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    Hablando de décadas perdidas

    N° 1853 - 04 al 10 de Febrero de 2016

    En estos días Inac hizo pública su estimación de faena vacuna para 2016, situándola en 2.2 millones de cabezas, lo que prácticamente representa idéntica cantidad que la registrada en 2015. Pero lo que llama la atención es que se completa una década entera de reducción de la faena. En efecto, en 2006 se alcanzó el máximo histórico superando los 2.6 millones de cabezas, para luego caer hasta debajo de los dos millones en 2013, y ahora esto: estabilizarse en 2.2 millones.

    Si se analiza este comportamiento en un horizonte más extenso, surgen elementos difíciles de explicar.

    Nuestra ganadería mostró un período muy extenso de estancamiento, al menos desde 1935 a 1990. La faena del período 1969-1990 se mantuvo prácticamente estancada (crecimiento de 0.2% anual), con un comportamiento marcadamente cíclico de seis años. Luego de 1990 se inicia una fase de crecimiento hasta 2006, donde se alcanzan los 2.6 millones de cabezas y se terminan los ciclos; solamente se ve alterado este fuerte crecimiento por el brote de aftosa en 2000 y 2001. Durante todo ese período la faena creció al 2.8% anual. Este dinamismo es extraordinario, no solo en la comparación histórica, sino que incluso los es en la comparación internacional, y trajo, entre otras cosas, una fuerte inversión extranjera en la industria frigorífica. Una materia prima que crece a esas tasas resulta un llamador muy fuerte a la inversión industrial.

    Y luego, después de 2006 cae irremediablemente, a una tasa del -1.7%, el peor registro de la historia; nunca hubo una década de caída de esa mangnitud. Es decir que en el período de mejores precios de exportación, la faena vacuna uruguaya se estancó, o más bien cayó en 400.000 cabezas. El promedio del período 1984-2005 fue de U$S 1.452 por tonelada peso carcasa, mientras que en el período 2006-2015 alcanzó los U$S 3.243 por tonelada peso carcasa, es decir que más que se duplicó. ¡Cuánto dinero perdió el país con este cambio de tendencia en los volúmenes exportados y los precios!

    ¿Qué puede explicar este comportamiento tan incomprensible? Hemos atravesado un período extraordinario en materia de precios de todos los commodities, pero la producción de carne vacuna se contrajo.

    Se aduce permanentemente que la expansión de la agricultura sustrajo un millón de hectáreas de suelos de la mejor calidad, y con ello se entiende que basta y alcanza para quedarse satisfechos y continuar hablando de los éxitos de la ganadería uruguaya.

    Pero si se analiza la productividad por hectárea ganadera, es decir, si se excluye el área agrícola, nos encontramos con que esa productividad prácticamente se duplicó entre 1990 y 2006, y a partir de ese año se estancó en los niveles de 2006. En el mejor de los casos, dejó de crecer.

    Esto permite descartar que la explicación venga por el lado de la superficie cedida a la agricultura, y todo parece indicar que se relaciona con una parálisis o retracción de la inversión en ganadería. Eso se puede evidenciar en la evolución de los mejoramientos forrajeros, que cayeron desde los 2.7 millones de ha en 2006 a 2.3 millones en 2014 (último año en que hay cifras disponibles de Dicose).

    Todo parece indicar que se conformó un clima de negocios adverso para la ganadería derivado de un conjunto de políticas públicas que afectaron no solo la rentabilidad del rubro, sino que —tal vez lo más grave— afectó las expectativas en tanto aumentó la incertidumbre en cuanto al comportamiento de esas políticas públicas, por las constantes amenazas de modificación de la tributación, la intervención en los mercados, la alteración del régimen de exportación de ganado en pie, etc.

    Todos estos factores pudieron más que los excelentes precios registrados, la abundancia de financiamiento a bajo costo, el aumento de la capacidad instalada industrial y el incremento del precio de la tierra que siempre opera como promotor del aumento de la productividad. Durante todos estos años se habló de aumentar la imposición al agro (y en muchos casos se llevó a cabo), se habló de intervenir en los mercados, con el “asado del Pepe” o con la alteración del régimen de asignación de la cuota Hilton, y se hizo un manejo absolutamente irresponsable de los certificados sanitarios para la exportación de ganado en pie, transformando este mercado en totalmente incierto y burocrático.

    La ganadería es una actividad de ciclo largo, que requiere garantías de estabilidad de normas, de certezas, y eso en este último período no existió. Más en un país donde tradicionalmente se la discriminó para financiar operaciones de “desarrollo” promoviendo actividades carentes de competitividad, con el más absoluto fracaso, y esa historia opera como “recordatorio” en los cálculos del empresario.

    Esta década perdida no muestra señales de revertirse. Los precios ya no son los mismos, el financiamiento tampoco, y la inestabilidad de reglas parece continuar. ¿Habremos vuelto al estancamiento?

     

    (*) El autor es ingeniero agrónomo y consultor privado