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    Haciendo boca

    ¿A usted qué le parece más conveniente desde el punto de vista político: estar del lado de 1) los latinoamericanistas revolucionarios que no se dejan avasallar por el imperio y su manipulación de las oligarquías locales que derrocan presidentes democráticos con maniobras espurias dentro de la Constitución pero sin el debido proceso, avasallando así toda seguridad jurídica fundamental para la democracia, o estar del lado de 2) los cipayos anti(s)patria(s) que toleran esos atropellos normativos repletos de prepotencia golpista contra el interés de los pobres pueblos libres latinoamericanos saqueados durante 500 años por diferentes imperios? Mi olfato popular me dice que para cualquier político que quiera seguir cayendo simpático en el mundo de la izquierda emocional, es mejor encolumnarse en la primera opción.

    Segunda pregunta opcional: ¿A usted que le parece más conveniente desde el punto de vista político: una postura de a) respeto a los procesos jurídicos, los estatutos y las normas que protegen la institucionalidad de los acuerdos latinoamericanos, o b) el respeto a las simpatías y la unión de gobiernos amigos ante un enemigo implacable que algo estará tramando y para el que hay que estar preparado más allá de las frías condiciones jurídicas que pueda establecer un papel firmado por gente tan antipática y pasada de moda como Wasmosy, Lacalle, Menem y Collor de Melo? En este caso, la respuesta más adecuada para un político de izquierda sería la b.

    Con algunos cambios en la redacción de las preguntas, invirtiendo su carga valorativa, obtendríamos el resultado contrario (2 y a) en caso de que usted fuera un político del otro lado del cuadro. Ambas respuestas no podrían ir juntas (ni 2 y a, ni 1 y b) en ningún encuadre con cierta lógica, son incongruentes desde una visión mínimamente racional; si se defiende una postura no se puede defender la otra. Uno no puede estar a favor del estricto respeto institucional en un caso, castigando desde la voz de la dignidad a quien asumió una actitud tramposa en lo jurídico, mientras en el otro caso, cuando acarrea beneficios políticos para uno y sus amigos, opta por justificarlo y festejarlo como si se tratara de un gol. ¿Pero a quién le importa la lógica? Si hay una disciplina en la que el pensamiento no genera réditos, esa es la política. Nuestro instrumento fundamental democrático se ha transformado en un show para energúmenos que cantan abajo de una bandera de espaldas a la cancha, con líderes que fomentan ese canto simplista porque es la llave mágica para justificar cualquiera de sus acciones y mantener así el cariño de su tribuna.

    Esa realidad nos devela otra realidad, más profunda aún: la autoridad moral no existe, gracias a Dios (no nos olvidemos que Dios estableció en su noveno mandamiento “no desearás a la mujer del prójimo” dentro de los pensamientos impuros, y mil años después embarazó a la mujer de José, capaz que fue sin desearla, pero andá a explicarlo en el barrio si sos José). Lo que les exigimos a los demás desde el punto de vista moral siempre es más estricto que las exigencias que nos ponemos a nosotros mismos y a los que nos caen en gracia (nadie nos cae más simpático que nosotros mismos); por eso la autoridad moral no existe, es una mentira social. Jamás respaldamos con nuestras acciones las exigencias éticas que tenemos para los demás, y todos nos creemos mucho más dignos de lo que somos, de puro autoindulgentes.

    Esto es a lo que yo le llamo: una columna rebosante de dignidad.