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La memoria es central en la construcción del presente y en la mirada colectiva que podemos proyectar sobre el futuro. Por eso nos hemos dado herramientas como la historia para intentar reconstruir la trayectoria que nos trajo hasta aquí. Sin embargo, la Historia, así, con mayúsculas, ha tendido en general a priorizar el gran acto, la gran batalla y el gran gesto como centro de su interés. Tiene sentido: se trata de buscar aquellos elementos que se supone resumen el sentido de un cambio o que mejor lo explican. Lo que ocurre es que esa versión, la de Historia, suele ser incompleta. Por eso en tiempos recientes (unos 40 años) la academia ha demostrado interés por la historia sin mayúsculas, por aquellos procesos parciales y acotados que nos terminaron llevando a los grandes quiebres.
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Rastrear esos pequeños elementos que de manera parcial dan cuenta de un proceso mayor que los engloba, es algo que resulta cada vez más común en la Antropología y la Historia. Es verdad, suelen ser menos espectaculares que una batalla o que un atentado, pero dan cuenta del proceso, de la acumulación que luego, una vez depositada la borra en el fondo de la taza, dio lugar al gran evento. O que simplemente ocupó un lugar en un proceso que nunca eclosionó en un gran estallido sino en una marca en nuestra memoria colectiva, en ese “nosotros” que de manera inconsciente somos en el presente.
De distintas maneras, todo esto está presente en el libro Sótano de la resistencia cultural. El taller del orfebre Ruben Zina Fernández, escrito por Rodolfo Panzacchi y publicado por la editorial Yaugurú a fines de 2019. La idea de rescatar la trayectoria de un taller de orfebrería que funcionó durante casi dos décadas puede sonar restrictiva para la Historia pero es atractiva para la historia, esa que se hace de fragmentos de memoria, casi personal. El registro de la trayectoria del taller de Zina Fernández trasciende por mucho ese sentido fragmentario, y se inserta como un ladrillo más en el amplio espectro de gestos culturales que generaron espacios de intercambio alternativos durante la más reciente dictadura.
Zina, nacido en Montevideo en 1927, fue un prestigioso orfebre autodidacta y mantuvo su taller funcionando entre los años 1970 y 1989, cuando falleció. Confieso que conocí sobre él hace muy poco, gracias a una mención de Fernando Cabrera en una entrevista que le hice. Esto recordó Cabrera, sobre su debut artístico, en 1976: “Macunaíma nos llevó a una especie de festival, era en dictadura, todo era muy complejo, semiclandestino. Era dentro de una institución que pertenecía a un artista plástico, Zina Fernández, muy amigo de Macu, y se hacía una cosa que hoy sería muy moderna: en distintas habitaciones de una casona con un sótano inmenso, en un lugar había una obra de teatro, en otro estaba, lo vi por primera vez y fue muy emocionante, Horacio Buscaglia diciendo sus mojos, en otro lado estaba Contraviento. Y ahí debutó Montresvideo”. Me llamó la atención esa idea de un espacio cultural con relativa autonomía durante la dictadura. El interés tomó cuerpo cuando, poco tiempo después, apareció el libro de Rodolfo Panzacchi, alumno del taller de Zina, quien, gracias al apoyo de los Fondos Concursables del MEC, pudo concretar la tarea de dar testimonio de ese valioso fragmento de memoria.
Como Panzacchi explica en el prefacio, su objetivo primordial es “difundir y recuperar una historia que integra la compleja trama de la resistencia cultural, en el lapso comprendido entre la ruptura del orden constitucional de parte de la dictadura cívico-militar y el proceso de retorno a la democracia, en nuestro país”. Y es verdad, Panzacchi no pierde el tiempo en debates ideológicos posfacto, se concentra en detallar el valor de Zina Fernández en su doble vertiente, la del resiliente impulsor cultural y la del generoso docente. Se enfoca en el valor que los procesos colectivos (de creación y de difusión) tenían para el orfebre.
Por supuesto, este interés por construir y sostener un espacio de creación tan libre como fuera posible y en donde lo central era el colectivo, no brota de la nada sino que es corolario de una ideología específica, la socialista. Sin embargo, respetando el tono que tuvo la tarea de Zina, Panzacchi se concentra en relatar el valor de sus logros y no tanto en sus virtudes o flaquezas ideológicas. Es justo en ese sentido que el libro es valioso: no se entretiene en largas discusiones teóricas y pone foco sobre las tareas reales. De hecho, lo teórico aparece más como marco metodológico y conceptual del propio libro que como sujeto del debate. Porque si algo no resulta debatible, dice Panzacchi, es el papel que ese taller ocupó como espacio de creación e intercambio en un momento en que ambas cosas estaban oficialmente vetadas y eran violentamente reprimidas.
El libro se concentra en tres tipos de material para poder construir su red argumental sobre la relevancia de Zina. Por un lado, se presentan las reseñas sobre los objetos que presentó el taller e incluso algunas de las delicadas necrológicas que se escribieron a la muerte del orfebre. Por otro, una serie de entrevistas a personalidades vinculadas al taller (entre ellos, varios de sus alumnos). Y, finalmente, se expone el archivo que el propio Zina construyó alrededor de su taller, que registra de manera cuidadosa cada reseña, cada evento, cada participación en ferias y otros grupos creativos.
Ese puntilloso recorrido es quizá la parte mas árida del libro y también la que atenta más contra su eventual carácter de table book, que es hacia lo que parece apuntar la preciosa edición realizada por Gustavo Maca Wojciechowski. El formato permite apreciar las mejores características del trabajo de Zina, quien, como señalan muchos reseñadores, por la calidad de su trabajo merece un formato de mayor tamaño. Mucho más interesantes son las entrevistas con referentes como Vera Sienra, René Pietrafesa, Carlos Seveso, Marcial Patrone y Jorge Abbondanza, en las que abundan conceptos sobre las cualidades personales y artísticas de Zina contadas en primera persona, ya que todos fueron amigos o alumnos suyos. Y aunque suene algo oscuro, son excelentes los obituarios, todos ellos elogiosos de la obra y en especial de la tarea social que tuvo el taller. Esos textos de Olga Larnaudie, Amalia Polleri, Elisa Roubaud y Nelson Di Maggio brillan tanto por su justeza con la tarea de Zina como por su sobria y ejemplar ejecución formal.
Mención aparte merecen las fotos de la obra de Zina, realizadas por su nieto Mauricio Zina. Ocupan las 32 paginas centrales y permiten reconocer su calidad en detalle. Confirman también que la definición de Amalia Polleri de que Zina era un “escultor en potencia”, es exacta. Cabe señalar además, que el libro es parte de un proyecto audiovisual que se puede ver en tallerzina.com.
Cuando el hilo se rompe, cuando las trayectorias de vida se ven distorsionadas por la agresiva presión estatal, suele ser tarea de los ciudadanos producir los espacios que permitan zurcir, juntar, intercambiar y reconstruir ese hilo perdido, roto. Claro, una cosa es hacerlo cuando se tienen plenas garantías para la seguridad e integridad personales y otra, mucho mas arriesgada, es cuando nada de eso existe. Más valioso es ese esfuerzo cuando, como en el caso de Zina y su taller, al mismo tiempo se obtienen resultados artísticos relevantes. Rescatar esa (no tan) pequeña página de la memoria de algunos, que se inserta como una página más en el libro de la memoria de todos, es relevante. Con su investigación, Rodolfo Panzacchi logra recuperar el extremo del hilo roto y tira de él hasta construir este valioso libro que se suma a todos los hilos indispensables para comprender el tejido que nos dice quiénes fuimos, quiénes somos y, sobre todo, quiénes queremos ser.