N° 1805 - 26 de Febrero al 04 de Marzo de 2015
N° 1805 - 26 de Febrero al 04 de Marzo de 2015
Accedé a una selección de artículos gratuitos, alertas de noticias y boletines exclusivos de Búsqueda y Galería.
El venció tu suscripción de Búsqueda y Galería. Para poder continuar accediendo a los beneficios de tu plan es necesario que realices el pago de tu suscripción.
En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáDecía Apollinaire que si el arte no hubiera aparecido en el mundo todo sería calamidad e incomprensión. Si alguien duda de esto que imagine su vida sin El nacimiento de una nación, película que en estos días cumple cien años y que fue la matriz de todas las alegrías, de todo el asombro, de toda grata expectación que el cine ha prodigado a la desventurada humanidad del último siglo.
La obra de David W. Griffith es al cine lo que la Ilíada y la Odisea son a la literatura, a saber: primigenia base de la totalidad de su lenguaje expresivo; modelo perfecto de equilibrio entre la apelación cósmica del furor de la historia y el tratamiento certero e íntimo de los caracteres individuales; fuente inmejorable de valores que identifican el orden social y la moral personal como pertenecientes a un mismo proyecto de construcción y compromiso; en su género, ejemplo y caudal del sentido de la belleza dramática, la que resulta de la viva y delicada armonía que se traza entre la emotividad más intensa y la distanciada y clara estructura conceptual de contenido. Eso, y la adicción que causa a los espíritus más sensibles la sugestión lírica de sus imágenes emparenta la creación de Griffith con los monumentos de Homero.
La correcta novela de Thomas Dixon Jr. (El hombre del clan, 1905) sobre la que se funda el guión, propone el caso de dos familias, los Cameron y los Stoneman; los primeros defienden el antiguo sistema de independencia de los estados sureños, mientras que los segundos participan de la ideología anexionista predicada por Lincoln. El lógico estallido de la guerra, debido a que el Sur no quiso inclinarse ante la prepotencia centralizadora del Norte, los va a dividir sin remedio. Culminada la conflagración (que costó nada menos que cerca de medio millón de víctimas), las hordas victoriosas, los oportunistas, los saqueadores y los resentidos de toda condición asaltarán los derechos del Sur y de sus habitantes sometiéndolos a vejámenes, desbordes y peligros indecibles. En esas circunstancias es que las familias asediadas se organizan en clanes de autodefensa para enfrentar la ola criminal que les cayó encima como una maldición solamente por haber sido derrotados en su justa causa.
Con este material, que rápidamente se convirtió en un libro de éxito, Griffith construye una épica pintura de la vida, valores, esperanzas, vértigos y miserias de los años de luz, de plomo y de ceniza que rodearon y tuvieron como centro la Guerra Civil. Su obra se divide en tres grandes partes, de más de una hora cada una: la vida idílica del Sur, donde el trabajo, la pulcritud, las buenas costumbres y el orden imperaban a la sombra de los juegos a veces indecentes de ciertos políticos advenedizos; la segunda parte narra el horror y también el heroísmo de la guerra, y la tercera plantea el caso de los asaltos, en especial la situación infausta que cae sobre la familia Cameron, cuya hija es violentada por un antiguo esclavo.
En todas estas zonas dramáticas el director maneja tonos y ritmos diferentes: al principio tenemos un montaje moroso y una alternancia de planos medios y cercanos en las tomas; en la segunda estalla toda su genialidad con una edición dinámica de las escenas, donde los planos se dilatan hasta alcanzar vastas lejanías, donde el movimiento lo domina todo, donde el juego de distancias de planos y los encuadres comunican a la vez la sensación de cercanía verista de los combates y el sufrimiento y arrebato heroico y doloroso de los protagonistas. La última de las partes combina dialécticamente los lenguajes anteriores y da las muestras acaso más logradas de la maestría narrativa y de la construcción escénica de Griffith; dos momentos lo testimonian: uno es cuando la partida del Clan sale en busca de la menor de los Cameron, secuestrada; allí la cabalgata y la huida del criminal y el rostro de la chica se van sucediendo en la pantalla hasta construir desesperante simultaneidad. La otra memorable escena es el asesinato de Lincoln, en el Ford’s Theatre, donde el 14 de abril de 1865 se representaba Nuestro primo americano. El plano general muestra la sala llena y el escenario en acción, luego viene el encuadre del palco, el encuadre del vigilante externo, los planos medios de los Stoneman en la platea, el palco al momento de entrar Lincoln, el asesino en el pasillo anterior al palco, luego la vuelta al plano general de la sala y el escenario, luego Lincoln, luego el asesino entrando, luego la sala llena, luego el rostro del asesino, luego Lincoln y finalmente los disparos y una toma del escándalo en la sala, y el asesino que salta al escenario.
Todo lo que se ha visto en esta película es único y primordial. Con este filme, que tanto ha influido en esa otra obra maestra de las artes que es El acorazado Potemkin, el cine fundó su gramática, su retórica y su dignidad como espacio de la estética visual y del arte dramático. Es la película más perfecta que jamás se haya filmado.