario de sus pasiones, de espaldas a la convivencia plural pero sin armas y al progreso general de todos los ciudadanos de este país. Tristezas y pesares sin cuenta se abatieron sobre nuestras personas. Y como la Historia no es un libro de HD ni de Schurmann y Coolighan, no puede volverse la página y pasar al capítulo siguiente. Por la sencilla razón de que la Historia no es un texto de historia, todavía y por mucho tiempo se irá elaborando y repensando todo lo vivido en las últimas décadas.
En medio de esta confusión conceptual y teórica de una sociedad de escaso nivel cultural, se produjo la disertación del ministro de Defensa Nacional. Y la pregunta extemporánea y desubicada no faltó.
Entonces se produjo otra manifestación de esta sociedad empobrecida y empobreciéndose a velocidad vertiginosa. Uno de los dos personajes más conspicuos del antiguo MLN-T se expresó con su desatinado lenguaje. Y como fue quedando de manifiesto con el correr de los días, con un desatino generalizado. Por la ausencia de argumentos sólidos y ejemplares, se pasó a la profusión de pretendidos argumentos “ad hominem” y al agravio a diestra y siniestra. Por las dudas de que no se presentara otra oportunidad para hacerlo, quizás.
Una de las notas que distinguen a ciertos personajes públicos es que han tomado sus cargos de servidores públicos —sin que la Constitución los obligue ni las mayorías se lo solicitemos— como el proscenio donde recitan desde un vocabulario impropio de las personalidades públicas hasta su manera para comunicarse con Jesús o para referirse a un arzobispo, como si su investidura ministerial los autorizara para dar su opinión, siquiera, sobre personas integrantes de cualquier institución.
En estas manifestaciones públicas tan penosas es difícil imaginar idealismo pasado ni presente alguno por una sociedad más justa, más respetuosa, menos violenta, más fraterna. Y también resulta muy difícil también imaginar una política de Estado que responda al siguiente programa: “Permítanme un pequeño subrayado: educación, educación, educación. Y otra vez, educación. Los gobernantes deberíamos ser obligados todas las mañanas a llenar planas, como en la escuela, escribiendo cien veces, ‘debo ocuparme de la educación’. Porque allí se anticipa el rostro de la sociedad que vendrá. De la educación dependen buena parte de las potencialidades productivas de un país. Pero también depende la futura aptitud de nuestra gente para la convivencia cotidiana”. (Discurso del presidente de la República José Mujica ante la Asamblea General el 1° de marzo de 2010).
Si un obispo de la Iglesia Católica se dirigió al ministro de Defensa Nacional para expresar su forzoso punto de vista respecto a los vocablos referidos a Jesús, hizo lo que estaba totalmente dentro de su papel y su convicción. El obispo de Minas fue fiel a su misión en la sociedad. En su carta no existe juzgamiento alguno ni atribución, por ejemplo, de intenciones blasfemas. Simplemente el obispo de Minas manifestó su disgusto, sin hacer una encuesta entre la grey católica ni entre la ciudadanía en general sobre si era pertinente asociar el vocablo “gil” a un personaje de la envergadura —por lo pronto, cultural— de Jesús en nuestra civilización.
El ministro de Defensa Nacional creyó, con error, que solamente el obispo de Minas y un ex presidente habían manifestado su disconformidad con su lenguaje. Por ejemplo, la señora periodista Sonia Breccia hizo un prolijo análisis de los dichos del ministro en su programa radial “Primera Voz”. Con el respeto y la claridad intelectual que caracterizan a la señora Breccia, expresó sus puntos de vista sobre el significado sociocultural del discurso del ministro. Y tanto en privado como en público (“La Tertulia”, de radio El Espectador, por ejemplo) fueron numerosas las expresiones de disgusto por lo dicho de Jesús y por las otras expresiones directamente chocantes. Un “contertulio” de El Espectador calificó esa parte del discurso del Ministro como un “poco soez, por decir algo”… Disgusto que no pone en duda el ahora confeso cristianismo del ministro de Defensa Nacional.
La carta de respuesta del ministro al obispo de Minas se salió de todos los límites de la “quaestio disputata”. En pos de una defensa a ultranza de las formas de su discurso, el ministro abundó en pretendidos argumentos “ad hominem”, al eventual subrepticio fascismo de los hermanos del Colegio Santa María, para finalizar con una descalificación absoluta de un arzobispo, sin fundamento alguno. Porque sí. Y porque fueron porque sí, las descalificaciones descalifican a quien las lanza, y no a quien es objeto de un voluntario ánimo de agraviar.
Así las cosas, desde el análisis de un ciudadano espectador de tales enormidades, la preocupación no se centra: 1) en la asociación del vocablo “gil” con la personalidad de Jesús como causa de su crucifixión; Jesús no fue “agraviado”, máxime porque no fue tal el espíritu ni la intención del ministro de Defensa Nacional, ni la crucifixión de Jesús se debió a su prédica del perdón; 2) no se centra tampoco en los conceptos vertidos con una sospechosa ambigüedad sobre el obispo de Minas, quien no ha designado abogados para su defensa; 3) y no se centra tampoco en los conceptos vertidos sobre el arzobispo de Montevideo sin ambigüedad de clase alguna. No. El análisis de un ciudadano puede centrarse en la pobreza del abordaje de los asuntos. Pobreza tal que aleja la esperanza de una polémica conceptual, fundamentada, educativa, formadora de opiniones valiosas, como las que los historiadores han consignado que se dieron entre grandes pensadores y polemistas de nuestro país.
Los gobernantes que parecieran hacer gala de militantes del “épater le bourgeois” pueden estar tranquilos de que ya no queda materia prima para ser escandalizada por nada. Y quienes creen que el lenguaje orillero, vulgar, fuerte, obsceno o indelicado (y nada conceptual ni idealista, por ende) es una forma de transgresión y de ruptura con “el sistema”, están en un lamentable error. Esa forma de estudiada “transgresión” hoy día es “el sistema”. Lo más transgresor hoy es pensar, pensar con sentido común, pensar con rectitud lógica, pensar con sistematicidad y fundamento sólido. Y, de ser posible, con rectitud ética. Nada más conservador, opiáceo y reaccionario que la chabacanería.
Los hechos comentados solo sirven para confirmar lo que es sentir común en tantos: la degradación extrema de valores que azota a nuestra sociedad uruguaya. Una muestra de esa falta de valores es el conjunto de hechos señalados: desmesura, descalificación gratuita, ausencia de argumentos, intemperancia, intolerancia al cuestionamiento respetuoso.
Se sumó a esta carencia de solidez en los argumentos el subsecretario de Salud Pública cuando tildó de “fundamentalista” a quien expresó una creencia tan valiosa, en todo caso, como la del propio subsecretario. ¿Por qué es fundamentalista el arzobispo de Montevideo y no es fundamentalista el subsecretario de Salud Pública? Nada más que porque el subsecretario así lo afirma. Y, de paso, para cimentar una contradicción difícil de explicar, el más proclamado futuro candidato presidencial del partido del subsecretario es tanto un fundamentalista como el arzobispo en la misma materia. Menudo dilema tanto para el candidato como para sus fervorosos adherentes: un fundamentalista como candidato de un partido que pregona a los cuatro vientos mayoritariamente la ideología del subsecretario de Salud Pública.
Asimismo, en el ardor de su disgusto, el subsecretario de Salud Pública, desentendido de la más mínima observación de la realidad, llamó de “propio de otras épocas y de otras latitudes” el pensamiento de la Iglesia Católica. Pues no es así: la realidad más patente indica que la Iglesia Católica es de esta época, puesto que existe en esta época, y es también de estas latitudes, puesto que existe en nuestros 35 grados de latitud Sur.
Sigue vigente, pues, de manera imperativa y perentoria la necesidad de “educación, educación, educación” y de la plana que diariamente repita cien veces “debo ocuparme de la educación”.
Dicho con las palabras del presidente José Mujica, falta educación a fin de lograr “la aptitud de nuestra gente para la convivencia cotidiana”.
Fernando Iglesias
CI 1.393.495-7