N° 1821 - 25 de Junio al 01 de Julio de 2015
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáLos tangueros lo sabemos: después del hito de Mi noche triste, las letras, con mayor o menor calidad según quién fuese su autor, y a través del tiempo, tuvieron como objetivo no solo retratar un tiempo, una época, unos sitios, sino contar historias. Muchas, la mayoría, y por la simple influencia de las circunstancias cotidianas, basadas en hechos reales.
A principios de 1933, Gardel, Lepera y Horacio Pettorossi registraron letra y música del tango Silencio, uno de los temas creados para la película Melodía de arrabal, filmada en los estudios Paramount de Joinville, Francia, bajo la dirección de Louis Garnier y con la participación de la orquesta de Juan Cruz Mateo, de la cual el guitarrista, director y compositor Pettorossi era integrante, y estrenada el 5 de abril del mismo año en el mítico cine Porteño.
La idea de escribir ese tango fue precisamente de Pettorossi, quien había vivido varios años en Europa, incluso sobre el fin de la I Guerra Mundial. La versión más difundida por historiadores e investigadores es que se basó en lo ocurrido en torno a Paul Doumer y su familia. Doumer, miembro de la resistencia, hijo de un ferroviario, hizo una carrera política sacrificada y ascendente, llegando a la Presidencia de Francia el 13 de junio de 1931, y fue asesinado un año después —el 6 de mayo de 1932— por el médico ruso y antibolchevique Paul Gorgulov, como “venganza por la omisión de las democracias europeas ante los horrores de la dictadura soviética”.
Respecto de la decisión de Pettorossi, seguida con entusiasmo por Gardel y Lepera, vale la pena reproducir unos párrafos del historiador Héctor Ángel Benedetti: “A pesar de las enormes implicaciones que tuvo la contienda, capaz de modificar el mapa político de Europa; a pesar de las consecuencias que alcanzaron a todo el mundo y de las que Argentina, aun siendo neutral, no pudo quedar al margen; a pesar de tener Buenos Aires un porcentaje inmigratorio sorprendentemente elevado en la región; a pesar de todo esto y mucho más, la Primera Guerra Mundial no fue un tema cercano al tango. Uno de los motivos pudo ser que la lucha cesó cuando las letras del tango con argumento recién estaban cobrando forma. Lo cierto es que La Novena —de Bonano y Bigeschi— y Silencio son los títulos más conocidos de una exigua lista”. Benedetti supone, como uno, que la peripecia de Doumer, de su viuda y de sus hijos fue tan conmovedora que Pettorossi no resistió el impulso de convencer a Gardel y Lepera para usarla en un tango.
Sin embargo, no hubo, al menos en Silencio, un absoluto apego a la verdad histórica.
“Eran cinco hermanos, ella era una? santa,/ eran cinco besos que cada mañana/ rozaban, muy tiernos,/ las hebras de plata/ de esa viejecita de canas muy blancas./ Eran cinco hijos que al taller marchaban. (…) Hoy todo ha pasado, florecen las plantas;/ un himno a la vida los arados cantan./ Y la viejecita de canas muy blancas/ se quedó muy sola con cinco medallas,/ que por cinco héroes la premió la patria…”.
En realidad, Blanche Richel, mujer de la burguesía casada con Doumer en 1878, tuvo ocho hijos, de los cuales solo cuatro murieron en batalla. ¿Una licencia poética, se podría decir?
Al tango Silencio, melodramático en extremo, lo sostuvo un éxito sobre todo asentado en las magníficas versiones de Gardel. Lo grabó tres veces, además de la versión para la película Melodía de arrabal: dos con las guitarras de Vivas, Riverol, Barbieri y Pettorossi —entre el 4 de febrero y el 13 de mayo de 1933— y otra con la orquesta de Francisco Canaro, en dos matrices del 27 de marzo de ese año.
Hay, respecto de Silencio, otro dato interesante no tan conocido: todas las grabaciones fueron hechas para el sello Odeón y tuvieron el añadido de un coro femenino; en la grabación con guitarras lo formaron María Esther y Adela, hijas de Barbieri, y en la grabación con Canaro fueron Blanca del Prado, Felisa San Martín, Élida Medolla, Emilia Pezzi y Sara Delar. El maragato “Pirincho”, que no daba puntada sin hilo, “aprovechó la bolada” y agregó una versión de su orquesta con la voz de Ernesto Famá: fue el 30 de marzo del legendario 1933.
Curiosamente, Canaro grabó un tango homónimo, que pasó sin pena ni gloria y fue olvidado, cuya autoría pertenece a su hermano Humberto.
Pero aún queda algo: Pettorossi —autor de Galleguita, Fea, Lo han visto con otra y Acquaforte— prometió entonces una segunda parte de Silencio, a la que llamaría La mujer olvidada.
Nunca se pudo comprobar si la hizo.