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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEscribo estas líneas en agradecimiento a todos aquellos que se interesaron con verdadero cariño por la salud de Gustavo Magariños en sus últimos días y que, con posterioridad a su muerte, escribieron reseñas sobre su persona o enviaron mensajes de condolencias. Entre ellos figuran expresidentes de la República, exvicepresidentes, exministros de Estado y destacadas personalidades de nuestro país. Todos resaltan la trayectoria de Gustavo como diplomático, como deportista y como hombre de bien.
Gustavo Magariños fue un embajador de la República e hizo respetar al Uruguay tanto en las relaciones bilaterales como en la arena internacional. Su profundo conocimiento de los temas inspiraba en sus interlocutores admiración y respeto y, a veces, un temor reverencial. Era un hombre de carácter firme, un hábil negociador y era de una honestidad incorruptible. Si quien venía a negociar por Uruguay era el embajador Magariños, ni Itamaraty, ni el Palacio San Martín, ni la Comunidad Europea ponían un equipo de segunda. Era capaz de destrozar, al punto de ridiculizar, a un oponente técnicamente inepto.
Tenía una personalidad fuerte y un carácter que podía resultar provocador. Rezongaba siempre, juzgaba con rigor y no soportaba la mediocridad. Quienes lo conocíamos de veras sabíamos que esa fachada escondía un alma generosa, dispuesta a todo y leal a prueba de fuego. Escondía también un peculiar sentido del humor. Una vez fui a recibirlo al aeropuerto del Callao en Lima, donde yo residía. Él llegaba junto a una delegación uruguaya y salió platicando animadamente con un señor. Lo abracé con afecto y me preguntó señalando a su interlocutor: “¿Conocés a este?”. “No”, le contesté. “No te perdés nada”, me respondió y siguió caminando. Era el ministro de Agricultura que, por suerte, resultó ser un querido amigo que lo conocía muy bien.
Gustavo Magariños tuvo grandes logros como embajador y era reconocido en círculos académicos y profesionales como una autoridad en materia de integración económica en toda América Latina y fuera de ella también. Pero él decía que todo eso no era nada y que él sería recordado como un basquetbolista. Nunca tomé ese comentario muy en serio. Sin embargo, a la hora de su fallecimiento, constato que las instituciones que le rindieron los mayores y más respetuosos homenajes fueron el club Trouville y la Federación Uruguaya de Básquetbol.
A mediados de diciembre 2013, y tras un chequeo médico, se le detectó un problema grave de salud que acabaría con su vida en menos de un mes. Encaró el mismo con la calma, valentía, dignidad y lucidez que le eran propias. Nos dio así —hasta su último suspiro— una verdadera lección de cómo enfrentar los desafíos de la vida, mismo aun ante el inexorable e implacable destino de toda persona.
Quería hacer partícipes de estos hechos a quienes apreciaban a Gustavo y hubieran querido acompañarlo en sus últimos momentos, con los siguientes propósitos:
A los que fueron sus amigos, colegas y discípulos en el mundo diplomático y de las negociaciones comerciales internacionales, para asegurarles que Gustavo encaró su última negociación con la misma dureza, con la misma serena firmeza que siempre lo caracterizó. Fiel a su estilo, no demostró temor y supo hacerse respetar aun ante la muerte.
A los hinchas de su querido Trouville, para que sepan que el viejo y legendario capitán dio su último paso con la misma convicción y la misma guapeza con las que lideró a los rojos a la victoria.
A mis hijos y mis sobrinos, que llevan su sangre, para que no olviden nunca la clase de Hombre que fue su abuelo.
Gonzalo Pérez del Castillo
CI 1.041.004-3