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    Haciendo boca

    La Historia cuenta que el Ser Humano le ganó la Batalla Final por el mando del Planeta a su actual amigo, el perro, luego de descubrir lo que vendría a ser la kriptonita de su antiguo rival. No hay mucho que explicar, todo se resume en el gesto de hacer gancho con los dedos e impedir de manera instantánea la evacuación intestinal del can. No existe en el mundo un elemento de dominación, de una especie sobre otra, más fuerte que ese. El perro sabe que lo tenemos en un puño, que no tiene chance de superarnos como especie, tenemos el poder que provoca su estreñimiento inmediato.

    A partir de ese quiebre histórico, el perro decidió ponerse bajo nuestra égida y dejarse domesticar (a diferencia del lobo, un gil que prefirió seguir salvaje y así le va), para encontrar su lugar en el mundo y hacerse conocer, con el correr de los siglos, como el mejor amigo del hombre. ¿Por qué es nuestro mejor amigo? Por su condición de gran alcahuete, lógico; nada le gusta más al ser humano que tener alcahuetes, es una pasión inherente a la especie. No sabemos si en el resto del reino animal se da este vicio conductual, en los dibujitos animados que tienen animales como protagonistas aparece la figura del alcahuete, pero estamos ante la presencia de un gesto hijo de la humanización de los personajes fabulescos. Es harto conocido en el mundo científico —e incluso en el bajo mundo del populacho—, que una de las razones por las que el Homo Sapiens se terminó de erguir y adoptar una postura erecta más pronunciada, fue la necesidad de mirar a sus alcahuetes desde una altura un poquito superior a la que detentaban el anterior Homo Erectus o el Homo Hábilis.

    En el caso del perro se da una relación ideal, la simbiosis perfecta entre quien recibe los halagos y fiestitas del alcahuete y el alcahuete propiamente dicho que exagera su devoción hasta lo inverosímil. Hay que argumentar, a favor del perro, que es un buen alcahuete: cumple su función sin pedir demasiado a cambio, apenas agua y unas pastillitas alcanzan para conseguir su pleitesía eterna. Y es entretenido como alcahuete, tiene inventiva, es enternecedor, además de manejar, en algunos casos, cierta picardía (muy dosificada ya que el perro sabe que uno de sus más fuertes encantos radica en la estupidez, de la que hace gala la mayor parte del tiempo).

    La victoria, tardía e impensable, que está consiguiendo el perro desde su condición, la podríamos rotular con el nombre del recordado personaje de Molière: Tartufo; aquel alcahuete que traspasó los límites del universo del alcahuete para transformarse en alcahueteado por su propio objeto inicial de sobregirada devoción, invirtió la ecuación y consiguió que el rey viviera en función de él. Pues bien, hoy vemos por todas partes el “Síndrome de Tartufo”: muchos amos viven en función de su perro. Es el triunfo del alcahuete. Es cierto que no te conduce un programa de deportes como los alcahuetes que tiene Paco, pero así y todo el perro gana terreno en nuestra sociedad a una velocidad impactante. He visto perros que almuerzan en las faldas de sus amos, o son operados por miles de dólares, o son llevados al psicólogo canino (ignoro si es otro perro con esa capacidad el que lo trata o es un humano que cortó camino para el objetivo final: el engaño), o eligen el sitio para las vacaciones de la familia.

    El perro se ha ganado uno de los lugares más cómodos para cualquier especie. No trabaja, no tiene que salir a conseguir su comida, le dan techo, y cada vez gana más espacio en la consideración y la vida cotidiana. Todo eso por su gran desempeño como alcahuete. Una verdadera lección de vida.