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    Ilusión y belleza en el mundo del revés

    Fotografías de Philippe Ramette en el MNAV

    Un hombre delgado, de mediana edad, está parado en un balcón. Es una escena cotidiana, salvo porque el balcón está recostado sobre la superficie marina. Hasta ahí estamos en presencia, quizás, de un buen truco, de un montaje como tantos gracias a las infinitas posibilidades de la era digital.

    Un mar calmo, azulado, funciona como una pared en la que no aparece ninguna ventana, un respaldo pleno que deja al observador de cara a la costa donde se ven los edificios de una gran ciudad, de cara a un horizonte distinto: el del hombre que, de pie en su balcón de madera, sale del mar. Una imagen curiosa, aunque le falta todavía otro elemento. El mar se eleva perpendicular en el margen izquierdo de la imagen. De un lado, el mar y del otro, la ciudad, también perpendicular al punto de mira del hombre. Por lo tanto, el sujeto está parado y el balcón está puesto con la lógica de la construcción de un edificio pero en un contexto totalmente absurdo o surreal. Tampoco habría allí, todavía, un motivo de deslumbramiento, aunque el tamaño y la calidad de las fotografías construidas por el artista Philippe Ramette (Francia, 1961) golpean con fuerza al espectador. Son treinta, a color, colgadas en el espacio de la enorme sala blanca del Museo Nacional de Artes Visuales del Parque Rodó. Llegaron esta semana y obligan a una experiencia totalmente novedosa. Sobre todo por el planteo conceptual que hay detrás de este artista que se fotografía a sí mismo con un traje negro y en posturas insólitas, en su mayoría desafiando la gravedad en actitudes totalmente desaconsejables para cualquier mortal.

    Dos de las obras de la muestra

    Lo importante, en primer lugar, es saber que Ramette no utiliza Photoshop o cualquier otro truco fotográfico. El hombrecito delgado, de pelo castaño claro, piel blanca y rasgos típicos franceses, anda por el mundo construyendo aparatos que le permiten realizar esta curiosísima mezcla de performance, escultura, instalación y realización fotográfica.

    Se para perpendicular a un árbol, a dos metros de altura, y allí queda paralelo al suelo terrestre, sin más, en una actitud tan rara que indudablemente conduce al espectador a un camino sin retorno, a un tránsito por inquietudes poco habituales en su relación con el arte y, en especial, con la fotografía.

    En la sala de proyecciones del MNAV se exhibe un video sobre la obra que este prestigioso artista realiza desde hace años. Es fundamental verlo antes de pasar a las fotografías. Aparece allí, por ejemplo, el hombrecito en total proceso de creación de esta costosa y complicada parafernalia. Allí nos enteramos de que él mismo construye sus aparatos, los mismos que le permiten armar imágenes en un proceso fuera de lo común. En el taller del herrero explica, por ejemplo, cómo hacer una caja que simule el pesado “zapatón” de cemento que la mafia solía utilizar en sus vendettas y ponerles a los traidores condenados a morir y a desaparecer en el fondo del mar.

    En una de sus series fotográficas expuestas en el museo, el galo parece dejar el mundo de los mortales, las escarpadas montañas donde se cuelga perpendicular a una pared rocosa y desde donde contempla calmamente el vacío. Se dedica, por un tiempo, al mar.

    Como un actor a punto de salir a escena, uno lo ve ponerse su traje negro, su camisa blanca y su corbata oscura casi sin hablar, como si todo fuera parte de un ritual. Se instala en ese simulacro de pesada lápida, engancha sus pies y desciende hasta el fondo. Un equipo de buzos apoya la arriesgada locura suministrándole aire cada tanto. En esas condiciones, posa; como una estatua envuelta en un líquido liviano, azulado, como una imagen espectral que recrea la soledad infinita del condenado, su morada, otro mundo, quién sabe qué historias.

    Ramette tuvo que aprender a bucear, tuvo que asumir riesgos en las alturas, tuvo que encontrar el punto en el que su experiencia fuera su arte, su trabajo y su tiempo. Construye aparatos extraños, complejos, y hasta algunos que parecen de tortura u ortopédicos. Luego, los hace desaparecer entre sus ropas. Ese es el único truco. Como un mago, logra esa ilusión de poder y que su inclusión en el paisaje sea tan real como novedosa y desconcertante.

    Se trata de deslizarse (“incrustarse” sería más correcto) donde nadie lo hizo, obligar a mirar como nadie mira y poner al mundo patas arriba como sólo los hechiceros pueden hacerlo. Lo interesante es que lo hace físicamente, es decir con su esmirriado físico alimentado a base de queso camembert.

    La serie del mar lo ubica en otras posturas, por ejemplo, con los dedos rozando la superficie, a veces un poco hundidos, pero desde abajo, convirtiendo el universo supuestamente conocido en algo totalmente inexplorado. Esa es, en definitiva, la idea central de este creador extravagante y alucinado, que logra imágenes de una belleza fuera de lo común.

    Fotografías de Philippe Ramette en el MNAV. De martes a domingo de 14 a 19 horas. Hasta el 10 de junio.