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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáEl pasado viernes 19/09 falleció —a los 82 años— el profesor doctor Horacio Cassinelli Muñoz.
Tuve el privilegio de trabajar con él, como “pinche” en su estudio, desde mediados de 1985. Y seguí ininterrumpidamente vinculado —compartiendo casos— hasta que se jubiló en 2009.
Desde 1992 hasta el 2007 lo acompañé en el Curso de Derecho Público III de la Facultad de Derecho de la Udelar. Entre 1999 y el 2001 fui su ayudante en los Cursos de Derecho Constitucional I y II en la Facultad de Derecho de la Universidad de Montevideo.
No viene a cuento que examine su notable producción científica (que estaba dispersa en decenas y decenas de artículos tan breves como sustanciosos que, por suerte, hace dos años la editorial La Ley publicó compilados). Esos trabajos, junto al extraordinario curso dictado originariamente por Horacio en 1968 en la Facultad de Ciencias Económicas y de Administración —titulado “Derecho Público”— son solo parte de un legado todavía más denso en el que cabe incluir dictámenes, consultas y escritos forenses memorables.
Comparto pues de seguido una reflexión que, reitero, no versará sobre la notable producción científica de Horacio Cassinelli Muñoz. Otros, más autorizados, oportunamente se encargarán de dicha tarea.
Enfocaré mi lente en el Horacio abogado y docente.
El abogado. Cuando una persona muere es casi inevitable el trazar una suerte de “balance vital”. Y dichos “balances”, al igual que los contables, pueden arrojar “activos” de diversa valiosidad.
Procurando visualizar el más valioso “activo” vivencial de Horacio habría sobradas razones para focalizar el lapso que inicia en 1985. Hay quienes pueden sostener que es esa época la más interesante para trazar una caracterización de Cassinelli. Efectivamente: en esos tiempos, en que operó la normalización institucional de la República, se le reconoció la calidad de gran constitucionalista del país; fue repuesto a los cargos docentes en las facultades de Derecho, Ciencias Económicas e Ingeniería y en el IPA (que había logrado merced a justicieros concursos y que la dictadura le arrebató), y obtuvo sonados éxitos forenses ejerciendo la abogacía.
Sin embargo, tengo para mí que lo que aparenta ser un “momento” menos visible y lustroso es, en realidad, el más encumbrado de Horacio. El que más admiro. El que más me emociona.
Son los tiempos de la dictadura.
Horacio es expulsado de la docencia —su gran vocación de la vida—; Horacio es un perdedor de juicios por virtud de fallos que declaran —una y mil veces— no justiciable la persecución ideológica en nuestro país; Horacio conforta a los que sufren la injusticia por pura solidaridad antes que por honorarios.
Decía Carlos María Ramírez que “el derecho constitucional es la vida misma de los pueblos que adquieren conciencia de su derecho, lo reivindican de las usurpaciones tiránicas... así considerado el derecho constitucional no es una ciencia: es una lucha”. Y Horacio honró, como pocos, esa concepción del constitucionalismo como lucha. Iniciando una y otra vez reclamos que, indefectiblemente, chocaban contra la barrera de la inmunidad de jurisdicción erigida por los llamados Actos Institucionales números 8 y 12. He leído y releído falsos expedientes conteniendo alegaciones ilevantables. Son piezas antológicas en las que Horacio levanta en la noche de los setenta, como Don Quijote, la bandera del Derecho frente a la prepotencia y la arbitrariedad.
Fueron defensas que le acarrearon pérdida de tranquilidad personal y familiar (que le “costaron” citaciones y detenciones en el abominable Departamento de Información e Inteligencia de la calle Maldonado y Paraguay).
Por ello, esta es, según mi criterio, su hora más gloriosa.
El docente. Su método, que se basaba en un profundo respeto intelectual por el estudiante, consistía en enseñar preguntando. Él nunca aceptó pararse frente al alumnado y ejecutar un monólogo magistral, con conclusiones que, ulteriormente, los estudiantes debían repetir mecánicamente. Nunca “recomendó” una publicación suya. Antes que el resultado, lo importante era el recorrido que había que transitar para llegar a una conclusión metodológicamente plausible.
Era una pregunta, un silencio (a veces de varios minutos) y luego la construcción colectiva de una respuesta. Cuando estaba adecuadamente respondida la primera pregunta venía la segunda y así sucesivamente. Fue mágico al ejecutar el plan de acción del docente convencido del valor supremo del diálogo. Se comprometía con la discusión y la aparición de un contradictor era para Horacio un momento fascinante, le cambiaba la expresión en el rostro. Era feliz. Él podía seguir fuera de la hora hasta que el contrincante de turno se diera por vencido o él —cosa que presencié— se declarara vencido por el estudiante.
¡Qué grande Horacio!
Lo vi inclinarse, con la más absoluta naturalidad, ante los argumentos del estudiante y reconocer la superior fundamentación de la tesitura expuesta por aquel.
Una reflexión final. Los docentes jóvenes hoy día viajan por el mundo para realizar estudios de especialización (vg. maestrías, doctorados) que luego acreditan con diversos papeles, certificados y constancias. Pienso que quienes estuvimos en contacto directo con Horacio cursamos el mejor de los posgrados posibles, aprendiendo —con un Maestro de su dimensión— no solo Derecho. También de Moral y Axiología.
Dr. Daniel Ochs