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    Fronteras y prioridades

    N° 1901 - 12 al 18 de Febrero de 2017

    Luis Almagro, secretario general de la OEA, publicó una columna en el diario “El País” de Madrid y dice que este será un año por más democracia y más derechos. Un año por la plena vigencia de los derechos humanos. No puede concebirse un objetivo superior.

    Luego de citar y enumerar una serie de derechos de la persona, en el parágrafo siete —recién, diría yo— habla de bregar por “la más irrestricta libertad de expresión y de prensa”. Como que los políticos, y Almagro lo es, tienen una cierta tendencia a relegar esa libertad (de expresión) y ese derecho (de información) de los ciudadanos.

    Yo lo hubiera puesto al principio puesto que es irrelevante e inconducente hablar de derechos de la gente si previo a todo no hay libertad de expresión. El derecho a la vida es primero, se dirá; antes hay que ser, y es así, pero para efectivamente ser es preciso poder expresarse e informarse libremente. Si no, ¿para qué vivir?

    La libertad de expresión, con todo lo que enmarca como la libertad de prensa y el derecho a la información, es la primera de todas las libertades. Es la libertad custodio de todas las restantes. Es la que el pueblo no cede ni delega y la que no debe ceder ni a la que debería renunciar jamás.

    En ese mismo párrafo, Almagro habla antes de bregar “por elecciones libres y con derechos para todos”. Ahora, nada de ello puede ser anterior ni es posible si no rige una “irrestricta libertad de expresión y de prensa”. Es ridículo hablar de elecciones libres sin libertad de prensa. Y es bueno remarcarlo en un momento y en un mundo, particularmente en una región, donde ese formidable instrumento de la democracia liberal se prostituye con la consecuente degradación de la propia democracia y la pérdida de las libertades. En el entorno sobran los ejemplos de “señores” que se jactan de haber surgido de elecciones pero en cuyos países los derechos están muy acotados y falta la libertad, principalmente la liberad de prensa, primer objetivo a acabar para autoritarios y dictadores.

    Ninguno de los derechos citados por el secretario de la OEA, los que entiende con acierto que es preciso asegurar y reafirmar, pueden existir sin libertad de expresión. Es gracias a esta que se han conquistado y su vigencia, afirmación y permanencia dependen de ella. De lo contrario, de estar limitada la libertad de expresión, ya no se trataría de derechos. En todo caso serían derechos privados, esto es, privilegios, y ese no puede ser el objetivo; además, duraría poco.

    No nos confundamos, y en especial, no nos dejemos confundir. Sabemos, y es así, que los derechos y libertades se fijan sus propios límites. Pero cuidado: hay que respetar las fronteras y no se puede estar cambiando mojones en función de presiones y de los intereses privados y particulares de cada uno o de cada grupo, y menos atentos a lo que está de moda y es políticamente correcto. No se pueden agrandar o modificar territorios a favor de unos y en desmedro de otros. Ni es el buen camino ni tampoco es un camino muy largo; pronto se acorta.

    Es muy peligroso avanzar y sobrepasar las fronteras de la libertad de expresión y me temo, como he dicho, que hay una tendencia en esa línea que se ve en gobernantes y políticos —lo que no es novedad—, pero también en organizaciones sociales y en grupos promotores de derechos humanos. A veces da la sensación de que cada quien, en defensa de “su” derecho, quiere tener su propia “ley de desacato” para aplicarla a aquellos que no dicen, opinan o informan lo que ellos creen que se debe decir, opinar o informar. Nadie debería ignorar que la libertad de expresión es la más universal de todas las libertades y que no hace diferencias de ningún tipo, que no discrimina, que no es anti nada y que es la mejor arma para la defensa de los más desvalidos.

    Pero, lamentablemente, existe esa negativa tendencia que hace que, en los hechos, la libertad de expresión sea la más desamparada de todas las libertades. A los dictadores se los juzga y castiga por múltiples delitos, menos por violar la libertad de prensa, pese a que es el primer delito y la primera violación a los derechos humanos que cometen, con el premeditado propósito de que nadie se entere de los delitos en que habrán de incurrir una vez impuesto el silencio.

    A nadie se castiga por violar la libertad de prensa, por amenazar la libertad de prensa, por instigar a la violación de la libertad de prensa, por hacer la apología de la censura de prensa ni por incitar al odio u odiar la libertad de prensa. Y eso que de estos hay demasiados y son muy dañinos. Es muy pernicioso, además, que se sientan impunes y peor aún que lo sean, como tantas veces pasa.

    Este tema debería tener la primera prioridad en el accionar del secretario general de la OEA este año. Es el camino, el único, que le permitirá tener éxito en su afán.

    © Danilo Arbilla. Derechos reservados. (Especial para Búsqueda)