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    Inteligencia emocional

    Sr. Director:

    “Amo, luego existo”

    “La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un sirviente fiel. Hemos creado una sociedad que honra al sirviente y ha olvidado el regalo”. Albert Einstein

    i. Un mundo occidental y griego

    El hombre vive empeñado en discutir creencias que lo conduzcan a “la verdad”. Desde los tiempos de Sócrates (470 a 399 A.C.), a quien se acusó de exagerar el poder de la razón, Platón su discípulo fue más lejos aún, pues pensaba que la razón nos brinda certeza sobre conceptos tales como la justicia, la belleza y la bondad en un mundo compuesto de ideas. Ambos reconocían el alma humana, distinguiéndola del cuerpo, a la que también se arribaba mediante el uso de la razón. Por último Aristóteles, discípulo de Platón, marcó las directrices fundamentales que ha seguido la filosofía hasta la actualidad. Era un pensador menos abstracto que Platón y quizás haya tenido más influencia que él, pero no cabe duda que estos dos filósofos dominaron durante mucho tiempo la historia del pensamiento.

    Bajo ese paradigma de la razón, siglos después (1596 – 1650) René Descartes hizo famoso el célebre principio “cogito ergo sum” (pienso luego existo).

    Descartes, considerado como el padre de la geometría analítica, fue un filósofo, matemático y físico francés que se constituyó en un abanderado de la filosofía moderna, así como uno de los epígonos con luz propia en el umbral de la revolución científica, revolución que continúa hasta nuestros días.

    Revolución científica que se exacerbó a partir de la segunda mitad del siglo XX y cuyo desarrollo creció en progresión geométrica, sobre todo a partir del año 1995 cuando Internet se volvió comercial y se lograron popularizar todos los avances.

    ii. ¡¡Oh sorpresa!!

    La razón potenció la ciencia y la tecnología. Por ejemplo, la tecnología de comunicaciones y todos sus aparatos que nos jactamos de conocer, pero también la tecnología que permite dominar otros aspectos de la ciencia.

    Ya que en plena revolución del conocimiento una persona promedio sabe más sobre cómo funciona su auto que sobre cómo funciona su propio cerebro.

    Para eso está la Neu­ro­cien­cia, que es la ra­ma de la cien­cia que es­tu­dia el sis­te­ma ner­vio­so. Incluye y está compuesta por va­rias dis­ci­pli­nas, es­tu­dia el ce­re­bro des­de las mo­lé­cu­las has­ta lo cen­tros ce­re­bra­les y también su in­te­rac­ción con el me­dioam­bien­te.

    Dentro de esta disciplina, han ocurrido enormes avances en el mapeo del cerebro (y en la descripción de su funcionamiento) que se vienen publicando en los últimos años. Durante los años 90 y los 2000, gran parte de esos descubrimientos se difundieron en forma de imágenes o escaneos de la corteza cerebral. Así, las mismas técnicas de fMRI que permitieron probar hipótesis científicas sobre la geografía de ese órgano también hicieron “visible” para un público masivo el secreto de lo que ocurre dentro de nuestras cabezas cuando leemos, dibujamos, comemos o nos enojamos.

    Las neurociencias han descubierto en los lóbulos frontales una zona de convergencia, un espacio neuronal global que permite realizar las tres actividades fundamentales del cerebro: 1- sintetizar la actividad de los cinco sentidos, 2-memorizar lo que ocurre después de que algo se ha desvanecido, 3- reflexionar e imaginar nuevas formas de alcanzar un objetivo. Todo esto se realiza gracias a una red de conexiones neuronales de larga distancia. Es en esta fábrica de ideas donde todo se mezcla y donde surgen las invenciones.

    Según Howard Gardner, para que una inteligencia se reconozca como un conjunto diferenciado de capacidades, debe existir un conjunto subyacente y exclusivo de zonas cerebrales que la gobiernen y la regulen. Estudios liderados por Antonio Damasio en la Facultad de Medicina de la Universidad de Iowa, dieron con varias zonas cerebrales determinantes para las competencias de inteligencia social y emocional. Esta información revela que existen centros cerebrales específicos que gobiernan la inteligencia emocional, lo que diferencia ese conjunto de capacidades humanas de la inteligencia académica (es decir, verbal, matemática y espacial) o coeficiente intelectual (en Goleman, Daniel. 2016. El cerebro y la inteligencia emocional: Nuevos descubrimientos. Ediciones B. S. A.).

    Por tanto, el paradigma que comenzó con Sócrates cientos de años antes de Cristo y se mantiene hasta hoy, nos conduce a darnos cuenta de que:

    “No somos seres racionales, somos aún seres emocionales que aprendimos a pensar. Las emociones controlan mucho más la razón que la razón a la emoción, esto se puede ver “neurológicamente”, hay muchas más avenidas neuronales que van desde lo límbico, desde lo emocional al córtex, que al revés” (en Bachrach, Estanislao. 2014. ENCAMBIO. Editorial Sudamericana Uruguaya SA).

    Antes que la ciencia lo constatara, genios de la historia, como Herbert Simon, Premio Nobel de Economía (1977), fue capaz de percibir en su teoría de toma de decisiones “la racionalidad limitada de los hombres para analizar la información y que, en definitiva, “no maximizamos sino que solo satisfacemos” (como hoy sabemos por la neurociencia que no hay cerebro cognitivo que no haya sido filtrado por el cerebro emocional-límbico).

    All you need is love

    La neurociencia im­pac­ta en varios as­pec­tos de la so­cie­dad co­mo la eco­no­mí­a, la fi­lo­so­fí­a, las le­yes, etc., y por supuesto en la edu­ca­ción de las per­so­nas.

    La capacidad de educar que nos caracteriza como seres humanos reside en la compleja capacidad del cerebro que poseemos, por tanto la aplicación de los avances neurocientíficos en la educación, ayudan a mejorar los procesos de enseñanza. Si se conocen los principios neurobiológicos que rigen el funcionamiento cerebral, su maduración cognitiva y emocional, se tienen recursos formidables sobre bases científicas para mejorar la enseñanza que garanticen resultados superiores (en Manes, Facundo y Niro, Mateo. 2014. Usar el cerebro. Editorial Planeta S A 1ª Ed.).

    Por otro lado, investigaciones realizadas revelan de manera clara que la cooperación y la colaboración son los procesos de relación que resultan fundamentales para que los grupos sociales se constituyan en efectivos en sus logros (Goleman, Daniel; Cherniss, Cary. (2005). Inteligencia Emocional en el trabajo. Barcelona. Editorial Kairós SA).

    En los grupos que cooperan y colaboran se han identificado tres creencias que las predicen y las facilitan: confianza, identidad grupal (sentido de pertenencia y amor por el grupo) y eficacia de grupo (compromiso y amor por lo que hacemos y logramos).

    La definición de confianza considera que emana del afecto y la amistad (aprecio y consideración) y de cogniciones basadas en cálculos (confío que harás lo que has dicho). Un entorno social digno de confianza facilita la suposición de que se cumplirá con la obligación y que se colmará una expectativa, creando así un sistema de confianza mutua. No es ningún secreto que las obligaciones, expectativas y la reciprocidad son constructos relacionados que pueden convertir la confianza en un potente recurso grupal que favorezca la cooperación y el compañerismo.

    Sobre la base de la investigación en la neurociencia social, se define el amor como un estado mental subjetivo que consiste en una combinación de emociones, de motivación (clave en el logro de metas y objetivos) y funciones cognitivas complejas. Se sabe que el amor es mucho más que un sentimiento surgido del corazón; es un proceso mental sofisticado. (en Manes, Facundo y Niro, Mateo. 2014. Usar el cerebro. Editorial Planeta SA 1ª Ed.).

    Como sabemos por la neurociencia, ¿qué les parece si aprendemos a querernos más así la población del Uruguay se transforma en un grupo efectivo para alcanzar sus logros sociales?

    Rafael Rubio

    CI 1.267.677 -8