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    Haciendo boca

    Creo que como sociedad nos está costando un poquito asumir las consecuencias de nuestros actos. Ojo, no quiero que se enojen con lo que voy a decir (¡ahí está! ¿qué es eso de “no quiero que se enojen con lo que voy a decir”? justificarse al tiempo que se intenta anular las consecuencias de las acciones), que no se mal entienda, con todo respeto (siempre que alguien empieza diciendo “con todo respeto” atrás viene una descalificación espantosa, lo sabe cualquiera, hacemos trampas permanentes para evitar los efectos de nuestros actos), la verdad es que como sociedad tenemos la madurez mental de un niño de 3 años. Lo dije. Y espero que esto no dañe nuestra relación lector-columnista.

    Ese es el nivel de madurez social que tenemos: queremos aumentar los salarios y comprar todo lo que nos pongan enfrente pero que no haya inflación, queremos llenar el parque automotor y que no haya accidentes de tránsito y que siga habiendo estacionamiento, queremos que Occidente arregle el problema en Siria pero sin intervenir ni dañar la autodeterminación de los pueblos, queremos perros sin que las calles queden minadas de soretes —no nos hacemos cargo de nuestras propias cagadas, mucho menos de las de nuestro perro que están tibias—, queremos tener un millón de motos y que nadie se muera. Ah, queremos que nadie se muera, esa es otra, así, lisa y llanamente, que nadie se muera. Queremos inversiones pero sin exoneraciones impositivas para esos maldición de malinche multinacionales que vienen a expropiar nuestras riquezas, que dejen la guita porque nos conviene a nosotros nomás. Y de postre tenemos a los docentes que quieren que les demos el 6% del PBI y un aumento del 60% en salarios ya, sin chistar, sin evaluaciones, sin contrapartidas, sin paz sindical, sin que nadie les sugiera nada sobre el rumbo de la educación, y después de darles lo que piden quieren que nos mostremos agradecidos y les reconozcamos que son el colectivo más digno y noble de esta sociedad. Eso es lo que entienden los docentes por “negociar” y “apertura al diálogo”. Entonces, cuando reciben otra cosa un poquito distinta a sus exigencias-expectativas, responden: “¿pero cómo?, ¿dudan de mi vocación de docente? ¡hijos de puta vengan ustedes a vivir con mi sueldo y dar clases! ¿en este país uno no se puede cagar abiertamente en el decreto de esencialidad e insultar en la cara a las autoridades sin que le apliquen sanciones?, ¿y tampoco se puede fogonear una ocupación estudiantil del Codicen con Irma Leites y el sindicato del taxi sin que lo desaloje la policía de pesado al quinto día?, ¿qué es esto, una dictadura?”.

    Me mojás la oreja, me tocás el traste, me pellizcás bien finito la entrepierna, me raspás la mano hasta hacerme la tortura china que se hacían los botijas en la escuela durante la guerra fría, te largás un eructo de yogur de ananá y me lo soplás en la nariz, te tirás un pedo al lado del ventilador que está enfocado hacia mi cara y me lo fumo en forma de vientito, hasta que un día te revuelvo las muelas de un guascazo, te saco a patadas de mi casa y me pago un 222 para que me viche la puerta, y vos me mirás como diciendo ¿pero qué hacés, violento, pachequista, miliquero, no sos progresista vos, cómo vas a actuar de esa forma así, en contra del débil, no ves que soy un laburante?, te fuiste al carajo, pasaste la línea de la caballerosidad y de los derechos humanos”.

    Nuestro comportamiento colectivo corresponde al de un botija de 3 o 4 años. Un poco más crecido ya empieza a entender cómo funciona este asunto de las acciones y las consecuencias que ellas acarrean, por eso trata de mentir involucrando a su hermano menor o al perro en los sucesos contraproducentes.