Hizo su primera guardia a los tres años de edad. Podría decirse que nació dentro de un cuartel ya que acompañaba a su padre, quien llegó de soldado raso analfabeto a coronel.
Hizo su primera guardia a los tres años de edad. Podría decirse que nació dentro de un cuartel ya que acompañaba a su padre, quien llegó de soldado raso analfabeto a coronel.
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En caso de que tengas dudas o consultas podés escribir a [email protected] contactarte por WhatsApp acáAl cumplir los 15, Hugo Medina Ferrer comenzó de manera oficial la carrera de las armas y en la Escuela Militar, donde algunos adquieren el arte de mandar, estuvo hasta tres meses sancionado sin salir, por faltas chicas como no sacar el polvo al ropero y tomar mate o fumar en el salón de clase.
El cadete Medina tenía espaldas con que bancar la dura disciplina: era bisnieto de uno de los Treinta y Tres Orientales y descendía de Anacleto Medina, un mítico general de Rivera que murió en batalla a los 83 años. Además, uno de sus tíos, Dionisio Medina, también murió peleando en la revolución de 1897.
El “Pocho” Medina había nacido en Montevideo en 1929, aprendió en escuelas del interior e hizo bachillerato en el Liceo Francés.
Quien se convirtió en el último comandante en jefe del Ejército de la dictadura fue un asceta soldado formado en el arma de Caballería. Descripto como seco y cultivador de una imagen aterrorizante entre los civiles, era elogiado por sus camaradas debido a su capacidad de mando y boliche.
Aunque venía de familia colorada, se hizo blanco por razonamiento. Sus líderes en el Ejército fueron el coronel Julio Tanco, cerebro en las sombras de la logia nacionalista y anticomunista Tenientes de Artigas, el general Oscar Aguerrondo, y su jefe y mando natural el general Esteban Cristi, uno de los protagonistas centrales del golpe y del rumbo que tomó el país.
En 1950 fue destinado al cuartel de Caballería de Tacuarembó y cuando en 1973 las fuerzas armadas dieron finalmente el golpe de Estado, además de respetado jefe de regimiento, ya era uno de los animadores en secreto de los Tenientes de Artigas, que llevaban la voz cantante.
Seis años después fue ascendido a general. En junio de 1984 fue el comandante en jefe que representó a la fuerza en las negociaciones del Club Naval y él mismo estaba al frente de la logia ultranacionalista.
“Di”. Con esa breve respuesta de apenas dos letras el general Medina avanzó un paso hacia el reconocimiento del terrorismo de Estado que ocurrió en Uruguay entre 1973 y 1985.
El seco y contundente “Di” de un teniente general a la pregunta de si había ordenado el apremio a un prisionero cerró una larga y recordada entrevista del periodista César di Candia, que Búsqueda publicó en dos ediciones sucesivas en marzo de 1991.
Si bien Medina, en tanto nacionalista, no admitió el papel que jugaron los Estados Unidos, otro de los reconocimientos significativos de esa entrevista fue decir que si el Frente Amplio hubiese ganado las elecciones de 1971, no le hubieran entregado el poder.
“En ese momento yo no estaba cerca del poder de decisión porque era apenas un coronel, pero conocía perfectamente el pensamiento de los generales y ellos veían a los frentistas como lo que eran, es decir como enemigos”, dijo sin rodeos, como era su estilo.
Acerca de las torturas, Medina no solo ofreció la respuesta corta. También dijo que no había sido un error y que no tenía remordimientos, pero en otra parte de la conversación con Di Candia lo matizó: “No hubo una decisión formal de volcarse hacia la guerra sucia. Nadie lo quiso, resultó algo que fue surgiendo insensiblemente. Creo que definir a posteriori un hecho es mucho más sencillo que definirlo en el momento en que está surgiendo. Nadie pensó que nos encontrábamos embarcados en la guerra sucia. Había que conseguir información rápido, porque eso era vital. Hubo principios a los que siempre nos ajustamos, a pesar de que un poco prejuiciada la gente a esta altura pueda ponerlo en duda.”
Los militares uruguayos que participaron en la dictadura siempre se jactaron, en parte de forma justificada, de que habían tenido miles de presos pero no miles de muertos, aludiendo, sin duda, a casos como la dictadura argentina.
Cuando Di Candia le recordó casos como la muerte cerca de Soca de cinco presos indefensos, ocurrida al otro día de la muerte en Francia del coronel Ramón Trabal en diciembre de 1974, respondió: “No estoy asumiendo la defensa de todos y cada uno de los actos cometidos, aunque también pienso que hay individuos que pudieron haberse equivocado”. (En esa época no era público que el maestro Julio Castro, de 69 años, que no era un combatiente armado, había sido asesinado de un tiro en la nuca en un establecimiento militar clandestino en 1977).
Medina sostuvo que un vacío de poder que aquejaba al Uruguay fue la causa de que el Ejército se encontrara al frente de una dictadura durante más de 12 años luego de reprimir a la guerrilla de los tupamaros por orden del gobierno electo.
“Un golpe de Estado no se gesta de un día para otro, se va formando lentamente una conciencia colectiva. Y yo me he preguntado muchas veces si esa conciencia colectiva nació dentro de las fuerzas armadas espontáneamente o nació dentro de la sociedad, la que fue imbuyendo a los militares de la necesidad de dar ese golpe de Estado”, porque “había un vacío de poder en el país que fue llenado por la intervención nuestra”, sostuvo en la entrevista.
Medina se afilió a la teoría de la responsabilidad del mando para proteger a los agentes del Estado que llevaron a cabo las violaciones a los derechos humanos durante la dictadura.
Aunque asumió la idea del general Washington Varela de reconocer, en un documento, que durante el “proceso” se habían perdido “los puntos de referencia”, Medina se mantuvo en que la responsabilidad es de los jefes. “Usted no puede un día decirle a un hombre: ‘teniente o capitán o cabo, consígame de inmediato información sobre esto’. El hombre apremia, tortura y mata y trae la información. A la vuelta de los años no puede ir y decirle: ‘Mirá muchacho, las cosas se han dado vuelta, en aquel momento te dije que me consiguieras información, pero ahora arreglate con la Justicia como puedas’”.
Medina jugó un papel importante en las negociaciones de la salida de la dictadura, porque si bien se suponía que la entrega del poder a los civiles era algo que ya estaba previsto en un cronograma elaborado por los generales en el cónclave de Santa Teresa (Rocha), diversas razones demoraban el momento y complicaban la forma.
Así como entre los civiles no había unanimidad acerca de cómo se procesó la salida de la dictadura —un régimen que dividió a los ciudadanos en tres categorías (A,B y C) y que prohibió la actividad política por más de una década—, tampoco los militares, a pesar de la verticalidad, tenían todos la misma idea.
El teniente general Gregorio Álvarez había aprovechado crímenes, debilidades y corrupción de varios oficiales de los Tenientes de Artigas —que incluso terminaron con la muerte de un prestamista— para hacerse con el poder interno. Luego, gracias a alianzas con generales de otras fuerzas, pudo, después de varias votaciones y pases a retiro, lograr que lo nombraran presidente, un sueño que no había ocultado desde joven.
“Había personas dentro del Ejército que tenían sus aspiraciones y que, equivocados o no, creían que era necesaria la continuación del proceso militar”, dijo Medina durante una entrevista, usando un lenguaje diplomático para hablar de Álvarez sin nombrarlo.
Fuentes del Ejército de la época relataron a Búsqueda que hubo al menos dos señales claras a Álvarez para que terminara con su protagonismo presidencial y cumpliera con el cronograma acordado.
La primera fue una concentración poco común de capitanes en una unidad militar de los alrededores de Montevideo, un acto bastante parecido a un motín.
El segundo gesto, poco conocido pero mencionado entonces por la revista alemana Stern, fue una bola de cristal que le dejaron a Álvarez en la vieja casa de gobierno de Plaza Independencia.
Un grupo de oficiales, sin previo aviso y algunos de ellos vestidos de forma poco protocolar, ingresó al despacho del presidente y le dejó una bola de cristal.
El mensaje recibido por su edecán fue: para que vea lo que le va a pasar si no entrega el poder.
Luego de cumplida la entrega del mando a los civiles de forma pacífica, comenzó en la sociedad la discusión de qué hacer con los delitos cometidos durante la dictadura.
En otra larga entrevista con el investigador Diego Achard, que este publicó en el libro La transición en el Uruguay, Medina contó cómo había pasado de odiar al caudillo blanco Wilson Ferreira Aldunate, por su actuación contra la dictadura en el exterior, a respetarlo por el compromiso asumido con la ley de caducidad.
A su vez, el propio wilsonista Alberto Zumarán, además de Julio Sanguinetti que lo designó ministro de Defensa, fue quien reconoció la actuación de Medina para controlar la interna a fines de 1986.
La imagen más fuerte de esos días fue la de Medina con las citaciones de militares al juzgado penal dentro de la caja fuerte del comando.
Los oficiales habían recibido la orden de dar como dirección la sede de Comando General del Ejército en la calle Garibaldi y el comandante tuvo que resistir fuertes presiones de sus propios camaradas.
El balance a la hora de su muerte, que se produjo en 1998 por infarto, no fue sencillo. Dos años antes, Medina había participado, junto con otras figuras públicas, en la fundación de la organización Infancia Patrimonio Nacional (Inpan), abocada a dar alimento a niños de escuelas carenciadas. En esta organización estaban también el tupamaro y escritor Mauricio Rosencof, el escritor Carlos Maggi, el actual ministro de Economía Danilo Astori, el exministro de Economía colorado Ricardo Zerbino, el exministro de Economía blanco Ignacio de Posadas, el ex vicepresidente Gonzalo Aguirre, el emprendedor Enrique Baliño y monseñor Luis del Castillo.
Después de su pasaje por el gobierno, el teniente general no logró mantener la misma imagen dentro del Ejército. Los Tenientes de Artigas y otros “duros” lo criticaron y le reprocharon la participación en el programa de asistencia con Rosencof, quien también recibió juicios adversos desde la izquierda por sentarse en la misma mesa con un exjerarca de la dictadura.