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    Fuera de zona de confort

    N° 1885 - 22 al 28 de Setiembre de 2016

    La discusión en el Senado del proyecto de ley de Rendición de Cuentas dio pie a un fuerte choque entre las bancadas del gobierno y la oposición que derivó en advertencias y reproches sobre las consecuencias políticas e institucionales de dejarse llevar por el facilismo que supone apelar a un discurso tremendista.

    En realidad, quienes siguen con atención los debates políticos en otras naciones son conscientes de que se trata de un modus operandi bastante común, que la oposición cuestiona con mayor o menor énfasis y que el oficialismo defiende con mayor o menor entusiasmo las políticas o decisiones del gobierno.

    Así se da la confrontación de ideas y es el “juego político” en las naciones donde impera la democracia. Donde los ciudadanos adquieren, desde su educación escolar, una clara conciencia de lo importante que es preservar la vitalidad de las instituciones y el Estado de derecho para asegurar la convivencia civilizada de quienes piensan distinto y tienen diferentes intereses.

    Por eso llamó la atención que durante el debate del Senado varios legisladores frenteamplistas advirtieran que los cuestionamientos opositores al gobierno pudieran contribuir a crear un clima de inestabilidad política en el país.

    Apenas el senador nacionalista Carlos Camy hizo referencia al último informe de Latinbarómetro que constata una caída en el apoyo de los uruguayos  a la democracia, varios representantes frenteamplistas advirtieron los riesgos que implica practicar un discurso que genere inestabilidad política.

    “Ojo con la visión de que la actividad política se convierta en una construcción de inestabilidad. Ojo con llegar a la normalidad desde una realidad inestable. Ojo con la novelización de las noticias, de los debates, de decir ‘ayudar a irse’, eso es algo grueso”, apuntó el senador Ernesto Agazzi, en respuesta a afirmaciones de Luis A. Heber, quien al criticar al Frente Amplio sostuvo que había que “ayudar” a que se “termine” el gobierno frenteamplista.

    Interpelado por Agazzi, Heber sintió que debía aclarar sus dichos. “Tenemos que ayudar a que terminen y que terminen bien. Y los va a terminar la gente con su voto”, precisó.

    El giro empleado por Heber no es muy original, recuerda un eslogan de campaña electoral empleado a principios de los años sesenta por el Partido Colorado contra el Partido Nacional: “Ahora que sabe lo que son, ayúdelos a irse”, proclamaba.

    Como si la historia política del Uruguay se iniciara hoy, como si el Frente Amplio no hubiese desarrollado una eficaz campaña de oposición durante tres décadas para llegar al poder, período durante el cual apeló a todo tipo de procedimientos e instrumentos políticos para lograrlo, Agazzi se quejó de que para la oposición “todo es un desastre”, que desde el gobierno “mienten” y que son “irresponsables”, advirtiendo que “la radicalización del debate actúa como un elemento de desestabilización” y que una acción “demonizadora” logra que la política resulte algo “negativo” y genere “desconfianza” sobre quienes ejercen funciones de gobierno o de conducción política.

    Su correligionaria Constanza Moreira aludió a situaciones de “contrademocracia” que son ejecutadas por medios de comunicación o por la “judicialización de la política”, todo lo cual “genera un sistema de desconfianza política generalizado y que produce apatía ciudadana”.

    En un plano diferente, más aterrizado, Marcos Otheguy (Confluencia Frenteamplista, grupo creado bajo el liderazgo del vicepresidente Raúl Sendic) expresó su preocupación por el giro que la oposición le está dando al debate político. “A veces complican los tonos y las adjetivaciones”, apuntó.

    Resulta innecesario consignar las réplicas surgidas de legisladores de la oposición, quienes recordaron cuál fue la conducta política de la coalición de izquierda desde su fundación en 1971. Cómo apeló a la denuncia política, a la judicialización de tales denuncias, al empleo de todos los instrumentos legales para oponerse a reformas estructurales, algunas de las cuales terminó impulsando en estos años de gobierno por otras vías. O cómo estigmatizó siempre a quienes pensaban diferente y no integraban sus filas.

    Aún hoy se pretende que proclamarse de izquierda es garantía de honestidad y de buenas intenciones y que quienes no practican tal fe no solo carecen de esas virtudes sino que sus acciones políticas (o de cualquier otro tipo) se caracterizan por  defender intereses propios, egoístas, antisociales, eventualmente corruptos.

    Pero vamos por partes. No puede desconocerse la influencia del tono que impera en el debate político en la conformación de la opinión pública. En el crédito —o descrédito— que tienen los ciudadanos respecto de sus gobernantes y sus políticos y, lo que es mucho más importante, de sus instituciones políticas. Eso es así ahora, pero también lo fue antes. Nadie, o muy pocos actores políticos, pueden entonces lavarse las manos. Solo un ingenuo, y en política esta especie no existe, no advierte que tales prácticas siempre se pagan con la misma moneda.

    En la acción política ganar el crédito del ciudadano no solo implica tener y exponer buenas ideas y buenas intenciones, también requiere convencer de que son mejores las suyas que las de sus adversarios. Y, en el sistema político uruguayo, eso rige tanto en la competencia interpartidaria como en la interna de cada partido. Ello explica el permanente perfilismo que caracteriza a la política uruguaya, en el que se invierte tanto tiempo y energías, y que erosiona a todos los actores. Un juego en el que, más allá de eventuales ganancias temporales, al final del día todos terminan perdiendo. 

    Ahora bien, la preocupación manifestada durante la referida sesión del Senado por Agazzi y Moreira, en menor medida por Otheguy y Enrique Pintado, es consecuencia de una nueva realidad política, que hace meses vienen registrando todas las encuestas: una persistente caída de la intención de voto hacia el Frente Amplio.  Consecuencia seguramente de la acumulación de noticias sobre malos resultados —en algunos casos acompañados de escandalosas gestiones, de voluntarismo y de amiguismo— en varias áreas del sector público. De problemas irresueltos en educación, seguridad pública, salud, inserción internacional. Del conocimiento de reiterados desaciertos de la “administración Mujica” y de la revisión o abandono de muchas de sus políticas y proyectos por parte del actual gobierno.

    Esta nueva realidad es lo que les ha dado credibilidad a las denuncias de la oposición, muchas de las cuales en años recientes eran desoídas y caían en saco roto. Eso es lo que ha cambiado el clima político del país en los últimos meses y eso es lo que ha dado “aire” y “espacio” a la oposición.

    Eso, además, es lo que genera preocupación a un oficialismo que hasta hace muy poco sentía que jugaba solo y a discreción en la cancha. Ahora se siente molesto y le irrita “el pressing” de sus adversarios, que le impide seguir manejando las cosas —y a la opinión pública— a piacere. Sin mejores argumentos a mano, sugiere que las críticas y cuestionamientos de la oposición afectan la estabilidad del sistema. ¿Lo creerán realmente?

    A esta altura muchos frenteamplistas de a pie añoran lo cómodos que se sentían en los tiempos de oposición. Todo era más fácil.