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    Gonzalo Aguirre Ramírez (II)

    Sr. Director:

    Gracias Gonzalo el Oso Aguirre por tus enseñanzas.

    Después de dos años en el Purgatorio, como él llamaba a la internación en que transcurrió el último tramo de su enfermedad, voló al Cielo Gonzalo el Oso Aguirre, exvicepresidente de la República, exsenador, maestro de maestros en el arte de las leyes y en el arte de la vida.

    Aquejado de una cruel enfermedad neurológica, progresiva e irreversible, doblemente impiadosa porque martirizaba a su cuerpo, pero para nada a su mente, que mantuvo su proverbial lucidez hasta el último día, decía el Oso que se sentía en el Purgatorio por la terrible ataraxia de la soledad y el olvido de muchos; y que al cabo de ese denso aburrimiento solo le quedaba morir, cosa que hizo este 27 de abril, a los 81 años.

    Miembro de una familia de rica prosapia, con una larga saga de prohombres de las leyes, el servicio público y el sentir nacionalista, recorrió Aguirre una trayectoria brillante y siempre ascendente, hasta su retiro por enfermedad y su declinación postrera.

    Veremos estos días y leeremos con fruición numerosos obituarios y panegíricos en su memoria, de plumas de alto vuelo. Todos enfatizarán en su preclara inteligencia, en su elevada estatura de jurisconsulto, en su carácter de político principista, en su elocuencia torrencial cuando hablaba de sus temas predilectos (política, historia, leyes, turf y otros deportes), en su veneración por la Constitución y las leyes, de las que conocía y recordaba, con minuciosidad de orfebre, hasta los vericuetos más recónditos.

    Así que quisiera llevar nuestro recuerdo del Oso hacia un territorio lejano y menos apologético, pero igual de entrañable: el de su juventud y nuestra infancia.

    Por los primeros años de la década de los 60 del siglo pasado, el Oso, a la sazón un joven y muy promisorio estudiante de Derecho, fungía como director técnico de los cebollitas y menores del club Trouville.

    Era un joven flacucho y fibroso, de breve estatura y muy chueco, todo lo cual le daba más el aspecto de jockey ?oficio que a él no le hubiese disgustado dado su amor por el turf ? que el de basquetbolista.

    La spalding de aquel tiempo parecía quedarle grande (los cebollitas casi no podíamos con ella), pero se daba, sin embargo, mucha maña para enseñarnos la técnica elemental del juego e introducirnos en sus tácticas.

    Algunas de sus lecciones nos resultaron inolvidables. El Oso nos enseñó el doble ritmo y a encestar “en bandeja”. Además de explicarnos la teoría, en forma doctoral, nos los demostraba personalmente. Pero a menudo ocurría que las demostraciones prácticas no le salían tan “redondas” como las teóricas y, por ejemplo, después de hacer el doble ritmo e intentar la bandeja, erraba.

    Nosotros, por supuesto, no podíamos disimular nuestras carcajadas y nos tentábamos de risa por largo rato. El Oso, que era de talante rápido, eufemismo de calentón, y muy exigente con sí mismo, se ponía rojo como un camarón. De sus pequeños ojos claros muy encapotados por unos párpados que siempre estaban a media asta, parecían saltar chispas. Pero se dominaba y no decía ni una palabra. Simplemente volvía a intentarlo hasta que lograba que su demostración fuera acorde con sus dichos.

    Nos enseñó también una técnica infalible para encestar los tiros libres. Consistía en apuntar al punto más cercano del aro, donde la caprichosa spalding anaranjada rebotaría levemente y se introduciría en el cesto. Como es imaginable, su demostración práctica fracasaba a menudo, con lo cual nosotros volvíamos a estallar en risas y pullas, y él a incendiarse en su furia contenida.

    Nos enseñó a marcar al rival como verdaderos cancerberos. “Párense frente al rival, más o menos a un metro, con las piernas abiertas también más o menos a un metro y nunca las crucen mientras estén marcando, porque si las cruzan el rival los eludirá inexorablemente”.

    Muchísimas cosas nos enseñó el Oso, porque era un gran estudioso y teorizador del juego. Pero, sobre todo, nos enseñó a competir lealmente, a respetar al adversario, a ser discretos y nunca jugar para la tribuna, a evitar las destrezas excesivas y los preciosismos adjetivos y a recordar siempre que en los juegos colectivos el protagonista es el equipo y que el lucimiento personal suele ir en detrimento del conjunto.

    Por supuesto, aquellas lecciones referían al deporte.

    Pero muy pronto advertimos que eran aplicables a todos los quehaceres de la vida.

    Así las aplicó siempre el Oso en su vida académica, en su actividad política y en el servicio público. Y en esos casos sí, por cierto, su soporte teórico y ético fue exactamente igual a su ejecución práctica; nunca falló en eso, como le ocurría con la caprichosa spalding. El Oso “decía lo que pensaba y hacía lo que decía.”

    No resisto la tentación, como cívico que soy, de referir un episodio que enfrentó el Oso con nuestro inolvidable líder Juan Vicente Chiarino, en un programa de TV, recién recuperada la institucionalidad, tras la aciaga dictadura.

    En una mesa redonda integrada por políticos de todos los partidos, moderada por uno de los grandes periodistas de entonces, el Oso lamentaba que tanto en las Conversaciones del Parque Hotel, como en el llamado Pacto del Club Naval, hubiese habido “sobrevolando o subyaciendo” un acuerdo tácito entre los militares y los interlocutores políticos, para sobreseer a aquellos de sus responsabilidades por abusos de poder cometidos durante su mandato, en compensación por la anuencia para celebrar las elecciones del 84 con la proscripción, eso sí, innegociable, de tres ciudadanos: Batlle, Ferreira y Seregni.

    Chiarino, que había sido un negociador incansable para llegar a la elección sin partidos excluidos ?a él se debe en buena medida que los militares aceptaran la comparecencia del FA? se sintió molesto y le pidió a Aguirre que rectificara su afirmación.

    El Oso hizo caso omiso e insistió con el tema de un acuerdo no explícito, pero subyaciendo o sobrevolando en aquellas conversaciones.

    Agotadas su paciencia Chiarino le espetó: “No sea pánfilo, Aguirre”.

    El Oso reaccionó tal como cuando nos entrenaba en cebollitas y fracasaba al demostrarnos cómo se encesta una “bandeja”. Se puso rojo y echó chispas por sus ojos encapotados. Sin embargo, se contuvo. Con buenos modales le pidió a Chiarino, quien ya era un hombre añoso, que no abusara de la impunidad que le confería su edad…

    Eran dos espíritus grandes.

    Como tales, rápidamente olvidaron el episodio y reanudaron su relación de colegas parlamentarios con la cordialidad y el afecto recíproco de siempre,

    Tenía ciertas peculiaridades el Oso, que bien podrían considerarse paradojales.

    Había sido formado en el colegio Elbio Fernández, de orientación agnóstica, entre hijos de familias de lo que se llamaba “libre pensadores”. Fue, no obstante ello, un católico practicante al que se lo podía ver, domingo a domingo, en la misa de Las Esclavas, con su señora esposa o solo cuando quedó viudo.

    Sin perjuicio de su catolicismo, nada de lo humano le fue ajeno al Oso. Fue amante del turf, gustó de participar de largas tertulias con amigos, bien regadas de whisky, aunque solía decir que el alcohol nunca le impidió ejercer sus responsabilidades con puntual eficiencia; no rehuyó tampoco de la noche y sus atractivos ni de los juegos de azar y sus vicisitudes.

    Pero siempre hizo todo como nos enseñaba a jugar al básquet, con discreción y respeto, con honestidad y decencia.

    Como evidente comprobación de estos asertos, baste saber que proviniendo de una familia acomodada y habiendo ocupado los más altos cargos a que un ciudadano puede aspirar, el Oso Aguirre terminó sus días sin holgura económica y con una situación que, para su estatus, podría adjetivarse de precaria.

    De aquella generación de cebollitas de los tempranos 60 solo un jugador, que yo recuerde, llegó a la primera división: Alejandro Nin.

    Era Alejandro un superdotado del deporte, uno de esos tipos capaces de destacarse en el básquet (se aburrió de ganar campeonatos), en fútbol (fue campeón sudamericano de fútbol universitario) y se hubiese destacado en tenis, en rugby, en saltos ornamentales, en ping-pong, en golf o en lo que se hubiese propuesto jugar, porque era de esos elegidos que parecen entender y practicar los deportes con una destreza prelógica por completo inexplicable.

    Cuando el Oso trataba de enseñarnos algo, alguna jugada preconcebida, alguna nueva táctica o simplemente corregir nuestra forma de tirar, marcar o pasar la pelota, después de repetirnos incansablemente sus expertos consejos y demostrarlos (con o sin acierto) si veía que aun así no lo entendíamos, nos decía: “Miren, ya que no me entienden, voy a ser más claro. ¡Hagan exactamente lo que hace Alejandro!”.

    Seguir ese modelo era la garantía de asegurarse que haríamos lo mejor posible.

    Hoy, que el Oso ha partido, quisiéramos nosotros, parafraseando su consejo de que hiciéramos como Alejandro, decirles a todos los políticos que quieran obrar bien, con ecuanimidad y justicia, con rectitud y sabiduría, pensando más en el país, en la sociedad, en el bien común que en el propio: ¡Hagan como Gonzalo Aguirre!

    Gracias Oso por tus enseñanzas.

    ¡Que tengas paz!

    Álvaro Secondo Escandell

    CI 1.174.509-9