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    Hecha ficción, una realidad cada vez más vigente

    Búsqueda adelanta como cortesía de Random House el comienzo de “El desertor - La leyenda de Malvinas”, el nuevo libro del periodista y escritor Pablo Vierci, quien vendió unas 30.000 copias solo en Uruguay con “La Sociedad de la Nieve”, y que saldrá a la venta el próximo martes 27

    El guindola y el submarino

    2 de mayo de 1982, 3:59 p.m.

    Miró su reloj: las 3:59. Marcelo Gianni, un conscripto que pertenecía al grupo de artilleros a bordo del crucero argentino GENERAL BELGRANO, miró a estribor y, fugaz como un ramalazo, entre la niebla volvió a encontrar al buque escolta, el destructor argentino BOUCHARD, otro sobreviviente de Pearl Harbor. En la cubierta principal solo se escuchaba el ruido de las máquinas y los ventiladores de las calderas.

    ¿Sería verdad? Alguien le había contado lo que hicieron la noche anterior a bordo del destructor; Marcelo pensaba en ello y lo sentía como un presagio. ¿Por qué se les ocurrió semejante locura? Los suboficiales del BOUCHARD habían pedido autorización para sacar el pabellón de guerra del cofre e izarlo en medio de la oscuridad. El comandante invitó a todos los tripulantes libres de guardia, oficiales, suboficiales, marineros y conscriptos, casi trescientos hombres, a ascender al puente de señales para esa comunión con la muerte. Sin verse, en la negrura de una noche opaca, con todas las luces apagadas, mar de roa, diez grados bajo cero y una llovizna helada rajándoles los rostros, se amontonaron en el espacio del puente, palo trípode y escalas, sujetándose entre ellos para que los de los bordes no cayeran al mar. Al escuchar el sonido del pesado paño de seda orlado en oro que gualdrapeaba con el ventarrón, alguien comenzó a entonar el himno nacional. Nunca en sus vidas habían oído un cántico semejante. A ciegas, calados hasta los huesos, se les entrechocaban los dientes, no sabían si por el frío o por la conmoción de lo que estaban haciendo.

    Cuando divisó al destructor BOUCHARD entre la bruma, bajo un cielo plomizo en el que se insinuaba el crepúsculo, en esos días tan cortos por estar situados más allá de los 55 grados de latitud meridional, Marcelo se dio cuenta de lo que había sucedido: los del crucero y el destructor no estaban muertos, no estaban vivos, estaban barridos por el viento del Atlántico sur, despidiéndose.

    Con los ojos entrecerrados por el frío y la borrasca, miró su reloj (las 4:00) y se quitó de la mente ese absurdo presagio. Acababa de cumplir su turno en cubierta y tenía que bajar a tomar la merienda al comedor. Luego se echaría un sueñecito y retomaría la guardia a medianoche. Ese día, el alerta y la espera habían sido tan tensos que el ambiente estaba cargado de electricidad. Por fin cambió de espíritu cuando el crucero salió del “área de exclusión” que habían determinado los ingleses y se pasó de la condición de “combate antiaéreo” al de “crucero de guerra”.

    Pero cuando bajó al comedor, y se preparó para beber del jarrito de mate cocido con leche humeante tomándolo con ambas manos, sintió un impacto seco, cortante como un trueno, que provino de abajo, de la sala de máquinas, y le dio un sacudón que le hizo volar el jarrito de aluminio de las manos y lanzó su cuerpo hacia delante, impactando el rostro contra algo a su costado izquierdo, que lo aturdió.

    Se incorporó lentamente. No sintió dolor pero percibió que tenía lastimadas la frente y la boca. Escupió y alcanzó a ver un diente en una mancha sanguinolenta. Luego lo estremeció una segunda explosión de proa que hizo crujir al crucero. Volvió a tambalearse pero se sostuvo antes de caer. Entre los alaridos que salían no sabía de dónde y los ruidos de hierros destrozándose entre sí, percibió que el buque se frenó de golpe y sintió un silencio que le resultó tenebroso: no se escuchaba el rumor de las máquinas. Se apagaron las luces y súbitamente, por un gran boquete abierto en el piso del comedor, irrumpió, como un fogonazo, una bola rojiza de aire incandescente producida por el calor de la explosión. Marcelo se tapó los ojos y gritó “¡me estoy prendiendo fuego!”, cuando la bola lo atravesó.

    El temor que más afligía a los colimbas durante las noches giraba alrededor de las leyendas de aviones y torpedos. Uno de los temas repetidos en la sobremesa era cómo reaccionaría un buque de la II Guerra Mundial botado en 1938, la “chatarra de Pearl Harbor”, como le llamaban con sorna los ropios oficiales, ante una bomba de un Sea Harrier o ante un torpedo de los años ochenta disparado por un submarino atómico, o un misil futurista lanzado vaya a saberse de dónde. En rigor, el BELGRANO no contaba con sensores ni armas contra submarinos atómicos: era un señuelo ciego y sordo, mientras que el submarino tenía la capacidad de un francotirador que cazara en un zoológico. En cubierta, los conscriptos miraban al cielo y confundían las gaviotas con cazas ingleses, los guindolas veían estelas imaginarias dejadas por los torpedos. Ellos eran conejillos de Indias.

    De inmediato el buque comenzó a inclinarse a babor y un fuerte olor a metal fundido, ocre, lo inundó todo.

    Desorientado y a tientas, Marcelo salió por la escotilla y llegó a la cubierta principal. Los nubarrones se ennegrecían y el ventarrón quería llevárselo consigo. Oficiales abrían las portas estancas por donde emergía gente sin cesar. Aquellos hombres estaban quemados o cubiertos de petróleo. Pudo distinguir a un oficial que salía desnudo, cubriéndose apenas con una frazada, completamente calvo, con quemaduras en todo el cuerpo: el primer torpedo había pegado mientras se duchaba.

    —Fue una bomba nuestra —dijo uno.

    —Son bombas de aviación —respondió otro.

    —Puede venir otro torpedo —advirtió un tercero, con gesto más grave.

    —¿Qué pasó? —le preguntó a un colimba que de repente lo tomó de un brazo, con la cara desfigurada por el miedo.

    —Nos torpedearon y no pude verlos —le contestó.

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