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    Haciendo boca

    Cosas que me sorprenden del matrimonio gay y sus repercusiones.

     

    —La primera: no entiendo tanto afán por la legitimación institucional más rancia de parte de un grupo que al mismo tiempo se autoproclama liberado de toda atadura y lo propone como modo de vida.

     —La segunda (vinculada a la primera): ¿no notan los gay que casi todo el resto que ya gozaba de ese derecho y lo ejerció viene disparando de ahí, huyendo, y pidiéndole a amigos que le digan a un juez que se puteaban en público y se odiaban con su esposo/a para ponerle fin a ese privilegio adquirido? Los gay están llegando a una fiesta, locos de la vida, eufóricos por arribar al lugar donde se promete la felicidad con carteles de neón, y no se dan cuenta que la gente que sale de ese mismo sitio corre en el sentido opuesto vociferando nuncamáses y aminomegarrandenuevos, o en silencio y cabizbaja, con cara de haber pasado los peores momentos de su vida.

    Mi sospecha es que ellos suponen que el matrimonio no funciona entre heterosexuales nomás, que la gente de diferente sexo no es compatible y punto. Sin duda un error de principiantes. El problema no es de sexo, ni siquiera es de especie, el casamiento (y su convivencia en pareja ad eternum por añadidura) es un invento perverso del ser humano que ni las tortugas logran sostener. Hace tiempo leí una noticia que nunca olvidaré: “Tras 36 años de convivencia, dos tortugas gigantes fueron separadas porque ya no se soportaban”. ¡Dos tortugas!, sin guita de por medio, sin cuentas a pagar, sin hijos tortuga que mandar a escuelas de tortugas en las que ambas partes tortugas se pongan de acuerdo, sin familias tortugas que se juntan en cenas de fin de año de las tortugas, sin cumpleaños de los hijos tortuga que festejar, sin tortugas patas de bolsas que mandan sms incriminatorios, etc. Pésimo invento el de la convivencia en pareja; llámenle matrimonio o de la forma que gusten, pero le erramos como humanidad, para la próxima ya sabemos. Los que no saben son los gay, que andan contentísimos.

     —Otra que me tiene azorado: la gente que lucha fervorosamente en contra de que los gay puedan casarse, haciendo referencia a que se pervierte la palabra matrimonio, que significa: unión entre hombre y mujer. ¿A quién le importa que se pervierta la palabra matrimonio? Por mí que se abandone a las drogas y se junte con otras palabras pervertidas como “exhibicionista”, “becerro”, o “garito clandestino” la palabra matrimonio. Si se puede dejar a un grupo de gente contenta con solo permitirles que se casen, pues bienvenida sea una felicidad tan barata; vamo arriba, no giliemos como sociedad.

    —Peor los que se oponen al matrimonio gay porque les facilita la adopción. Amigos: la familia es un infierno en sí misma sin importar cuál sea su composición; da igual si hay un hombre y una mujer, dos hombres, dos y una, 7 y 3, una mujer y un tatú mulita, o un equipo de waterpolo que le dio por criar un hijo. En cualquier caso el pequeño individuo está regalado, desguarnecido ante las miserias y locuras de sus progenitores, de procedencia natural o burocrática.

     —Me extraña sobremanera que los gay se lleven tan mal con los del Opus Dei. Tienen tanto en común: la desmedida necesidad pro-institución legitimadora, la tendencia a juntarse entre ellos, la constitución como grupo de poder influyente, y fundamentalmente un tema que los une en cualquier conversación: el sexo anal. Todos sabemos que tanto el gay como la muchacha del Opus que aún no se casó —y por lo tanto también su pareja— practican ese tipo de sexualidad; uno por necesidad, la otra por engañapichanga, por hacerle la mosqueta a Dios, digamos. No sé por qué no aprovechan las coincidencias y hacen buenas migas.