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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl 20 de setiembre de 1870, hace 144 años, las tropas de la unificación italiana, dirigidas por José Garibaldi y conducidas en esa misión por el general Cadorna, abrían una brecha en la Puerta Pía de la antigua muralla Aureliana de Roma, invadiendo los Estados Pontificios, conducidos entonces por el Papa Pío IX. La ocupación de Roma vino a culminar el proceso de la unificación de la península italiana provocando en los hechos el final de los existencia de los Estados Pontificios lo cual fue ratificado por plebiscito, pocos días después, el 2 de octubre de 1870, cuando en proporción de más de 100 a 1 los habitantes votaron a favor de la anexión de Roma al Reino de Italia.
Pero este acontecimiento tuvo una trascendencia mucho más importante aún que la propia unidad italiana. Puesto que por encima de ello significaba, para el mundo todo, el fin del Estado Pontificio, como expresión de la soberanía temporal del Papado, luego de una existencia más que milenaria que le había permitido consolidar una tremenda influencia política a la par que espiritual sobre el mundo de su época.
Hoy podemos afirmar, casi sin riesgo de equivocarnos, que para nuestro país hubiera sido mucho más difícil conquistar la laicidad en el Estado, como ocurrió cuatro décadas después, en 1918, de no haber sufrido el Vaticano el impacto de esa derrota política y moral.
Por ello, quienes consideramos que la laicidad es parte integrante de nuestra identidad nacional, que la fortalece y la distingue en el concierto de las naciones, no podemos obviar, en cada 20 de setiembre, la mención y el emocionado recuerdo a la figura de José Garibaldi, conocido como el “Héroe de dos mundos”, por sus luchas y triunfos en Europa y en América.
Este formidable y romántico combatiente, apodado también “León de Caprera” en testimonio a su valor en el campo de batalla, trajo en el siglo XIX su espada de libertad y de justicia para ponerla al servicio de los americanos del sur que compartían sus mismos sueños, sus mismos desvelos y sus mismas esperanzas.
Su ejemplo y su acción fueron factores determinantes no solo para que Italia, su tierra natal, se unificara y liberara, sino además para que los hombres libres de entonces, para sí mismos, para los de ahora y para los que vendrán, pudieran dar un paso importante en la afirmación de la libertad de pensamiento.
Recordamos al guerrero indomable, pero también al caballero del espíritu quien, desde la profundidad de sus ojos azules, proyectaba la pureza de sus intenciones y la sinceridad de sus pensamientos de honda raigambre liberal y republicana. Garibaldi viajó por el mundo, en una suerte de cruzada personal al servicio de sus ideales, e hizo de su vida una canción de libertad para contribuir a lograr un mejor destino para esta, su patria adoptiva, para su amada Italia, y para toda la humanidad.
La presencia de este ilustre ciudadano del mundo en el Uruguay fue, además, un faro de referencia para tantos liberales del viejo continente que eligieron, motivados por su ejemplo, esta tierra como su lugar de lucha personal, pero también de refugio donde recalar en tiempos de tormenta, para criar a sus hijos y construir un porvenir.
Cuando Garibaldi partió de retorno a Europa, su espíritu permaneció entre nosotros para inspirar un futuro de libertad, de república y de laicidad. Por ello sentimos el deber de mencionarlo y reconocer su influencia en la conformación social de un Uruguay amplio y pluralista.
Tenemos también, como decíamos líneas arriba, el íntimo convencimiento de que, sin la gesta garibaldina de 1870, hubiera sido muy difícil conquistar la laicidad en tantas naciones, incluyendo la nuestra. Si bien no se puede hacer un análisis histórico de lo que no ocurrió, es muy difícil imaginar la separación del Estado y la Iglesia sin aquella que puso fin al poder temporal de los papas sobre Roma, generando una crisis que debilitó la influencia de la Iglesia en el mundo.
Se nos podría argüir quizás que esa es una fecha propia de los italianos y que no la debemos vincular con un análisis dedicado a nuestra realidad. Pero esa derrota del poder político del Papado constituyó un acicate importante para el movimiento laicista y, por ello, aquel 20 de setiembre ha sido recordado universalmente desde entonces como el Día de la Libertad de Pensamiento y más recientemente también como el de la Libertad de Expresión.
Como en tantas otras ocasiones en las que los hechos históricos han cobrado con el paso del tiempo una fuerza propia que superó las expectativas de quienes los promovieron, el gran significado de esa fecha y el papel fundamental de Garibaldi en el proceso, trascienden lo material y lo político y se adentran francamente en lo espiritual y filosófico.
Ulises Gastón Pioli