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Desde mi lugar, mi sincera gratitud al sacerdote Sr. Jaime Fuentes, por su fuerte y valiente voz, ante los dichos del ministro de Defensa Nacional, Sr. Eleuterio Fernández, en una reunión de ADM, durante el mes de marzo. Su mensaje es inclusivo y me representa.
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Ahora bien, ¿se logrará pararle la mano, después de recibir los uruguayos/as, tal agresión en sus hijares? ¿El hoy ministro, de dónde nos mira? ¿Qué se cree que somos?
¿Sabrá y sabrán, que el auditorio, el micrófono y la cámara, también tienen que ver con el Otro? ¿Qué colectividad, grey, partido o barra de esquina alguna le pidió claridad?
Al minuto escuchamos: “gólgota”, “judeocristiana”, “cultura”, “flaco”, “pocos anotados” y enseguida, la estocada al garguero de todos. ¡El insulto a Cristo!
Pero tenía más; embutió a su desmadre, el “andá a la p… parió” ¿¡Qué es ésto!? ¿Quién para esa hemorragia? ¡Y todavía pretende hacernos creer que “gil” quiere decir “bueno”!
Me duele el cuello al tener que mirar a estos señores hablándonos desde su Olimpo; décadas viendo crecer a esta retahíla de exabruptos. Empezó, supongo, con el “no sea nabo…”, le siguió el “como te digo una cosa…”, el “choricez”, el “perejiles”, el “Hombre Aprendé a Perder, aderezado con el “Si la mina te dejó amurao … vos tenés que…” en pleno 18, con abordajes, custodia y lentes negros. ¡Todo junto!
¿Kafkiano? ¿Dantesco? ¿Hamletiano? ¡Por favor! ¿Discepoliano…? Pobre Discepolín; aunque este sí que sabía de lunfardo, con clara visión del mañana y respetuoso: (“… y la barba hasta’l Cristo se la’n afeitao…”). De seguro si le preguntaban qué es ser gil, recomendaba meterle oreja a “As de cartón”: …la llamaban el Ganso, porque de Otario, tenía bien ganada la credencial… ¡Fiera!… rajá p’adentro…”), e inclusive a “Bien Pulenta” (…“no me gusta avivar giles; que después se te hacen contra”… “no me gustan los boliches que las copas charlan mucho, y entre tragos se deschava, lo que nunca se pensó”…) …Podría instruir algo…
No es fácil recuperarse, otra pedrada de boleadora. Se añora y con derecho al Uruguay que ante el gane quien gane, el piense lo que piense o el sienta lo que sienta, nos arropaba a todos, a sobretodo y poncho, aquel: “Emilio”, “Luis Alberto” y eran los mismísimo Frugoni y Herrera saludándose! O mi abuelo materno, dejando una carta: “A mi amigo Baltasar”, el día en que Brum se suicida.
De ese Uruguay, de ese Montevideo, se me aparece un personaje caricaturesco, en semejanza con la “Opera prima”. Se llamaba Manuel Bertucci, conocido por su apodo de Menecucho, quien recitaba versos y a veces la terminaba en pifia al igual que el Sr. Fernández. Era un internado del Vilardebó y le permitían salir en Carnaval. Recorría tablados y corsos diciendo sus glosas y vendiéndolas “a voluntá”. Siempre agradecía y el estribo de su hinchada estaba en la botijada; en aquellos, los tablados, le daban micrófono y manija… y allá subía; le flameaban los trapos de su autoría y con sus manos, aplacaba al aplauso inexistente. Luego, las dejaba hacia arriba y decía: “Ah Fdodencio… po quéeee… (solemne) Ah Fdodencio… po qué te vidiste Badanc’abajo…”. Nunca faltaba alguno que le dedicara algún ruido… a quien nuestro recitador de marras, ofendido, contestaba y concluía: “con ed pemiso de la dina comisió, que pdeside lo desinio deste tabdado, al que me pelló, que se vaya a la p…madequedopadió. Muchas dacia y buena doche. ¡Telón y aplausos!
No era ministro, no ofendía, no bebía, agradecía, era querido y además divertía. ¿A quién preferir? ¡A Menecucho!