N° 1816 - 21 al 27 de Mayo de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáMe gusta imaginar a la estudiante Hannah Arendt frente a su maestro Karl Jaspers recibiendo la instigación a tomárselas con un tema que le concernía secretamente, nada menos que el amor, nada menos que el goce y la posesión del amor. Jaspers le propuso investigar a San Agustín, buscar en esa fuente indicaciones de una teoría de la existencia auténtica, y ella pensó en su deliciosa y equívoca situación personal con Heidegger y quiso aventurarse con el santo de la Iglesia con esa inocencia del extranjero que pronto reconoce como propio el suelo nuevo que está visitando.
El trabajo lo asumió como tesis en la carrera y luego lo vivió casi como un reto personal, pues lo siguió trabajando luego de muchos años y tras muchas horas de trato con la obra de aquel gran pensador que tanto buscó en el interior del corazón humano para encontrar un camino hacia Dios. A principios de la década de los 60, mientras lidiaba con la incomprensión suscitada por su estudio acerca de la situación moral que disparó el juicio de Adolf Eichman en Jerusalén, remozó y ahondó este texto hasta darle forma definitiva a las ideas que le fueron reveladas por el largo diálogo que mantuvo con la obra de San Agustín. Pero por alguna razón que mi escaso conocimiento de su biografía me veda, no quiso publicarlo; habría que esperar la revisión de sus papeles de New York para que recién después de su muerte, acaecida en 1975, la justicia de los herederos nos permitiera el privilegio de tratar con ese libro.
De entre los elementos que fascinan de la obra, el más notorio es la simbiosis de las voces; la autora pretende exponer el pensamiento de San Agustín sobre la naturaleza y notas del amor, pero mientras lo intenta deja escapar sus comentarios, sus apuntes; deja hablar al filósofo pero como ocurre con la antigua viola d’ amore, que tiene un encordado paralelo que directamente no suena pero acompaña la vibración de las cuerdas principales confiriéndole espesura y color al sonido y dilatando su reverberación, así ella impone una casi silenciosa segunda voz que deja plantado lo que piensa a la espera de recogerlo, más robusto y argumentado, en el capítulo de las conclusiones.
Apenas comenzado el libro nos refiere el principio agustiniano de la fase o sesgo temeroso del amor; primero cita directamente al santo: “nadie dudará de que las únicas causas del temor son, o bien la pérdida de lo que amamos y hemos ganado, o bien el fracaso en ganar aquello que amamos y en que hemos puesto nuestra esperanza”. Luego lo glosa deslizando algunos comentarios que conectan con la tesis central de Schopenhauer sobre el sufrimiento de la vida humana: “mientras el hombre desea cosas temporales, se encuentra constantemente bajo amenaza, y nuestro temor de perder se corresponde permanentemente con nuestro deseo de tener”. Finalmente, en el mismo período de la frase se desenlaza del lenguaje de Agustín e introduce su propia palabra, no sé si para refrendar o para meramente concluir; lo cierto es que lo dicho es una de las gemas que he encontrado en la obra; reza así: “ligados constantemente por el anhelo y por el temor a un futuro que es incierto, privamos a cada momento presente de su serenidad, de su intrínseca relevancia, que somos incapaces de disfrutar. Y así el futuro destruye al presente”.
La tesis de Schopenhauer de que nadie vive otra realidad que no sea la del presente, y que cuando alguien se refugia en el pasado o se fuga hacia el futuro no hace sino ahogar la existencia, se respira en el aliento que Arendt imprime a estas líneas.