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    Fidel Castro

    Sr. Director:

    Para la gente de mi generación que teníamos a fines de los años cincuenta entre 21 y 25 años, la irrupción del fenómeno político que protagonizó Fidel Castro fue un hecho que nos marcó para siempre.

    Todo comenzó con uno de los tantos golpes de Estado en aquella zona, esta vez protagonizado por el sargento Baptista cuando anuló las elecciones, previstas para el 1º de junio de 1952 en Cuba.

    Triunfante la Revolución cubana en 1959 y poco después, las visitas de Fidel Castro y del Dr. Ernesto “Che” Guevara a nuestras latitudes, parecieron significar la reafirmación de devolverle al pueblo de Cuba su protagonismo en elecciones libres.

    Pero hubo un punto de inflexión en la historia de aquellos años sesenta, cuando Fidel Castro con aire desafiante proclamó a viva voz: “Soy marxista-leninista y lo seré hasta el último día de mi vida”.

    El Dr. Carlos Quijano, en un memorable editorial del Semanario “Marcha”, juzgó con dureza y sin contemplaciones la traición del revolucionario cubano.

    “Aliarse a uno de los bloques, entregarse a uno de los bloques, brazos y piernas ligados, es traicionar —empleamos la palabra sabiendo lo que decimos— nuestro destino”

    “… lo traicionan también quienes se disponen a hacerlo con Moscú, quienes le hacen el coro a Moscú y actúan en el ámbito nacional al son de las marchas y contramarchas del Kremlin”.

    Semanario “Marcha”, editorial del 8 de diciembre de 1961. “América Latina. Una Nación de Repúblicas. “Volumen V. Ediciones Cámara de Representantes. Ps. 292/293).

    No serán pocos los que recordarán aquel 1962, cuando el mundo contuvo el aliento, en ocasión de que la Cuba castrista colocó misiles en su propio suelo actuando ya como un desembozado peón de la Unión Soviética para atacar a Estados Unidos y estuvimos al borde de un enfrentamiento nuclear entre ambas potencias.

    El conocido ensayista y pensador Raymond Aron ha dicho en su conocido libro “El opio de los intelectuales”.“Combinado con la doctrina del fatalismo histórico —idea monstruosa que Marx tomó de Hegel— el mito de la revolución es toda una receta para llegar a la tiranía totalitaria”.

    Fue dentro de estos parámetros que financió, ayudó y entrenó a los movimientos guerrilleros latinoamericanos, fascinándolos con las promesas de hacer realidad “el hombre nuevo”, una de las mentiras más escandalosas del siglo XX.

    Con gran desparpajo y soberbia anunció al mundo que “convertiremos la cordillera de los Andes en la Sierra Maestra de América ” olvidándose de sus garantías de respetar la soberanía de los pueblos y la política de no intervención.

    Las conquistas sociales que pudo haber logrado fueron puestas al servicio de su megalomanía y muchos en la opinión intencional con ceguera e incluso frivolidad lo siguieron, aunque el precio fuera el de no acceder a libertades y democracias para el sufrido pueblo cubano.

    Fidel Castro tenía una prodigiosa capacidad para encandilar y cautivar a la gente con su retórica de barricada, como resultado de sus condiciones histriónicas, para convertirse en definitiva en uno de los demagogos y farsantes más grandes de la historia moderna.

    Su partida de esta vida fue seguida de un llamativo silencio por nuestro elenco de gobierno, donde muchos jamás le perdonaran aquello que Castro repetía una y otra vez: “El pluripartidismo es la pluriporquería” u “¿Elecciones?¿Para qué?”.

    El Dr. Juan Bautista Alberdi, con gran sabiduría, expresaba algo que bien podría aplicarse aquí: “Acostumbrados a la fábula, los pueblos no se animan a cambiarla por la historia”.

    Más de una vez me he preguntado si no tendría razón aquel pensador cuando decía, con una mezcla de ironía pero también de verdad, “la historia es la suma de todas aquellas cosas que podrían haber sido evitadas”.

    Juan Perdomo Bejerez

    CI 1.716.988-5

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