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    Fútbol y cultura

    Sr. Director:

    Lo que quedó del Mundial. Terminó el Mundial de Brasil 2014 (gracias a Dios). No sé nada de fútbol, pero como he escuchado cada cosa de cada imberbe, me voy a dar el permiso de ponerme a la altura del último escalón para hacer mi balance. Habiendo visto los partidos de nuestra selección, las semifinales y la final del campeonato, me quedé pensando luego de la final en que Alemania se llevó la Copa con justeza. Ustedes pensarán qué credenciales tengo (y habiendo reconocido mi ignorancia futbolera) para decir esto. Futbolísticamente no les discuto nada, pero de lo siguiente sí.

    Saqué estas conclusiones: Uruguay es Suárez-dependiente, Brasil es Neymar-dependiente y Argentina es Messi-dependiente. A Suárez lo echaron del Mundial, Neymar quedó afuera por lesión y Messi entró a la cancha sin descollar como a uno le hubiese gustado ver al mejor jugador del mundo. Uruguay y Brasil perdieron el primer partido que jugaron sin sus figuras; y Argentina anduvo con un Messi “rengo” que perdió la final. Alemania y Holanda funcionaron como relojes suizos (fundamentalmente Alemania), que cambiaban las piezas dejando intacto el juego. Tenían “equipo”. Eso me gustó y seguramente fue buena parte de la clave de su éxito. Por otro lado, ganaran o perdieran, los sudamericanos provocaron que sus hinchadas quedaran enardecidas, generando desmanes que nada tenían que ver con la fiesta deportiva. Alemania ganó la Copa del Mundo y festejó sin ningún problema. Dejó instalaciones para los brasileños, departieron con los locales, disfrutaron y agradecieron la hospitalidad. Dejaron dinero para comprar una ambulancia a quienes los acogieron; luego de la paliza a Brasil enviaron una carta y por Twitter consolaron a los brasileños (mientras los argentinos babosearon de manera insólita); cuando ganaron la final se abrazaron y enseguida hicieron un túnel para saludar con respeto a los argentinos y luego se fueron a festejar entre ellos. Los argentinos, luego de haber logrado el vicecampeonato y luego de recibir las medallas, a medida que iban bajando las escaleras (Messi a la cabeza y a quien le dieron el trofeo del mejor jugador del Mundial y no sé por qué), se iban sacando las medallas y con cara de pocos amigos se fueron retirando. Esa misma noche, Buenos Aires sufría destrozos en el centro de la ciudad por los mismos inadaptados que hicieron lo propio cuando ganaron.

    Estas cosas son algo más que fútbol. Estas cosas pintan de cuerpo entero las culturas de nuestros vecinos, la nuestra, la de los alemanes. ¿Estos son una raza superior? No, nunca lo entendí así. Pero sí tienen una cultura que los hace salir adelante de en cuanta mala andan, mediante la perseverancia, disciplina, actitud, conducta, seriedad y educación. Hasta la sociedad alemana juega en “equipo”. Pisoteados en dos guerras mundiales (por mérito propio, entendámonos), salieron a flote llegando a ser “potencias” en las dos oportunidades y hoy son la cabeza y sostén económico del resto de Europa.

    Mientras, aquí se insiste en la cultura del “masomeno”, la misma que amigos de otros continentes paseando por Sudamérica me decían que “aquí es todo más o menos” refiriéndose a que los buses pasaban más o menos a tal hora, o que los espectáculos empezaban más o menos a tal otra. Lo peor es que nuestra cultura acaricia ese “masomeno” como un atributo y no como un defecto. Por la misma razón es que los servicios aquí son más o menos, al igual que las oficinas públicas, los comercios, todo lo que vivimos día a día. ¡Estamos orgullosos de ser mediocres! Eso asusta y no se avizoran gaviotas que nos lleven a buen puerto, ni aquí ni en el barrio.

    Mag. Álvaro Sánchez Balcewich

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