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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáHoracito Castells. Sorpresivamente, mientras dormía, un corazón travieso de tanto andar, terminó la vida de un gran ciudadano uruguayo: Horacio Castells Montes. Nadie esperaba un desenlace así en un empresario de aspecto juvenil, que se movía como un trompo, rematando con brío en la histórica casa, criando caballos criollos en La Lucila, colaborando como directivo en las fundaciones Peluffo Giguens y Beisso Fleurquin, jugando al golf y alternando en los más diversos ambientes de nuestra sociedad.
Con él se va la tercera generación de rematadores Castells, hijo de Horacio Castells Eastman y nieto de Jaime Castells Carafí, titulares de la firma Castells & Castells, que continuó la histórica Gomensoro y Castells, que se remontaba a 1835. La contribución de todos ellos a la actividad de remate en el Uruguay fue fundamental, por la profesionalidad y ética que ha hecho que el país tenga un enorme respeto, incluso fuera de fronteras, en esa delicada actividad. Horacio fue un dignísimo continuador, que ejercía la profesión con rigurosidad en el trabajo y estilo en la conducción. Sin ir más lejos lo recordamos cuando remató para Peñarol los palcos de su estadio en construcción, poniendo no solo el entusiasmo del aficionado sino la habilidad del martillero que motiva al público.
Deportista desde su adolescencia, jugó al futbol en 3ª Extra, fue campeón sudamericano de squash, jugó al polo y en los últimos años se dedicó al golf. El Club Trouville también supo de sus permanentes entusiasmos.
Fue directivo y presidente de la Asociación de Rematadores; presidente de la Cámara de Comercio, en cuyo ejercicio defendió con ahínco sus convicciones, sin estridencias inútiles ni caer en esos silencios cómplices que son tan habituales. Creía en el vigor de la actividad privada, confiaba en el porvenir del país, batallaba por un Estado racional y una democracia vigorosa.
En su actividad profesional tuvo también la sabiduría de formar equipos y legar a la nueva generación de su familia, hijos y sobrinos, un patrimonio moral que hoy se continúa.
Jovial, andariego, no representaba sus 70 años. Cultor de la amistad, en ella salteaba convicciones políticas o diferencias filosóficas. Cualesquiera fueran las circunstancias, trasuntaba optimismo y voluntad de hacer. Es de esa gente que se va dejando, la que hace grandes a los países en el día a día del esfuerzo.
Julio María Sanguinetti