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    Homenajes a Wilson

    En estos días se han llevado a cabo diversos homenajes a Wilson Ferreira. Asistí a casi todos, incluso al que se celebró en Nico Pérez frente a la casa en donde él nació. De todos salí emocionado. Los homenajes provinieron de distintas fuentes: Asamblea General, el Directorio del Partido Nacional, los jóvenes, la academia y la prensa. En general los encontré libres de esa borra que con frecuencia rebaja tanto homenaje: la hipocresía post mortem.

    Pero en el curso de esos homenajes se me fue poniendo en relieve una falla solapada. Como además de referir a Wilson toca y hiere la verdad histórica, quiero aquí descubrirla, hacerla visible y juzgarla.

    Los homenajes discurrieron por toda la extensión de la vida política de Wilson: la Cámara de Diputados, el Ministerio de Ganadería, el Senado, las interpelaciones, el último discurso la noche del 27 de junio, el exilio y las infatigables gestiones por la recuperación de las libertades, el regreso, la prisión, el discurso de la explanada, la ley de caducidad y la muerte prematura. En general todo fue manejado con altura, seriedad y hasta admiración, tanto por parte de oradores blancos como de otros partidos, tanto por políticos como por académicos y periodistas.

    Al llegar al episodio de la ley de caducidad aun quienes consideran que fue un error de Wilson (y así lo expresaron) trataron el punto con respeto, interpretando favorablemente y con comprensión las íntimas razones de Wilson. No obstante ello, quizás inadvertido para muchos, quizás no, se ha colado un error interpretativo que sentó indebidamente sus reales en la mayoría de los discursos. A eso me quiero referir.

    Sucede que se ha consolidado en nuestro país un relato sobre la salida de la dictadura que es sesgado y engañoso. Consiste en atribuir a la ley de caducidad la evidente falla que tuvo la mencionada salida: es decir, que los responsables de horribles violaciones a los derechos humanos cometidas en dependencias del Estado y por personal del Estado no fuesen conducidos ante un juez. Esta atribución a la ley de caducidad es falsa, como se verá enseguida, pero, además, es una sutil y perversa manera de descargar el baldón en la cuenta de Wilson. Sutil y perversa. Veamos.

    Primero, ese relato es falso. La ley de caducidad no impidió el juicio y condena de ningún violador de los derechos humanos y la prueba está en que fue bajo plena vigencia de esa ley que marcharon presos Álvarez, Gavazzo y todos los demás que están en la cárcel de Domingo Arena. Esto lo sabe perfectamente la Comisión de Derechos Humanos de la OEA, los intrusos de no sé qué organismo internacional que acaban de venir a meter la nariz en el tema y los que hablan de ley de impunidad. También lo saben todos los legisladores frentistas que se dejaron arrear a pisotear dos manifestaciones populares directas, convocadas por ellos mismos. La ley de caducidad no cerró la puerta a nada; otra cosa es el uso que se le dio.

    Segundo, es histórica y políticamente tramposo hablar de la ley de caducidad desvinculada del Acuerdo del Club Naval. Hay aquí una falsificación por omisión. Se ha construido un relato de la salida que se centra en la ley de caducidad y deja en púdica penumbra al Pacto del Club Naval. Se trata de un relato que se ha ido tejiendo por los intelectuales, los historiadores, la academia, el periodismo y algunos políticos. A. Rico, Demasi, Caetano, Chasquetti y otros han escrito páginas y páginas sobre la ley de caducidad y, con suerte, un par de renglones sobre el Club Naval. Todo lo que se ha escrito sobre la ley de caducidad conduce a la figura de Wilson, porque sin su concurso no se habría aprobado dicha ley. La ausencia casi total de estudios y comentarios sobre el Club Naval disimula que es el Frente Amplio quien hace posible el Pacto del Club Naval porque sin su concurso esa forma de salida no habría sido posible. Un análisis se multiplica, el otro se acota.

    El Acuerdo del Club Naval tiene aspectos vergonzosos, entre otros que fue sellado después de que la multipartidaria, integrada por el Partido Colorado, el Partido Nacional y el Frente Amplio, diese a conocer (el 22 de mayo) un comunicado en el que los tres partidos se comprometían a no aceptar elecciones con proscriptos ni sujetas a acuerdo o pacto alguno (sic). La primera reunión en el Club Naval se celebra solo tres meses después de aquel compromiso. El Frente Amplio prefiere que su presencia allí y su posterior firma en el acuerdo no sean recordadas.

    El tipo de salida que se eligió y se armó (entre otras salidas posibles, porque también es un cuento que ésa fuera la única) es lo que determina inexorablemente la necesidad de una ley como la ley de caducidad. Y el tipo de salida que se concibió y se fabricó es obra y responsabilidad de quienes firmaron el acuerdo: los militares, el P. Colorado y el Frente Amplio. Los blancos no sólo no participamos en ese acuerdo sino que la garantía de cumplimiento, aquello que le daba firmeza al pacto y seguridad a los tres pactantes, era que Wilson quedara en el cuartel de Trinidad hasta que pasaran las elecciones. Curiosamente no he leído nada de A. Rico, ni de Caetano, ni de Demasi, sobre el Pacto del Club Naval, sobre el tipo de salida elegido y las consecuencias que esa elección tuvo y sigue teniendo. (El acuerdo del Club Naval está tratado extensamente en mi libro “Memorias del Regreso”, Ed. Fin de Siglo, 1993).

    Como se sabe la historia —por lo menos las historias oficiales— la escriben los vencedores y los poderosos. El vencedor es el Frente Amplio —por si alguno no se ha dado cuenta— y actúa como tal, blandiendo su poder. Desde el poder ha modificado los textos de Historia de uso escolar y ha difundido y consolidado su versión del pasado reciente, tanto de los hechos que llevaron al derrumbe institucional como de los hechos que siguieron a la recomposición de las instituciones. Se ha conseguido imponer con tanto éxito un relato deformado e interesado de la salida de la dictadura que hasta en los homenajes a Wilson se dio por buena una versión que es derogatoria de sus posiciones políticas.

    Pero no importa cuantas historias oficiales se escriban y se impongan: no nos podrán robar los recuerdos (ni de Wilson ni de lo que fue la hermosa lucha del Partido Nacional contra la prepotencia).

    Juan Martín Posadas