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    Haciendo boca

    La semana pasada estuvo otra vez uno de estos de la ONU que cada tanto vienen a pegarle una vichada a nuestras cárceles y nos relaja toditos. Dijo que se mantiene la emergencia carcelaria, que son inhumanas, inhóspitas, y no sé cuánto más.

    No nos puede volver a suceder algo así. Hay que tener lindo el penal para cuando vienen visitas. Como yo estoy para construir y no para destruir, doy paso a mi manantial de ideas. ¿Qué se puede hacer cuando llega algún integrante de la ONU a ver nuestro sistema penitenciario? Se agotan las cárceles que vaya a visitar y se ponen extras adentro, actores baratos que ni siquiera deben ser profesionales, extras, para que no vengan a hinchar los quinotos con eso de que están mal y nos deje pegados por el mundo como si acá no se apostara por la rehabilitación de los presidiarios. Se puede optar por gente linda como la que aparece en las propagandas de café con leche, y aprovechamos para darle un clima más familiar: el botija que juega a la pelota, la mamá que prepara las tostadas, el papá que se levanta de su módulo y dice “estoy llegando tarde a la audiencia con el juez por mi pedido de gracia, mmm, qué olorcito a café”, etcétera. Con eso el gil de la ONU se va loco de la vida. La otra es meter una alfombra gigante y barrer todos los presos para abajo y que algunos pocos queden encima de la alfombra, los más presentables, digamos, para saludar al gil de la ONU y que no sospeche.

    Los presos deberían acceder gustosos a ser cómplices del truquito porque se hace por el bien del país, si no, nos van a volver a sacar el Investment Grade, o algo peor todavía que no quiero ni decir (principalmente porque no se me ocurre). Lo primero que debe hacer un preso para rehabilitarse es demostrar interés por la sociedad que integra, y ese gesto lo estaría probando.

    En el gobierno anterior del FA —dicen— llevaron a uno de estos de la ONU a un Comité de Base y le hicieron creer que era un penal modelo, con la mala suerte de que al tipo le pareció horrible y declaró que nadie podía vivir en esas condiciones penosas e inhumanas con luces de tubolux que no enganchan bien y andan titilando, obligados a doblar listas todo el día o pegar afiches amarillentos (“del mismo color que sus dedos”, acotó el experto), y escuchando esa música horrible que seguro las autoridades del penal utilizan como tortura psicológica (se refería a Viglietti).

    Como principal dificultad para combatir el hacinamiento, aparece una estadística preocupante: se suman, por año, entre 600 y 650 reclusos nuevos a nuestro sistema carcelario. Uno lo piensa y se impresiona: 650 por año… son como 53,42 presos nuevos por mes, ¡1,78 presos nuevos por día tenemos! ¡0,07 presos más por hora! Ta, no es tanto al final, visto desde esa perspectiva: 0,07 presos más por hora no angustia a nadie. ¿Vieron cómo es cuestión del lugar en el que uno ponga el foco en los números nomás? No nos podemos preocupar por 0,07 recluso más por hora, al final las estadísticas son bajísimas, no sé qué tanto escándalo. Mejor lo tratamos en marzo.

    El gran problema de nuestras cárceles, entonces, no es ni el espacio, ni la infraestructura, ni la cantidad de reclusos que se suman a la población carcelaria; el problema es el transcurso del tiempo. De no haber pasado tantos años, no estarían sobrepobladas y destruidas. ¿Me explico? Hay que detener el transcurso del tiempo y listo, ese es nuestro verdadero enemigo, hace rato lo vengo diciendo.

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