El veterinario no puede curar al perro de Pablo Picasso, y el pintor malagueño ama a su perro más que a cualquier persona. Esa deferencia hacia el género humano, sumada a la necesaria genialidad, es la que le posibilita crear el cubismo.
El veterinario no puede curar al perro de Pablo Picasso, y el pintor malagueño ama a su perro más que a cualquier persona. Esa deferencia hacia el género humano, sumada a la necesaria genialidad, es la que le posibilita crear el cubismo.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáRainer Maria Rilke escribe cartas a mujeres mayores. Dice que necesita dinero, se hace la víctima. Y ellas le responden con dinero, con atenciones, con amor. El tipo es un versero, flor de poeta.
Sigmund Freud se prepara para el congreso de la Asociación Psicoanalítica. Ha disfrutado de un merecido descanso en el balneario austrohúngaro Marienbad, con sus jardines, sus aguas termales, los paseos y los sanos alimentos. Pero en el fondo es un neurótico terminal: teme enfrentarse con Jung, su mejor discípulo y ahora su principal enemigo teórico.
Oskar Kokoschka se muere de amor por Alma Mahler. Pinta un cuadro tras otro y busca parir la obra maestra definitiva, que es la única forma en que la viuda del músico se entregue a él.
Franz Kafka da vueltas a la relación con su “novia”; le dice que tal vez se junten en Berlín, que quizá sea en Viena o mejor en Praga. Pero Kafka repite hasta el hartazgo que es un individuo asocial, un taciturno, un hipocondríaco, un abollado. En otras palabras, le dice que no se junte con él porque está muy mal de la cabeza.
La muerte en Venecia, de Thomas Mann, es un éxito de ventas. Musil ya diseña El hombre sin atributos. Y Anatole France dice, a propósito de la publicación de la primera parte de En busca del tiempo perdido, que “la vida es demasiado corta y Proust demasiado largo”.
En los primeros días de agosto de 1913, los diarios informan que un “artista” muere asfixiado bajo la arena. El “arte” del tipo consistía en hacerse enterrar durante cinco minutos, y esta vez el encargado de desenterrarlo, conversando pavadas, se pasó unos minutos.
Los compañeros de pensión de un tal Adolf Hitler, acuarelista, se burlan de él porque no sale nunca de noche a beber y procurar chicas. Por lo visto, estaba en otra cosa. En esos mismos días y muy cerca de la pensión, otro don nadie, un tal Stalin, sale a pasear por los jardines del palacio de Schönbrunn, en Viena.
Estas son algunas de las postales del concentrado —y a punto de volar por los aires— año 1913, que nos ofrece el historiador del arte y periodista alemán Florian Illies (1971). Un catálogo de rarezas que se leen como una culta, atractiva y divertida crónica chismográfica. Parece en joda, pero todo es verdad.
“1913, un año hace cien años”, de Florian Illies. Salamandra, 2014, 315 páginas, $ 490.