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    Haciendo boca

    La polémica de las encuestadoras, parte II

    En la primera parte de esta apasionante polémica nacional sobre las encuestadoras, manifesté mi posición contraria a la teoría popular que adjudica una premeditación maquiavélica por parte de quienes están al frente de estas empresas, y que con sus números —según la teoría popular— intentan manipular las elecciones. Esgrimí tres razones al respecto, razones que no voy a repetir porque Paolillo se daría cuenta de que le estoy haciendo la misma columna dos semanas consecutivas.

    Agrego una cuarta: casi no creo en las teorías conspirativas. Creo mucho más en la ineficiencia, que es más real, palpable y omnipresente en nuestras vidas cotidianas. Si es por inferir al boleo, infiero la presencia de la ineficiencia como motor oculto de gran parte de los acontecimientos, lo hago por regla general en el mundo, y en Uruguay más. Incluso a veces algo que empieza con un pequeño acto de ineficiencia termina en sendas mamushkas de ineficiencia para tapar la ineficiencia anterior que intentaba tapar la anterior, y así, lo que en principio era una simple mancha de café en el sillón genera una cadena de impericias sucesivas que terminan con una vecina descuartizada y enterrada en el jardín. La teoría conspirativa, no hay por qué negarlo, es atractiva para nuestro cerebro constructor de narraciones, devuelve más placer, es un terrón de azúcar autocomplaciente que nos regalamos a nosotros mismos por haber descubierto los supuestos hilos ocultos del aparente truco; pero atribuir hechos a las intenciones maquiavélicas, de uno o más individuos, perfectamente coordinadas y pensadas, es subestimar a dos fuerzas de la condición humana: la ineficiencia y la estupidez. Juntas explican el 90% de las cosas que suceden en la vida. Siempre hay que ponerle una fichita a la estupidez y otra a la ineficiencia, se los dice alguien que cuenta con esas destacadas características y las reconoce de lejos.

    El accionar del sordo González aquel domingo de octubre era el de un individuo abrazado a su propia ineficiencia en forma de 44% (el último 4 se lo tuvieron que sacar con espátula), negando la realidad todo el tiempo que pudo, que fue como hasta las 22:30, tironeando de los decimales como un niño lo hace de la manga de la madre al notar que los brazos de un tercero lo apartan de su tibia seguridad. Una escena terrible que nadie querría protagonizar. Y si quedaba alguna duda de que el origen fue la ineficiencia, el mea culpa de ese gran caballero que es el Sordo González (a no confundir: el sordo es un hidalgo, el sordo le ganó a la vida) terminó confirmándolo. Días después pidió perdón y reveló que a él le dolía mucho su error porque no solía tenerlos, es el problema de los perfectos, sufren horrible cuando la pifian, pobres; después dio dos causas posibles de la catástrofe, una más indulgente que la otra, que habían surgido de una ardua sesión de autocrítica colectiva. La primera fue que en la última semana muchos ciudadanos habían cambiado su voto (negación de la realidad 1: nosotros no nos equivocamos, cambió todo justo en la semana en la que no hicimos encuestas), y la segunda fue que desde su empresa no habían sabido interpretar el cambio velocísimo del votante uruguayo (negación de la realidad 2: parece que el uruguayo cambia tan rápido que se hace imperceptible y termina votando igual que la última elección). La directora de Cifra le dijo a la agencia EFE algo más insondable aún: “pensamos que el votante uruguayo era más moderno”. Es como que ante la tragedia de Chernobil el gobierno soviético hubiera dicho “pensamos que el ucraniano era más resistente”.

    Lo lindo que tiene esta polémica es que ninguno de nosotros sabe explicar con certeza por qué votamos lo que votamos como colectivo, pero todos tenemos una opinión al respecto. Es una discusión inagotable y al alcance de todos, la polémica perfecta.