Nº 2124 - 27 de Mayo al 2 de Junio de 2021
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáSegún reseña Delfín Carbonell Basset en su Diccionario Panhispánico de Refranes, la expresión predicar con el ejemplo se refiere a que “uno debe hacer lo que quiere que hagan los demás”. La contracara de esa expresión la cantaba el maestro Ruben Rada en su espectáculo Rada para niños, cuando burlándose del doble discurso de los adultos decía en una de sus canciones: “Haz lo que yo digo, no lo que yo hago”.
Es entendible que todos estemos hartos de las “normas” que nos ha impuesto la pandemia: encierro, mínimos contactos sociales, desconexión de muchos niños y jóvenes del sistema educativo, pérdida de empleos a mansalva y un aumento brutal de la incertidumbre sobre nuestro futuro inmediato y en el mediano plazo, entre muchas otras cosas. Todos venimos de un año y pico de todo eso y salvo aquellos que en su lectura de los hechos “descreen” de esos mismos hechos, casi todos hemos venido haciendo un esfuerzo muy importante para minimizar el impacto de esas limitaciones, al tiempo que intentamos cumplir con todo aquello que se nos pide desde ámbitos técnicos y políticos.
El problema, que ya es enorme y que nos tiene en el peor instante desde marzo de 2020, se agranda un poco más cuando quienes dicen qué cosas debemos hacer, no hacen eso que dicen que hay que hacer. Es decir, no predican con el ejemplo, no hacen lo que quieren que hagamos los demás. De por sí es difícil para muchos sostenerse en medio de las limitaciones, mucho más difícil cuando los “responsables” se muestran exactamente como lo contrario, como irresponsables. ¿Quién va a hacerle caso de acá en más al ministro Salinas (quien por cierto ha realizado una gestión más que encomiable) cuando se presenta en el velorio del ministro Jorge Larrañaga y no respeta la mitad de las normas con las que su ministerio viene insistiendo? No solo por la falta de autoridad moral para reclamar nada a quien no cumple, sino porque cuando no cumple con esas reglas está dando a entender que se pueden hacer excepciones a voluntad. Si eso lo hacen las autoridades, ministros, representantes, etc., ¿por qué debería la ciudadanía comportarse de manera distinta?
Quienes leen estas columnas saben que no soy partidario de encierros extremos, especialmente en países tirando a tercermundistas como el nuestro: destruyen la economía por completo, ponen en evidencia la debilidad del Estado, dan lugar a toda clase de abusos de poder, especialmente hacia los más débiles. Para que funcionara el delicado equilibrio que se venía haciendo entre el cierre de sectores y mantenimiento de otros así como un cierto control sobre el número de casos, eran necesarias todas las explicaciones posibles sobre por qué se hacían las cosas como se hacían. Eso no ha resultado convincente en los últimos meses: si se apuesta por medidas que corren el riesgo de ser vividas como injustas por la población (abro shoppings, sigo cerrando otros sectores), conviene explicitarlas en serio, con todas las consecuencias filosóficas y prácticas que tienen detrás. De lo contrario, es difícil que la gente las asuma y las ejecute.
Pero además, para que terminen de ser internalizadas por la población deben ser visibilizadas por las autoridades y por aquellos que, se supone, mejor nos representan. Si desde arriba se plantea un set de reglas a seguir, los de arriba deben ser los primeros en seguirlo. De lo contrario, el mensaje que se quiere transmitir se debilita, ya que toma la apariencia de ser totalmente discrecional. Estirando las cosas un poquito más, con la autoindulgencia que muestran las autoridades, lo que se le pide a la población pasa a tener el aroma de la impostura: ¿por qué debería seguir unas reglas que los políticos, que son quienes las reclaman, no respetan?
Es sabido que los políticos no salen de adentro de un repollo y que, por lo general, no son muy distintos de aquellos que los votan. Es decir, si tenemos una población que viene demostrando no darle excesiva pelota a lo que se le pide que haga, ¿por qué debería ser distinto con los políticos?: casi todos son de Peñarol, Nacional o algún otro cuadro, casi todos saben hacer un asado, casi todos viven en familia, casi todos tienen opiniones sobre el mundo y las cosas que no son muy distintas a las de sus votantes. De hecho, es por eso que se los vota, especialmente en democracias de mercado y cada vez más indentitarias como las nuestras: se vota más por mímesis aspiracional que por otra cosa.
Debería ser distinto justamente por el plus de responsabilidad que implica haber sido votado. ¿En qué consiste el servicio público sino en intentar hacer las cosas por encima del promedio nacional? Nadie vota a alguien para que haga las cosas por debajo de la media. A lo que se suma aquello de la mujer del César: el político no solo debe ser, también parecer. El problema agregado que tiene una pandemia es que no es una cuestión política. Es política su gestión, cierto, pero el virus que les ha destrozado los pulmones a más de tres millones y medio de personas en todo el mundo, es biología pura.
Además, en un contexto global en el que las democracias liberales parecen cada vez más débiles frente a las versiones iliberales de la democracia o frente a regímenes directamente autoritarios, cuando la distancia entre la promesa democrática y el resultado se percibe como cada vez mayor, acciones irresponsables como las que vienen asumiendo muchas de nuestras autoridades son doblemente nefastas. Nefastas en los intentos de gestión concreta de la pandemia y nefastas en tanto contribuyen a agregar más dudas sobre la calidad de nuestra representación.
Dicho todo esto, la peor conclusión que se puede sacar de todo el entuerto es que si los políticos hacen mal las cosas, todo lo que se hizo mal antes está justificado. Si los políticos rompieron las reglas del distanciamiento social que, lo sabemos de forma técnica, sirven para que el virus no se expanda, entonces todas las manifestaciones, restaurantes llenos, joditas con 20 amigos en casa y bondis mal ventilados y repletos de gente, estuvieron bien. Concluir eso es, justamente, perder de vista que la situación en la que estamos es antes que nada biológica. El camino sigue siendo seguir las recomendaciones que se vienen haciendo y eso incluye a los ciudadanos y a quienes tienen mando en plaza. Especialmente a estos últimos, ya que son o deberían ser la cabeza visible de las reglas que se proponen.
No se equivocaba Rada cuando cantaba lo que cantaba, los adultos suelen decir una cosa y hacer otra. Y los niños suelen pescarlos cada dos por tres en esas contradicciones. Ahora, una cosa es cuando un padre no da a su hijo una explicación adecuada para esa contradicción y otra cuando eso ocurre a nivel de las autoridades en medio de una pandemia que en Uruguay está en su peor momento. “Haz lo que yo hago” es la única forma de ser serios en este instante y sería bueno que gobierno y representantes lo entiendan en toda su magnitud. Eso y que no son superhombres ajenos al contagio, apenas inquilinos temporales de una representación que, antes o después, los va a mandar de vuelta a casa.